De Capote para Hepburn

Holly parece destinada a continuar con su inconfundible y muy personal tarjeta de presentación: viajar. Siempre ha pensado en ella misma con arrepentimiento, como una criatura salvaje, la cual siente compasión por aquellos seres atraídos por lo indómito… 

Capote: “Soy un genio”.
Capote: “Soy un genio”. Foto tomada de Cultura Colectiva.

Desayuno en Tiffany’s De Blake Edwards

Por: Juan Guillermo Ramírez

«Y se derrumbó como un roble talado. Lo primero que se me ocurrió fue llamar a un médico, pero la examiné y su pulso era normal y respiraba con regularidad. Dormía, sólo eso. Después de colocarle una almohada bajo la cabeza, la dejé gozar de su sueño.»

Truman Capote

Sin lugar dudas, Holly es similar en diversas maneras a las figuras, tanto masculinas como femeninas, de la más admirada de las historias de Capote: ella es joven, inocente, insignificante pero atractiva, amigable y sin embargo remota, su personalidad es una mezcla enternecedora de inocencia y sofisticación. Como la Señorita Bobbit, Holly se ha hecho de presencia. Deliberadamente se ha creado una personalidad para obtener lo deseado, y resulta inolvidable por sus propias cualidades. Más aún, como Joel y Collin, Holly es de las que viajan. Pero mientras donde Joel y Collin buscan amor e identidad propios, Holly va también en pos de la experiencia. Tiene hambre de exploración, de vivir completamente cada momento, de hacer y verlo todo.

Huérfana desde temprana edad, Holly y Fred, su hermano más joven, llevaron una difícil vida en hogares de adopción en Texas. Al huir, fueron recibidos por un amable veterinario equino, viudo y padre de hijos mayores que Holly. Doc Golightly al poco tiempo se enamora de la adolescente de 14 años y se casó con ella. Sin embargo, el matrimonio duró muy poco. La pequeña, entonces, conocida como Lulamas Barnes, volvió a fugarse. Se adjudicó el nombre y la identidad de Holly Golightly. Muchacha urbana, fiestera, viajera y seductora.

Bailando con Marilyn Monroe.
Bailando con Marilyn Monroe. Fuente de la foto.

Todo esto sucedió antes del comienzo del relato, el cual es contado por un escritor, quien al igual que Holly, había llegado a Nueva York en busca del éxito durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Al iniciarse el relato, el narrador anónimo ha retornado a la vecindad en donde tuvo su primer departamento y donde conoció a Holly en 1943, hacía más de 15 años. En aquella época ambos vivían en un antiguo edificio de piedra, en donde las escaleras de emergencia hacían las veces de elevador; la zona se encuentra en los 70’s del Este, cerca de la Avenida Lexington, Holly ocupa el departamento bajo, el alto lo ocupaba el narrador y durante un tiempo ella lo utiliza como su “portero”, como un sustituto de su llave perdida. Una noche, sin embargo, cuando Holly trepa por la escalera de seguridad para incendios, rumbo al cuarto del escritor y escapar así de un molesto sujeto, el cual había entrado en su departamento, nace la amistad entre ellos.

Años más tarde, el escritor vuelve a su antiguo vecindario por una llamada telefónica recibida por parte de Joe Bell, el cantinero, quien, como muchos otros, adoraba a Holly. Joe ha recibido ciertas fotografías de una escultura africana de madera, la cual representaba la cabeza modelada de Holly Golightly. El escultor era miembro de una tribu africana. Casi nada se ha sabido de los antecedentes del episodio a excepción de que el modelo de la obra de arte viajaba con dos hombres por África, en donde compartió, por un breve tiempo, la choza del africano antes de seguir su viaje. La llamada de Joe Bell, las fotografías, y el volver a ver el edificio aquel donde él y Holly habían vivido, le trajeron recuerdos al escritor y evocó la memoria de Holly. La historia de la vida de Holly en Nueva York, la cual acababa de ser resumida, es ahora contada por el escritor. Recuerda a Holly con ternura, un sentimiento compartido por Joe Bell, quien habla de su especial cariño por ella. La pasión erótica nada tiene que ver con los sentimientos de Joe, ni con los del escritor. Ambos eran amables y generosos con Holly, porque ella provoca afecto y lealtad a sus corazones; sin embargo, jamás se unieron a su larga lista de amantes. Su aparente dependencia, su irresponsabilidad y su infantil inconsciencia, los atrae tanto como atrajo los bolsillos de proveedores financieros.

El gato cuidando el sueño.
El gato cuidando el sueño. Foto tomada de chacha.com.

Una muchacha con algo de belleza y nada de talento –interpreta la guitarra en forma aceptable-, Holly utiliza sus encantos físicos para solventar sus gastos. Aunque en una ocasión tuvo la oportunidad de ser artista de cine, la dejó ir. Es Hollywood estuvo a cargo de un representante, C. J. Berman, quien decidió hacer de Holly una estrella. Berman deseaba introducirla al mundo del cine, pero Holly no tenía el menor interés en ello. Se quedó lo suficiente para superar su inglés, algo de francés y embellecer su apariencia. Me doy tiempo para mejorar algunos aspectos de mi persona, ella le dice al escritor, y da a entender, en forma clara, su no autotraición respecto a su consciente falta de talento, La autodecepción no se cuenta entra las fallas de Holly, pese a su extraordinaria capacidad de mentir. No le molesta el defraudar a otros si con ello logra sus propósitos. Se construye un mundo a su alrededor para hacer, tanto como le sea posible, las cosas agradables, e inventa su propia verdad cuando la realidad le resulta dolorosa. Berman, quien llama “farsante” a Holly, le agrega “realmente farsante”, “por creer en todo lo que cree”. El escritor piensa distinto. Para él, Holly es una “desequilibrada romántica”.

