Cuentos para celebrar la infancia

René Magritte. L’assassin menacé, 1927. Tomada de arthistory.about.com

“Aprovechar cada renglón de la vida para agradecer la muerte, que aunque no sea una canción, es palabra. Al fin y al cabo la palabra vuelve a ser vida tenga el adjetivo y la oscuridad que tenga. La delicadeza es también otra forma de terror” (4-6-2006).

Por: Albeiro Montoya Guiral

I

 “Esa luna hijueputa quién pudiera bajarla a piedra”.

Después de decirlo se detuvo haciéndome evidente su cansancio. Le animé a andar mostrándole las pequeñas luces en la montaña.

—Quizá sean la señal de que no pasaremos la noche en el monte, o como huéspedes de las vacas que duermen en algún establo.

En el camino de herradura nuestros débiles pies eran agua y blandura. Cada vez que miraba hacia atrás veía su cara afrentada por el llanto. Sólo en la entrada de una fonda pude verlo con un poco de sosiego.

— ¿Sabe qué nos va a pasar si nos alcanzan?—, me preguntó de pronto.

—Qué nos van a alcanzar, hombre— le dije. En este momento ni deben intuir que nos volamos.

—Lo saben y nos siguen. Deberíamos regresar.

— ¿Está loco? Entremos, mañana será otro día.

—Deberíamos regresar—, insistió.

Atrás, la noche nos mostraba la incertidumbre. Delante, la puerta de la fonda nos hacía una pregunta.

— ¡Qué nos van a alcanzar!—, le dije. Cuando sepan de nuestra ausencia habremos llegado a la ciudad.

 —Nos siguen. El trote… puedo oír cada bota, una por una. Puedo oírlo. La textura de ese sonido es como la del cristal de un ataúd.

Al fin entramos. Sólo había una habitación disponible. Nos acostamos con los morrales, vestidos. Aguardamos el sueño con los ojos más abiertos que nunca. De vez en cuando yo entraba al baño sin ninguna intención; la pequeña ventana ubicada en lo alto de él fue lo que me produjo la idea.

De un momento a otro empezamos a oír la llegada de los persecutores. Su trote. También yo pude oír las botas, una a una.

Lo invité al baño. —¡Rápido!

¿Sí ve que nos seguían?—me dijo saltando de la cama y colgándose el morral. Andaba de un lado a otro.

Le pedí silencio. Al ladrido de los perros encarnizados se unieron los disparos y los gritos. Se escuchó que irrumpieron en el salón de la entrada. Quizá quien atendía les dijo dónde dormíamos porque los oímos subir rítmicamente.

Vio la ventana y, a lo lejos, esa luna que lo atormentaba. 

Un golpe que derribó la puerta. Vieron la cama donde nadie había dormido y al seguir el rastro de la sangre hallaron el cadáver de uno de los fugados.

II

Algo fuera de la cafetería le produjo un recuerdo; el de una jovencita delgada, de cabello revuelto, que tenía la costumbre de pasar por esa calle, tiempo atrás, llevando un niño de la mano. “¿Qué habrá sido de nosotros? Se preguntó. ¿A dónde habrá ido nuestra madre?”

Aunque estaba seguro de que era mediodía, sintió como si le estuviera llegando al rostro el tibio sol de la mañana.

Al fin se acercó una mesera. Él le dijo qué quería beber antes de que ella le preguntara. La mujer lo miró detenidamente; al notárselo hizo un esfuerzo por ocultar la sorpresa. Pero dijo:

“Señor, espere. Voy a traer un insecticida. Tiene algo aferrado a la cara. Qué asco: la tristeza.”

─Señorita, no se preocupe. Sin el retorno de la infancia es imposible la felicidad.

La mujer dejó de mirarlo. “Qué raro”, pensó. Hizo una anotación sobre un papel que sacó del delantal.

─ ¿Algo más?

─Sólo un café.

III

La niña se acercó a pedirle que arrojara también una rosa. El viejo aceptó, buscó un pañuelo en el bolsillo, dijo algo y todos voltearon a mirar.

—Éste no parece el cielo de mi pueblo— volvió a decir—. El cielo de mi pueblo no es azul con manchas blancas.

