Farsa punk

Foto: Ángel Ortiz González, Factótum Colectivo.

Robledo, el usurpador. Autoficciones. Cicuta Teatro (Pereira) en la VI Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 21 de julio de 2014.

«Toda la puta vida igual.»

Aunque sea de conocimiento general que los artistas por sí mismos son especímenes en vía de extinción dentro de cualquier sociedad por sana o gangrenada que esté, es innegable que en esa búsqueda de agua dentro de la sequía de la burocracia terminan robando la que los demás han robado también, no sin cierto esfuerzo, en una cadena larga y feroz. Y es también harto conocida la hipocresía que hay dentro y fuera de los gremios artísticos ─esto, desde luego, sucede en todos─ usada como escudo de las piedras que vienen como respuesta a los improperios lanzados contra los trabajos ajenos. Lo que sucede con Cicuta Teatro es lo contrario, pone con esta obra la sala que cohabita al descubierto como un espacio de discusión, sin miedo a decir lo que piensa sobre la otredad ─y sobre sí mismo─ invitándola en un acto de sana y necesaria honestidad a responder de la misma forma. Hasta ahora no hay quien lo haya hecho.

Otro aspecto del que habla el grupo sin ambages es la historia de la ciudad. Para éste la nostalgia que irradia Ítaca en el mar no es la de quien desea volver sino la de aquel que no se puede ir. El inxilio del que habla el poeta de Cantar de lejanía. Ante la imposibilidad de quemarla en un gesto atávico nuestra propia casa se convierte en el amado lugar del odio. La trinchera y el refugio. Desierto y verdor. Ante una historia usurpada y la premisa de hacerlo todo “rápido y mal”; ante la pereza congénita de los ciudadanos, y el arribismo; frente a la polisemia de la expresión gestor cultural, en un ámbito de poetas a caballo y políticos travestis, no queda otra salida que zurcirle al escudo oficial, ad portas de la lapidación, un eslogan con la verdad. Y para esto hubo que resucitar a Hugo Ángel Jaramillo e invocar a estandartes de la historia general, muy queridos por la gente punk, a fin de que nos dijeran lo que no nos gusta oír: que Pereira recibe el nombre de un ladrón, que los primeros pobladores de la villa de Robledo la abandonaron y se fueron a buscar mejor suerte en Cartago mucho antes de la colonización antioqueña, por lo que el sesquicentenario ─¿no les parece una palabra horrible?─ es una falacia y por consiguiente guardar receptáculos de la memoria para el porvenir, que nunca viene, es un acto ridículo; y que la gente sí es buena y pujante pero para delinquir, en fin.

Es Robledo, el usurpador una obra en totalidad fiel a sus principios. Concebida  como una farsa punk en el sentido estricto de las palabras tenía que ser independiente, de bajo, bajísimo presupuesto, realizada contra reloj, disonante, descuidada en apariencia, e incluso contar con una banda sonora, punk, desde luego, donde cada una de las canciones fueron escogidas por tener la misma atmósfera de la representación: una especie de anacronismo tropical. Sumado a estas características, el hecho de que la luz, el espacio y el texto trabajen en conjunto a la perfección y satisfagan todas las necesidades e intenciones del grupo, hace de la obra una pieza de indiscutible calidad.

Ángel Ortiz González, Factótum Colectivo.
Ángel Ortiz González, Factótum Colectivo.

La dramaturgia, inteligente y mordaz, es de César Salazar, director del grupo quien, apegado a sus convicciones literarias y sus filiaciones históricas, y luciendo un estilo propio, siempre entrega una pieza original e irrepetible. La actuación, de Mauricio Robledo y Jorge Bueno ─integrantes de Casa Flotante Teatro─ está llena de fuerza y sarcasmo en la expresión, representa los rostros de la ciudad sin máscaras ni maquillaje y nos entrega dos personajes contestatarios, como debía ser.

Robledo, el usurpador se instaura como un símbolo de la inconformidad, descubre las amplias posibilidades que da el teatro, se mofa de los infortunios burocráticos que hay detrás de este, se mofa del público y de sus creadores, nos absorbe a todos por el juego sano y descarnado de la autoficción.


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Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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