Carlos Héctor Trejos: en busca de Comala

Me quedan estas palabras,
Y las estoy gastando.
Desgano (Ashaverus, pág. 28)

Por: Albeiro Montoya Guiral

La noche anterior al 26 de agosto de 2011 sentí la necesidad irrefutable de matarme. Quería entregar mi vida a cambio de no conocer el secreto sobre la muerte de Carlos Héctor Trejos Reyes. Todos los comentarios sobre sobre él, a los que había estado acostumbrado desde niño, llegados en las alas imprecisas de las palomas riosuceñas hasta mi pueblo, indicaban un suicidio. Las biografías precarias y hasta insuficientes que traían las ediciones de sus libros ni lo mencionaban siquiera. Sencillamente, acuciado por el insomnio, me sentí innecesario en el mundo, iba a toparme con una verdad cruel, iba a saber el cómo de una muerte presentida y anhelada en su poesía, y al parecer era lo único que no sabía sobre el autor, lo que me hacía a la vez el hombre más ignorante del mundo. Creía que entender su muerte era la clave para entender sus versos, pero como supe más adelante, la clave para entenderlos era comprender su vida, por lo tanto, sus versos no tendrían jamás para mí explicación alguna. Su vida, impiedad imperdonable.

 Al amanecer, sintiéndome un traidor por estar vivo, viajaba hacia Riosucio acompañado de Manos Ineptas, una cámara fotográfica y una rosa blanca que pensaba dejar sobre la tumba más triste del cementerio de San Sebastián. ¿Qué sabía sobre este pueblo? Sólo que cada dos años se realizaba allí el prestigioso Carnaval del Diablo, donde miles de personas se ubicaban increíblemente en las estrechas plazas, embriagados de la andinidad y enardecidos por fuerzas báquicas. Es decir, para encontrar a la familia Trejos Reyes no sabía nada. El pequeño bus me dejó cerca de la Plaza de La Candelaria rodeada de las montañas carcelarias, esas enormes rejas de piedra viva que encerraron a Ashaverus para siempre.

Me sorprendió que a sólo unos pasos de allí se encontrara otra plaza central que compartía nombre con el cementerio. ¿Qué hacer? Giré mirando a todas direcciones y me sentí solo, inútil, y sobre todo, ingenuo. ¿Qué hacer? Me pregunté de nuevo, empecé a caminar a la derecha del templo, descendí por la calle lo que me pareció suficiente, giré a la izquierda y subí. Como un Juan Preciado en busca de su padre, había llegado a Riosucio una mañana poco soleada y fría, para encontrarme de manera similar que el personaje de Rulfo, tocando las antiguas puertas construidas por manos anónimas de los colonizadores antioqueños. Como un vendedor puerta a puerta comencé a preguntar por la familia del poeta hasta que una mujer me dijo mirándome con extrañeza: “El señor que usted busca es mi hermano, pero no puedo atenderlo en este momento”. A pesar de esto, no perdí el ánimo y de vuelta al parque sentí el impulso de preguntar en una última casa: “Buenos días, ¿sabe usted dónde vive algún familiar de Carlos Héctor Trejos?”. La buena señora me dijo que su hijo había sido muy buen amigo de él “hace poco me contó que no hace sino soñarlo”, explicó. Me regaló su número telefónico agregando que por favor le dijera que viniera a almorzar. Marqué y esperé hasta que oí la voz amable de Conrado Alzate Valencia, que aceptaba una cita sólo hasta después de mediodía para una entrevista.

Mientras esperaba fui a tientas al cementerio de San Sebastián con el objeto de llevar la rosa blanca. Un lugar misterioso donde pareciera que estuviera sepultada solamente una gran familia Trejos. No iba a ser fácil, de hecho ni siquiera lo fue, lograr mi cometido; “No he visto una tumba con ese nombre en los once años que llevo trabajando acá”, me dijo el sepulturero, “jamás he enterrado a nadie llamado así”. Y tenía razón: aquel entierro poético le había correspondido a su antecesor, si no me mentía. Tuve que regresar con mi deseo frustrado después de mucho buscar, con el alma partida y amedrentada– o lo que quedaba de ella- por los avisos funestos escritos en las paredes: “Si viene a dañar el jardín, mejor no venga”, “Aquí no hay pero que valga”, entre otros. Por lo tanto, decepcionado, le regalé la rosa a una muchacha viva.