La niña sonrió. —Por supuesto—le dijo—. En el entierro de mi madre no podía llover.

IV

Le habían dicho que las mariposas tenían alas, que si era un niño quien las despertaba, sonreían; y que sólo un corazón como el suyo podría escucharles la voz y entender la escritura de su vientre.

Durante mucho tiempo había ido a buscarlas sin satisfacción. En aquel monte al parecer todas habrían muerto, o no habrían existido jamás. Sin embargo, una tarde llegó hasta su madre haciéndole notar su alegría.

─ Ésta la encontré dormida sobre un viejo tronco.

Cuando el pequeño abrió las manos, su madre esperó que volara; al ver lo contrario, empalideciéndose, sintió miedo de que lo pudiera agredir y le ordenó que la arrojara muy lejos.

─ ¡Aquello es una flor!

V

El maravilloso día en que pudo cortarse las uñas, al salir de su casa recordó milagrosamente el sonido de la lluvia.

Él había comenzado a sospecharlo cuando tuvo que regresar de la fábrica sin saber por qué lo habían despedido, y al mediodía en el comedor se lo confirmó uno de sus hijos:

 “Papá, envejeciste…”

Corrió a mirarse en el espejo, y tenía en el rostro efectivamente una sonrisa.

VI

Esa tarde el abuelo no nos hizo sonreír. Como cada domingo, lo esperábamos al borde de la carretera. A lo lejos, como si nos saludara, la vieja casa sacudía sus manos de humo. El carro de las cuatro se detuvo ante nosotros. Los pasajeros parecían buscarnos algo muy dentro con su mirada. Yo pensaba cómo sería la miel que hacían las abejas que zumbaban dentro del carro.

Con lentitud descendía el abuelo. Traía el costal doblado en las manos. Se quitó el sombrero y nos miró ladeando un poco la cabeza sin decir nada.

Fue la primera vez que sentí tristeza en la vida.

Esperen, dijo el abuelo. Ustedes no saben. En el pueblo hay un árbol de dulces, y apenas está floreciendo.

Sólo los perros lo abrazaron. El carro siguió su camino.

VII

 El siguiente punto decía:

“La reconocerás por su número de pestañas”.

Guardó el papel en el bolsillo y ubicó una silla ante la mujer.

—Dígame su nombre nuevamente, por favor— pidió sentándose.

Ella lo repitió.

—Muy bien. Una, dos, tres… allá dentro parece que me estuviera ahogando— se interrumpió—. Me veo sacar las manos del agua incesantemente.

Ella bajó los ojos, y él prosiguió. Cuatro, cinco, seis…

Contó varias veces hasta sonreír de satisfacción. Por teléfono se lo dijo a alguien. Sacó el papel nuevamente y leyó el último punto. Recogió sus cosas, se puso el sombrero. Se despidió de la mujer entregándole un cofre diminuto.

Ella lo abrió. Sólo entonces tuvo miedo.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

3 comentarios sobre “Cuentos para celebrar la infancia

  1. Qué bellos escritos. Sólo recordaba hasta el V. Del VI recuerdo que mencionabas el “árbol con dulces” en La Bicicleta Entredormida: “No despiertes niñez mía…” es bueno leer el cuento predecesor a un hermoso poema, si se puede decir. Me alegra saber que después de todo estos escritos no tuvieron un final tan nefasto como el completo anonimato. Aunque no sean muchos los lectores aún, ya se está difundiendo este blog… =)

    Un fuerte abrazo y saludos

    PS: Espero seguir teniendo noticias de Literariedad, siempre es grato leer.

    1. Mil gracias por acercarte a Literariedad con la avidez de la buena lectura; sabemos que aquí es difícil encontrarla, pero, como notaste, aún hay terquedad en la palabra. De esos cuentos salió la rebautizada Bicicleta Entredormida y, asimismo, la fuerza para sobrevivir la ausencia de la persona que los inspiró. El abuelo. Ahora en un lugar feliz.

      De nuevo, gracias por el saludo y el comentario. Por acá siempre te esperaremos con las ventanas abiertas de la literatura y la amistad.

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