Un autorretrato y cuatro homenajes de José Ángel Valente

La poesía de José Ángel Valente es un diálogo con la tradición española y, asimismo, con la ruptura; con los poetas que la influenciaron, con la muerte, con la posguerra, con el propio autor, consigo misma, sobre todo. Los poemas que compartimos nos invitan a entrar en esta conversación.

José Ángel Valente

José Ángel Valente, (Orense, 1929 ─ Ginebra, 2000), fue uno de los poetas españoles más fecundos de la Generación de los 50. Es reconocido, además, por ser un notable ensayista, sin embargo, relució de gran manera en el ámbito de la traducción; el hecho de escribir lejos de su país natal, de ser un exiliado involuntario de su propio idioma, el gallego, lo llevó a ser un traductor muy acertado de John Keats, Dylan Thomas, John Donne, Constantino Cavafis y Paul Celan, entre otros.

La poesía de José Ángel Valente es un diálogo con la tradición española y, asimismo, con la ruptura; con los poetas que la influenciaron, con la muerte, con la posguerra, con el propio autor, consigo misma, sobre todo. Los poemas que compartimos a continuación nos invitan a entrar en esta conversación.

EL ESPEJO [1]

Hoy he visto mi rostro tan ajeno,
tan caído y sin par
en este espejo.

Está duro y tan otro con sus años,
su palidez, sus pómulos agudos,
su nariz afilada entre los dientes,
sus cristales domésticos cansados,
sus costumbres sin fe, sólo costumbre.
He tocado sus sienes, aún latía
un ser allí. Latía. ¡Oh vida, vida!

Me he puesto a caminar. También fue niño
este rostro, otra vez, con madre al fondo.
De frágiles juguetes fue tan niño,
en la casa lluviosa y trajinada,
en el parque infantil
─ángeles tontos─
niño municipal con aro y árboles.

Pero ahora me mira ─mudo asombro,
glacial asombro en este espejo solo─
y ¿dónde estoy ─me digo─
y quién me mira
desde este rostro, máscara de nadie?

A DON FRANCISCO DE QUEVEDO, EN PIEDRA [2]

«cavan en mi vivir mi monumento»

Yo no sé quién te puso aquí, tan cerca
— alto entre los tranvías y los pájaros —
Francisco de Quevedo, de mi casa.

Tampoco sé qué mano
organizó en la piedra tu figura
o sufragó los gastos,
los discursos, la lápida,
la ceremonia, en fin, de tu alzamiento.

Porque arriba te han puesto y allí estás
y allí, sin duda alguna, permaneces,
imperturbable y quieto,
igual a cada día,
como tú nunca fuiste.

Bajo cada mañana
al café de la esquina,
resonante de vida,
y sorbo cuanto puedo
el día que comienza.

Desde allí te contemplo en pie y en piedra,
convidado de tal piedra que nunca
bajarás cojeando
de tu propia cojera
a sentarte a la mesa que te ofrezco.

Arriba te dejaron
como una teoría de ti mismo,
a ti, incansable autor de teorías
que nunca te sirvieron
más que para marchar como un cangrejo
en contra de tu propio pensamiento.

Yo me pregunto qué haces
allá arriba, Francisco
de Quevedo, maestro,
amigo, padre
con quien es grato hablar,
difícil entenderse,
fácil sentir lo mismo:
cómo en el aire rompen
un sí y un no sus poderosas armas,
y nosotros estamos
para siempre esperando
la victoria que debe
decidir nuestra suerte.

Yo me pregunto si en la noche lenta,
cuando el alma desciende a ras de suelo,
caemos en la especie y reina
el sueño, te descuelgas
de tanta altura, dejas
tu máscara de piedra,
corres por la ciudad,
tientas las puertas
con que el hombre defiende como puede
su secreta miseria
y vas diciendo a voces:
– Fue el soy un será, pero en el polvo
un ápice hay de amor que nunca muere.

¿O acaso has de callar
en tu piedra solemne,
enmudecer también,
caer de tus palabras,
porque el gran dedo un día
te avisara silencio?

