La resignificación de la infancia

El gran cuaderno, La Navaja de Ockham (Bogotá) en la V Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 12 de julio de 2013.

Fotos: Daniel Arcila Medina
Fotos: Daniel Arcila Medina
“…aquel libro viejo que rumoraba profundamente en la noche.”
Aurelio Arturo

El grupo bogotano La Navaja de Ockham dejó en Pereira anoche la sensación de que todo lo que resguardan las palabras sensibilidad, infancia o, si se quiere, esperanza, debe ser resignificado. Con la obra El gran cuaderno, homónima de la trilogía de la escritora húngara Agota Kristof, adaptación y dirección de Katalina Moskowictz, propuso atravesar los arriesgados límites de la narración literaria y del teatro esencial para columbrar la aún no desaparecida ciudad de la barbarie en los contextos de guerra.

Foto: Daniel Arcila Medina

Kristof, en una entrevista de Javier Rodríguez Marcos[1] sostenía que su forma de escribir venía del teatro: “Diálogo puro. Lo justo, sin relleno, sin grasa. ¿Para qué dar vueltas? ¿Para hacer literatura? No me interesa la literatura”. La obra de La navaja de Ockham, por lo tanto, pareciera ser hermana siamesa de la novela que la alienta, reflejo donde la estética de ambas, nutrida no precisamente de la belleza sino de lo abyecto, existe sin importar si procede del texto o de la escena. En la misma entrevista, se leía:

 Al final, es imposible pasar por la crueldad de los protagonistas de sus libros sin pensar si sus hijos los han leído: “Sí. Y les gustan. A mis nietos les hace gracia que a su abuela la lean en las escuelas. ¿Qué es duro? También lo es la vida”. En las novelas de Kristof no hay mucho espacio para la esperanza. Sus personajes no creen en los sentimientos. ¿Y ella? ¿Cree en los sentimientos? Cuando escucha la pregunta levanta las cejas, guarda un largo silencio y, con la misma cordialidad con que abrió la puerta, responde: “No”.

Tal vez, por lo anterior, Claus y Lucas, los gemelos que cuentan su historia de abandono maternal, por causa de la guerra, en casa de la abuela, la bruja, según el concepto de sus vecinos, no sean precisamente personajes configurados para un público infantil. Cansados de la hostilidad a la que los somete la crudeza del nuevo espacio al que se enfrentan, crean una serie de ejercicios que consiste, entre otras cosas, en anestesiar el dolor que produce el maltrato psicológico: pronunciar todos los insultos posibles sin dejar de mirarse a los ojos hasta hacerles perder el significado, de igual manera con las frases amorosas que pronunciara su madre otrora y que, recordadas en su ausencia, se convertían en disparos a quemarropa. De la misma manera, juegan a golpearse al extremo con el fin de adaptar su cuerpo y su mente a la indiferencia. La obra es, en cierta medida, una exaltación de la insensibilidad.

Pero esto no se queda ahí. Los hermanos toman nota de su método anestésico en un cuaderno con la ayuda de un diccionario que era de su padre, periodista exiliado, y de una biblia. Escriben con frialdad y precisión. La mejor redacción es aquella que abandona la subjetividad y ampara la crudeza, quizá una refracción de la manera en que Kristof concebía la escritura y que tan bien entiende y pone a rodar sobre las tablas Moskowictz.

Foto: Daniel Arcila Medina

La interpretación de los gemelos la alternan Adrián Sánchez, Jenny Betancur y Rosa Amelia Martínez. Cabe decir que con base en un impresionante juego actoral que mezcla el poder de la narración, el teatro físico y la animación de objetos entre los que se destacan zapatos de toda índole, como el símbolo más fuerte de la representación, estas tres personas recrean el sin par número de personajes de la historia: la abuela, la madre, los militares, el cura y su empleada, y la inolvidable “Cara de liebre” y su madre. Así pues, le dan la razón a Grotowski cuando decía que, en el teatro, cuando se substrae todo lo superfluo, sólo se hace necesario el actor quien resuelve las necesidades que en otros ámbitos los directores dejan en manos de la tecnología y la transversalidad de las artes.

La V Muestra De Teatro Alternativo De Pereira ratifica, de esta manera, la intención de traer a la ciudad a los grupos cuyas obras “exploran lenguajes escénicos heterogéneos e innovadores…” Y, por su parte, La Navaja de Ockham deja una muy buena primera impresión de su trabajo y de su indudable importancia en el teatro nacional.


[1]

Kristof, Agota. No me interesa la literatura. Con Javier Rodríguez Marcos. El País, España. 24 de febrero de 2007.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

2 comentarios sobre “La resignificación de la infancia

  1. recuerdo a un peatón que no analizaba los semáforos, no hacía crítica del baile de un color al otro. él era, además de peatón, también el semáforo

    1. Hermano mío, no sé si lo que dices se debe a los primeros síntomas de mi vejez, pero aún continúo por las calles de la vida como un peatón. Estas palabras intentan ser un testimonio, insisto, desprevenido e independiente, de los lugares literarios donde mejor me han atendido.

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