Girón / Girona (1967) III

El último rastro europeo de nuestro hermano tiene la forma de un librito de ochenta páginas publicado por él mismo en unos talleres de Girona, cuyo título era Fundamentos esotéricos bretones de la buena hispanidad, así como un recorte de prensa con una fotografía suya y un encabezado delirante: El consultorio del amor del Profesor Cheng…

Foto: Gitanos. Barcelona - Isabel Steva Hernández (Colita). 1963.
Foto: Gitanos. Barcelona – Isabel Steva Hernández (Colita). 1963.

Por: César David Salazar Jiménez

III: Grosero periplo transatlántico

Nuestra búsqueda comenzó en Foix, en Ariège, donde nuestro hermano estaba más o menos radicado cuando todavía se llamaba Augustin y rodaba por los pueblos del Mediodía, trabajando como adivino, curandero y prestidigitador. Al parecer, según su casera, se unió a unos gitanos rumanos o búlgaros que tenían sus carpas en las orillas del Río Garona y con ellos cruzó los Pirineos hacia Lérida, en España; recorrió toda Catalunya y comenzó a llamarse o a presentarse como Agustí, al menos en las ocasiones en que no echaba mano de alguno de esos ridículos nombres pseudo-orientales que usan las personas de su oficio para recorrer impunes las carreteras, saqueando a su paso las conciencias y los bolsillos de los crédulos y tiñendo de fantasía y delirio su propia biografía. En ese entonces, Augustin, o Agustí, todavía se daba ínfulas de escritor, y era incluso más o menos grafómano: escribía cuentos, poemas, obras de teatro, pero sobre todo escribía panfletos, pasquines, que publicaba bajo seudónimo con el dinero mal habido de su trabajo y que él se empeñaba en presentar como tratados teológico-políticos, pura verborrea reaccionaria que prefiguraba desde entonces una marcada inclinación hacia la paranoia y la violencia. De alguna manera, además, Augustin, siguiendo en algo el ejemplo de Émile Dubois, su héroe personal, se las arregló para convertir a su grupo de amigotes gitanos en una tropa ambulante de payasos, que representaban farsas escritas y dirigidas por él mismo y que no eran, en el fondo, más que groseras moralinas de derecha, pobres intentos de adoctrinamiento popular de corte falangista que los gitanos interpretaban felices en las calles porque, según parece, aquellos que no actuaban se mezclaban entre el público durante los actos y asaltaban con destreza los bolsillos y las carteras de los espectadores.

El último rastro europeo de nuestro hermano tiene la forma de un librito de ochenta páginas publicado por él mismo en unos talleres de Girona, cuyo título era Fundamentos esotéricos bretones de la buena hispanidad, así como un recorte de prensa con una fotografía suya y un encabezado delirante: El consultorio del amor del Profesor Cheng, el cual, en general, consistía en una serie de respuestas airadas, regañonas y misóginas a las cartas de unas pobres señoras menopáusicas que, desde el anonimato, usando seudónimos francamente ridículos, preguntaban al dichoso Profesor por las posibles causas o desenlaces de situaciones aparentemente hipotéticas en las que su matrimonio, su integridad física o su sustento diario se podrían ver amenazados.

Ese recorte lo guardo en una cajita metálica que llevo conmigo a todas partes y cuyo contenido permitiría, a quien quisiera tal cosa, reconstruir el itinerario completo de nuestra búsqueda. Hay conchas de las costas de Marseille y de toda Languedoc-Rousillon; hay una estampita de la Virgen Negra de Toulouse; la boquilla de una caramañola que arrojó un ciclista a un bosque mientras ascendía los Pirineos en un Tour de France; un cachirulo aragonés; la foto de un castell o castillo humano conocido como el “Tres de deu”, tomada en las fiestas populares de Francolí; hay conchas de la Costa Brava, de la Costa Dorada, del Maresme; está el mencionado recorte de prensa de Girona, así como tantos otros recortes, todos similares, y algunos hasta idénticos, de los periódicos locales de Pamplona, de Huesca, de Zaragoza, de Barcelona. Luego hay más conchas: de Punta del Este, en Uruguay, de Tierra del Fuego, en Argentina, de Puerto Montt, en Chile, y otras varias también de Chile: de Concepción, de Valparaíso ─donde al parecer Augustin, ahora Agustín, estuvo radicado un tiempo, tal vez tras los pasos del propio Émile Dubois─, de La Serena, de Antofagasta, y así: conchas y piedras y ramas secas; estampitas, escapularios, amuletos, cintas de colores… un puñado de objetos que equivale a un mapa, y que da cuenta de nuestro periplo por la Ruta Panamericana hacia el norte, atravesando Perú y Ecuador hasta llegar a Colombia, particularmente a Popayán, donde la cosa se pone compleja.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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