Ninguna Parte

«Cuando el bus subió la montaña mi pecho se inflamó. Respiré hondo. Cuando cruzó los últimos kilómetros antes de ver las primeras casas de teja de barro como había estado acostumbrado desde niño, me eché a reír. Sin embargo, cuando vi aparecer el rostro de una ciudad envuelta en la niebla y coronada por la torre de una catedral entre el frío…»


Camino de los muertos, František Kaván
Camino de los muertos, František Kaván

En la tarde del sábado 15 de octubre de 2011, cuando me presenté ante los demás invitados al evento en aquella pequeña ciudad del Quindío, la mayoría coincidió en no haber escuchado hablar nunca sobre mi pueblo. Por más que quise explicar su localización no hubo nadie que dijera conocerlo. Lo impresionante para mí fue que personas de lugares vecinos se quedaran en silencio, pues no había por qué culpar de aquel desconocimiento a los asistentes venidos de regiones lejanas del país.

Ya en la noche, con los compañeros de habitación, lo buscamos en Internet. Cabal, escribimos. Desilusionado vi que los motores de búsqueda no arrojaban resultados. Intentamos de nuevo en mapas y diccionarios turísticos, mi tierra era famosa por sus aguas termales, pero todo fue en vano. Los demás no le dieron importancia a mi preocupación; alguno preparó café, otro hablaba sobre la comida y la atención del hotel hasta que llegaron el ron, las anécdotas y las risas y olvidé el asunto, por esa noche.

Cuando el evento terminó, pasó con fugacidad por mí la sensación de no saber a dónde ir, pero la risa sobre mi propia actitud estúpida me volvió al sosiego. Inclusive, un colega bromeó: Mirá, ¿y vos a dónde vas a ir si tu pueblo ya no existe? Todos rieron. No digás pendejadas, le dije. Hasta luego, que ya extraño mi casa. Y partí emocionado hacia la terminal de transportes.

De llegada, no puedo negar que estaba nervioso e inclusive tenía el prejuicio de que se iban a reír de mí cuando quisiera viajar a Cabal. Me parecía que mi tiempo de universitario no había pasado, cuando al final de las clases llegaba hasta allí para volver a casa. Era como si todo apenas hubiera sucedido ayer. Me compré un tinto y lo sorbí con lentitud. Dilataba la espera por mera sospecha de lo inevitable. Cuando me acerqué a los conductores para comprar el tiquete, a pesar de que creí que me reconocían debido a haberme visto en los buses por más de seis años, me dijeron que no sabían cuál era aquel lugar al que yo quería ir. Guardé la calma. ¿De verdad no lo saben? Pregunté sin obtener respuesta. Como que este no es de por aquí, ¿cierto? Me parece que se murmuraban.

Anduve por la mayoría de empresas de transporte preguntando cómo regresar pero nadie me supo ayudar. Así que compré un pasaje para Manizales, ciudad que está después de mi pueblo. Apenas pase por ahí, me dije, desabordo y ya, fácil.

El paisaje era el mismo. La ruta era igual. Me sentí tranquilo por segunda vez en ese fin de semana. No pasaba nada, no podía pasar nada. Cuando el bus subió la montaña mi pecho se inflamó. Respiré hondo. Cuando cruzó los últimos kilómetros antes de ver las primeras casas de teja de barro como había estado acostumbrado desde niño, me eché a reír. Sin embargo, cuando vi aparecer el rostro de una ciudad envuelta en la niebla y coronada por la torre de una catedral entre el frío, me di cuenta de que me hallaba en una encrucijada inexplicable. Arribé a Manizales y quise saber si desde allí era más sencillo regresar. Ante el fracaso de mi iniciativa, hice el mismo recorrido de vuelta. Mi sorpresa fue peor cuando creyendo estar entrando por la calle principal de mi pueblo, volví a la terminal de donde había salido. Donde había estado Cabal no había ni siquiera un vacío.

Descompensado y hambriento abordé un bus a la ciudad donde vivo hoy. En la mitad del trayecto, me despertó una llamada. En la pantalla aparecía el número de mi madre y su rostro amado. El teléfono timbró una, dos, tres veces. Silencioso lo apagué y lo arrojé por la ventana. ¿Para qué contestar? Era mejor así: empezar a vivir sin procedencia y sin pasado.


Albeiro Montoya Guiral en Twitter.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

9 comentarios sobre “Ninguna Parte

  1. Debo confesarte que me dio duro leer el final de tu cuento, “sin procedencia y sin pasado”, sin duda a veces desmemoriarse ayuda con eso de hacer nuevos caminos, pero también enajena, destierra… No sé… Pero me salva el ánimo pensar en que solo lo que no cesa de doler permanece en la memoria. Un abrazo desde esta ciudad que congela la memoria.

    1. Señorita Kar Wai, este cuento, tan simple e inacabado, tiene un final que a mí mismo me afecta muchísimo. Había que exorcizar ese dolor y así fue: el dolor estarse desarraigando y no poder hacer nada para evitarlo. La resignación.

  2. Al menos en las palabras claves aparece Santa Rosa de Cabal. En las próximas búsquedas alguien encontrará este cuento y entenderá. Tal vez desdibuje algunas huellas o solo sople el viento tras sus pies.

    En mi humilde opinión es un excelente escrito, muy doloroso como mencionaron algunos, pero al mismo tiempo es necesario.

    Como siempre, seguiré pendiente de Literariedad 🙂

  3. Desarraigo: el invisible dolor del olvido para los apátridas de voluntad,los que más que al continente aman al contenido. El verdadero y doloroso desarraigo es el de la emoción de lo vivido y, si me preguntan de mi procedencia y pasado, diré que es mi infancia, el amor de mi abuelo, los viajes, el miedo y los juegos

    Me gustó el texto, no por el continente sino por el contenido, me hizo pensar, me devolvió a lo anteriormente dicho.

    P.D. ¿cómo sentirse desarraigado de ZaraRosa, que no tiene un contexto geográfico-físico?
    Cuánto más viajo más me siento universal.

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