Huella de ceniza

Cada vez más tarde, Teatro El Paso (Pereira) en la VI Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 18 de julio de 2014.

Cada vez más tarde- Jess Ar. Literariedad
Foto: Jess Ar.

«Buscas en Roma a Roma…»
Quevedo

Es Pereira una larga serie de malentendidos. Se tiene por músico insigne a un poeta menor en comparación con otros poetas menores del maíz, sí centelleantes, como Gutiérrez González o Epifanio Mejía. Porque Luis Carlos González nunca va a ser tan hondo como Luis Fernando Mejía aunque ambos se preocupasen por buscar acertijos en los palos de mango y en el reloj de la catedral. Y aunque un poeta nunca vaya a ser sustancialmente importante para su pueblo ─en realidad, para ninguna esfera─ sí lo es para los escultores trashumantes o para los peritos en conmemoraciones.

Bajo su propio suelo Pereira está sepultada. Es la huella de ceniza de otra ciudad que buscaba el sur tras de torturar y matar al último Quimbaya, ribera prestada por la mentira de ciento cincuenta años y desembocadura de todas las calles del olvido. Su peor alcalde fue presidente. Y una escritora fundamental como Alba Lucía Ángel encontró la clave de la literatura por los caminos del mundo ya que los que iban a su propia casa la rechazaban. Teatro El Paso en Cada vez más tarde entiende esto y lo plurisimboliza, en un guiño a Eugenio Barba, tal vez, sin pretender acertar, pues deja en manos del espectador el zurcir los fragmentos perdidos de la bandera de la identidad. Le desnuda su pasado que cubre con las manos sus vergüenzas. Cada vez más tarde es una cita entre la poesía, el relato, la música y el sarcasmo. La primera se sienta y sale. El segundo cuenta una historia de amor enlazada a la de una genealogía; su voz es desinteresada y triste como la de quien se cansa de esperar, sus palabras suben y forman un enjambre de pequeñas luces intermitentes. Los dos últimos, en cambio, se miran hasta el final, sin atreverse a hablar, a la expectativa de que se apacigüe por sí sola la incomodidad de su encuentro inesperado.

Foto: Jess Ar.
Foto: Jess Ar.

Es evidente en escena para quienes conocemos la trayectoria del grupo que hay una profunda concepción de los personajes. En un gesto de entrañable heteronomía, Jorge Mario López Moreno es fuerte, electrizante y vital: confecciona sus cuatro papeles en la obra sin dejar ver las costuras. Luz Stella Gil se apropió muy bien del humor tanto como del drama al ritmo que lo requerían las situaciones. El reto de lo trágico y la metáfora, del cambio súbito de cargas anímicas, es muy bien asumido por Juana Gutiérrez. El director y dramaturgo del grupo, César Castaño, habla con el silencio y el sosiego, un papel muy diferente al de obras como Ricardo III, por ejemplo. Asimismo, la irreverencia inteligente de Daniel Vergara León crea un Gólem vívido, siempre oportuno en sus intervenciones, que enciende los cortinajes que tocan sus puñetazos de fuego.

Cada vez más tarde es la intención de reconstruir nuestra idiosincrasia tan saturada por la heredad pastoril española. La bella utopía de quemar los cultivos para volver a sembrar. La inconformidad con lo inevitable. Es una investigación actoral destacable y madura. Una interpretación de ciudad, de sus recovecos físicos y espirituales, y una exploración dramatúrgica que podría no encontrar feliz puerto por su misma naturaleza: el desencanto, la soledad, y la paradoja de Ahasverus que regresa a su tierra para morir a saber que siempre lo ignorará la muerte.


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Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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