Como su tabla de valores difiera de la social, Holly miente sin escrúpulos. Para protegerse y mantener alejada a la demás gente, o para que no sepan mucho de ella, por eso inventa. Recurre a la ficción cuando la realidad se torna hosca y amenaza con traer el “cruel blues” o el temor. No dispuesta a compartir los secretos de su niñez, Holly se inventa una infancia hermosa cuando el narrador le cuenta las amarguras de la suya propia. Holly miente también cuando alguna situación le desagrada. En una fiesta, una conocida suya, Mag Wildwood irrumpe de pronto y atrae la atención de los hombres allí reunidos. Holly se venga insinuando que Mag padece una terrible enfermedad social. En otra ocasión, para ocultarle a Mag el haber dormido con José, amante de ella, Holly finge descaradamente ser lesbiana, tanto para engañar a Mag como para agraciar un poco la decepción. José no significa pérdida alguna para Mag, aunque tiene lo que realmente quiere, el casarse con el amante millonario de Holly, el casanova Rusty Trawler, un homosexual de mediana edad, carente del mínimo atractivo. Los amigos de Holly no lo soportan, particularmente el escritor, quien le insiste a Holly para que le diga sus sentimientos por Rusty. La respuesta de Holly es muy reveladora, marca un elemento importante de su filosofía. Le informa al escritor “puedes hacerte amar por cualquiera”. La idea del amor mantiene a Holly alejada del pensamiento de sentirse como una prostituta. Insistía en su afecto hacia todos aquellos que pagaban por sus favores. “Quiero decir no puedes acostarte con un tipo y cobrarle el cheque sin pretender al menos sentir amor por él”. “Nunca lo he hecho así”. Auto inducirse a “amar” a cualquiera le ayuda a Holly a aferrar la idea, muestra a Holly tan excitante como Mag Wildwood, a quien odia y de quien el escritor hace escarnio. El irónico pensar que Mag aseguró su futuro casándose con Trawler, pero Holly no pudo seguir sus pasos.

Holly parece destinada a continuar con su inconfundible y muy personal tarjeta de presentación: viajar. Siempre ha pensado en ella misma con arrepentimiento, como una criatura salvaje, la cual siente compasión por aquellos seres atraídos por lo indómito. Por apreciar a Doc Golightly, a quien abandonó, previene a Joe Bell, y le advierte nunca entregarle su corazón a ninguna cosa salvaje: “Mientras más hagas, más fuertes se hacen ellos… Si te permites amar a alguien salvaje, terminarás con la cara al cielo”. A pesar de todo, Holly sabe que es preferible mirar al cielo a vivir en él, el cual “es un lugar tan solitario, tan vago, tan vacío”. El vivir en el cielo es lo contrario de desayunar en el Tiffany’s, el símbolo de la buena vida, según Holly. Pero hay una dicotomía en ello. Holly reconoce tener necesidades, encontrar algún refugio, no puede continuar con su constante huida por el resto de sus días; y sin embargo, también desea la libertad. Cuando le compra al narrador una elegante jaula, le hace prometerle “no poner jamás nada con vida en su interior”. Aborrece todo tipo de jaulas. No obstante, anhela un lugar tranquilo en dónde establecerse y tomar un sitio y forma un hogar.

Un encuentro feliz. Fuente.
Un encuentro feliz. Fuente.

La relación con su gato tiene cierto simbolismo con sus divididas creencias. Al felino lo encontró junto al rio un buen día. Aunque ella lo ha cuidado amorosamente durante algún tiempo, tiene la necesidad de dejarlo en Harlem, poco antes de partir rumbo al Brasil. Tanto su acción, como la defensa de la misma, sin gracia alguna, son igual al trato recibido por parte de José. La explicación de su conducta al escritor puede resumirse así: tanto ella como el felino eran independientes, no existían ataduras entre ellos. Una vez dicho esto, Holly cambia de opinión y decide buscar al gato, pero no lo encuentra. Arrepentida, llora.

El relato fílmico, como el relato literario de Desayuno en Tiffany’s completa el círculo. El principio, el cual es en realidad el final, tiene algo indescriptible de nostalgia. Uno escucha en el fondo el eco de un “ido” y “fue” de “otras voces, otros ámbitos”, cuando el escritor se dirige hacia el edificio de piedra, el cual se encuentra “cerca de una iglesia donde un reloj en una torre azul da las horas”. Es uso de pasado, de los recuerdos, y una dulce tristeza, marcan un elemento de identificación del estilo de Truman Capote, muy bien traducido en imágenes por Blake Edwards. Algunos críticos lo objetan y lo describen como un estilo insustancial. Mas esto parece cavilación injusta, por ser precisamente esta la encargada de darle esencia al relato, lo encuadra, como si fuera una escena narrativa dentro de un pisapapel de cristal. No sólo agrada y deleita, también sugiere algo más, una placentera melancolía por la ausencia definitiva de gato, de Holly y de Audrey Hepburn, que estás en los cielos.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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