Girón / Girona (1967)

Nosotras no vemos ni entendemos nada, no sabemos ni queremos saber porque, en últimas, nunca pasa nada. Viajamos, y lo único que vemos son viejitos en los parques, y palomas, y niños, y perros, y nubes. Y nada más.

Foto: Jess Ar.
Foto: Jess Ar.

Por: César David Salazar Jiménez

Nota:
El presente texto nace de mi participación en la Residencia Artística “Veintirés Kilos – Prácticas móviles”, realizada en Pereira en junio de 2014, coordinada por las artistas Stéphanie Parent & Anna Mermet, con el apoyo de la Maestría en Estética y Creación de la Universidad Tecnológica de Pereira.

I: Viejitos románticos (Piedecuesta)

No vale la pena preguntarse nada en este punto. Preguntarse, por ejemplo, cómo llegamos hasta acá, juntas, todavía. ¡Las cosas que hemos visto! Pero ¿qué hemos visto, en realidad? Nada; no mucho: señoras, que dicen que han visto cosas, cosas inenarrables. Agarren un mapa de Colombia y con el dedo índice indiquen ─que para eso es que sirve el dedo índice: Piedecuesta, Santander, donde se fabrican todos los tabacos horribles que fuman los viejitos románticos del país, a unos pocos kilómetros de Girón, a donde nos dirigimos ahora. Y antes de eso: Zapatoca, que suena mexicano, Contratación, donde sólo parecen vivir funcionarios públicos de vereda, y Vélez, el de los bocadillos veleños… Todo es igual, siempre: en cada pueblo alguien llega de lejos y hace algo, algo horrible, y luego se va y no vuelve nunca, desaparece para siempre. Después, son puras conjeturas y descripciones vagas: un bigote, un sombrero azul, o café; los ojos: en unos pueblos son castaños, en otros verdes y en otros negros, negros. En ocasiones no hay bigotes –pero, en fin, casi siempre hay uno. Aparece un bastón de repente, o bien una maleta, o un anzuelo de pesca, o volantes o afiches de aparentes cursos o talleres literarios sobre la relación entre los diferentes tipos de anzuelo y los procedimientos de la mímesis poética… y así: en cada pueblo un crimen.

Nosotras no vemos ni entendemos nada, no sabemos ni queremos saber porque, en últimas, nunca pasa nada. Viajamos, y lo único que vemos son viejitos en los parques, y palomas, y niños, y perros, y nubes. Y nada más.

¿Quién diseñó este itinerario, esta ruta? Alguien tuvo que trazarla desde antes para nosotras; o al menos es lo que parece. No vale la pena preguntarse nada, pero es inevitable. Y, de cualquier forma, no hay que intentar responderse. Buscamos a nuestro hermano Augustin, o Agustí, o Agustín; el escritor, el nigromante, el contrabandista, el asesino. Pero, en fin, no hemos podido encontrarlo, y sólo nos aferramos a unas cuantas pistas inútiles que poca esperanza nos ofrecen: huellas endebles, cosas que vamos viendo y recogiendo y que de alguna forma nos dicen algo acerca de él y de su viaje. Y mientras tanto se nos va haciendo cada vez más difícil continuar; la situación se ha vuelto insoportable y me pregunto, con tristeza, cuánto tiempo más seguiremos juntas. ¿Cuándo va a reconocer, al fin, la muy imbécil, que estamos perdidas?

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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