Dime qué ves desde tu altura.
Pero tal vez lo mismo. Muros, campos,
solar de insolaciones. Patria. Falta
su patria a Osuna, a ti y a mí y a quien
la necesita.
Estamos
todos igual y en idéntico amor
podría comprenderte.
Hablamos
mucho de ti aquí abajo, y día a día
te miro como ahora, te saludo
en tu torre de piedra,
tan cerca de mi casa,
Francisco de Quevedo, que si grito
me oirás en seguida.

Ven entonces si puedes,
si estás vivo y me oyes
acude a tiempo, corre
con tu agrio amor y tu esperanza —cojo,
mas no del lado de la vida —si eres
el mismo de otras veces.

JOHN CORNFORD [3]

Only in constant action was his constant certainty found.
He will throw a longer shadow as time recedes.

John Cornford, veintiún años
ametrallados sobre el aire
en que han nacido estas palabras.

El corazón de los fusiles
siguió latiendo inútilmente,
cuando ya nunca alcanzaría
el rastro de tu sangre.

Esto fue en Córdoba, en diciembre,
en las montañas, combatiendo.
Después cayó, como dijiste,
la noche larga sobre Europa.
Los poetas retrocedieron
a su pasión consolatoria
y aquellas horas de amistad
en un ejército del pueblo
fueron borradas con la cola
subrepticia de la tristeza
en el tumulto repentino.

Así pasó, en efecto, toto.
Los años treinta en estampida
with the unemployed demonstrators
carrying the “coffin” to the Station.
Cedió el viento y se fue el público
y cundió la desesperanza.

Otros cayeron.
Entre el humo
de las ruinas y otras cosas
no apaciguadas por el tiempo
se levanta tu cuerpo joven.
De tú a tú puedes hablarnos,
John Cornford, hermano nuestro,
de tú a tú como se hablan
en la verdad los hombres vivos.

Al rehacer aquella hora
cuento despacio tus palabras.
La inteligencia sún se pasea
en tren de lujo por los versos
mientras espera que otros caigan
para sentir horror de pronto.

Mas para ti sólo fue uno el camino
de la certeza.
No quisiste huir de la vida
con el disfraz del pensamiento.

Así estás igual a ti mismo
con la pasión que aquí te trajo.
Un solo acto vida y muerte,
la fe y el verso un solo acto.

Ametrallados, no vencidos
veintiún años, en diciembre,
Córdoba sola, un solo acto
tu juventud y la esperanza.

CÉSAR VALLEJO [4]

Ese que queda ahí,
que dice ahí
que ya hemos empezado
a desandar el llanto,
a desandar los doses
hacia el cero caído.
El niño, padre
del hombre aquel izado
a bruscos empujones
de desgracia.
El pobre miserable
que nos lanza puñados
de terrible ternura
y queda suavemente sollozando,
sentado en su ataúd.

El mendigo de nada
o de justicia.
El roto
el quebrantado,
pero nunca vencido.
El pueblo, la promesa, la palabra.

SEGUNDO HOMENAJE A ISIDORE DUCASSE [5]

Un poeta debe ser más útil
que ningún ciudadano de su tribu.

Un poeta debe conocer
diversas leyes implacables.

La ley de la confrontación con lo visible,
el trazado de las líneas divisorias,

la de la colocación de un rompeaguas
y la sumaria ley del círculo.

Ignora en cambio el regicidio
como figura de delito
y otras palabras falsas de la historia.

La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.
Su misión es difícil.


Entrada en materia, Literariedad.coBibliografía:

[1] Valente, J. Á. (2007). Entrada en materia (Quinta ed.). (J. Ancet, Ed.) Madrid: Cátedra. Pág. 54

[2] Íbid. Pág. 70

[3] Íbid. Pág. 93

[4] Íbid. Pág. 95

[5] Íbid. Pág. 116

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

2 comentarios sobre “Un autorretrato y cuatro homenajes de José Ángel Valente

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