Publicó tres libros en sus casi 30 años de vida. Fue ganador de los II Juegos Florales en Manizales. Su tercera publicación, “Manos Ineptas”, lo hizo merecedor al Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia.

Por fin conocí a Conrado Alzate Valencia, de quien había leído una reseña sobre su obra en las antologías poéticas de Caldas, y cuya personalidad no distaba mucho de su poesía: vitalista, onírica y amable. Nos reunimos en el café Los Arrayanes, puedo decir que aquella fue la primera vez que tomé un tinto en compañía de alguien que amaba la poesía de Trejos Reyes de la misma manera que yo, y la primera vez que alguien me dijo que “El Diablo no es como lo pintan”. Según lo referido por mi entrevistado, nuestro poeta sólo tenía algo en común con sus propios versos: la extrema lucidez. Porque había sido una persona enamorada de la vida, de las letras, de la amistad. Buen conversador y humilde. Jamás imaginé que Ashaverus tuviera un corazón tan bondadoso, y que hubiera defendido a los segregados y malditos con tanta vehemencia, tratándose de un ser divino.

Me contó el porqué y el cómo de su muerte, y alegó que un suicidio suyo sólo podría ser postulado por detractores, pues su amigo se había ido en contra de su voluntad. Extrañamente sentí que era bueno no haberme matado la noche anterior. De todas las hipótesis sobre la muerte del insigne bardo riosuceño, me quedo con la escuchada en aquel café, desprecio las que apuntan a una muerte buscada en la embriaguez, y aunque a mi mismo me hubiera tocado verlo muerto al lado de una botella vacía la mañana del sábado 11 de septiembre de 1999, seguiría empeñado en creer en el secreto que guardo desde esa tarde so pena de excomunión del Maldítismo.

El otro Ashaverus, como recuerdo a Alzate Valencia, sin saberlo, me enseñó que Carlos Héctor Trejos había sido solamente un hombre en algún lugar del mundo que había muerto a la hora equivocada, y que su único mérito había sido dedicarse a lo que deberían los poetas en este país infame: a escribir poesía y no a hacer sonar su nombre. Cuando nos despedimos recordé una promesa. “Maestro”, le dije, “se me olvidaba: su mamá mandó a decir que si hoy puede pasar a almorzar con ella”. Me miró extrañado. “Ella me contactó con usted”, le dije. “¿Cómo llegó a ella?”, me preguntó, le expliqué mi procedimiento ambulatorio y él me dijo, sonriendo, que era muy fácil de explicar cómo lo encontré, que no se trataba de ninguna casualidad ni brujería, pues yo había ido a buscar información por la única calle que le restaba a su ciudad.

Antes de partir encontré la casa de Lilia Miriam Reyes, madre del poeta, de quien recibí el invaluable regalo de la obra inédita seleccionada y publicada por la Corporación Encuentro de la Palabra en 2006, y cuya presencia para mí consistió en algo sagrado, como si verla fuera estar ante la mirada de su hijo, y recordé los versos de La Oveja Negra: “Madre: / tu hijo quiso ser/ lo más humano posible…” Al despedirme, referí que no había podido encontrar la tumba del poeta en la mañana, por lo que Carolina Vargas Trejos, una de sus sobrinas, decidió acompañarme al cementerio. Al llegar saludó al sepulturero diciéndole: “venimos a ver la tumba de mi tío”. Él me miró, “me hubiera dicho que era la tumba de Toto, muchacho”, dijo. Caminamos un poco hasta el lugar donde dormía el hijo negado de los dioses y entendí que el tiempo es un engranaje de perfecta sincronía cuando leí: “No me lleven flores… Ni coloquen mi nombre en losa alguna…”.

Por tal razón, aquella muchacha desconocida fue la destinataria de una rosa blanca, y no la tumba del poeta anónimo de aquel cementerio hundido en el costado izquierdo de Riosucio, un pueblo custodiado por enormes rejas de piedra viva.

2011

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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