La infancia por fin recuperada

El niño del tambor que no quería crecer. Tomado de: http://lafilmotecadesantjoan.blogspot.com/2010_03_01_archive.html
El niño del tambor que no quería crecer. | Foto tomada de: lafilmotecadesantjoan.blogspot.com

Por: Juan Guillermo Ramírez

Dicen que los niños y los perros son los mejores actores de cine. Pongan a un niño de doce meses en una bañera con una pastilla de jabón y cuando trate de atraparla producirá un alboroto de risas. Todos los niños tienen talento de un modo u otro. La cosa está en lograr que lo pongan de manifiesto. Charles Chaplin

La infancia equivale a una paradoja: como concepto abstracto es permanente ─siempre hay niños─ pero su esencia individual es cambio puro. El habla cotidiana refleja esa paradoja: cuando alguien se encuentra con un niño al que ha dejado de ver durante un cierto período, suele exclamar: “¡Pero cómo ha crecido!”; se trata de un asombro contradictorio pues lo “sorprendente” sería un niño que no estuviera atravesando por ese proceso: de ahí la fuerza de la película El tambor de hojalata realizada por el alemán Volker Schlöndorf, basada en la novela de Günther Grass, en la que el niño rehúsa a querer crecer. ¿Reflejo de la engañosa costumbre social de considerar a la infancia como una etapa tan discernible y fija como la adultez? Quizás nunca terminamos de asombrarnos porque no hay ser más presente, sólido, real, que un niño. Acaso quien exclama “¡Pero cómo ha crecido!”, no se sorprende al comprobar que la realidad cambia, sino al darse cuenta de que incluso lo más permanente sea efímero. Y sin embargo, ¿es efímero el modo natural o impuesto?

La juventud de Elizabeth Taylor que no se ve. Tomada de: http://cinelocuracr.blogspot.com/2011/06/los-inmortales-1-elizabeth-taylor-1p.html
La juventud de Elizabeth Taylor que no se ve. | Foto tomada de: cinelocuracr.blogspot.com

También Hollywood comenzó desde pequeño. Desde sus inicios, la “meca del cine” se percata de lo paradójico y acostumbra al espectador a la singular mecánica de ver cómo cambia un niño-actor de una película a la siguiente; es decir, a saberlo él mismo pero aceptarlo otro. Esto, claro, hasta que se presenta la etapa de cambios, la bien llamada “zona de desastres”: la adolescencia, donde todos los cambios se hacen visibles de golpe y el que era reconocido como “otro” pasa a ser desconocido como “nadie”. Ningún ser humano da una apariencia tan rotunda de irrealidad, abstracción, porosidad, como un adolescente. Para el cine, la adolescencia es todavía más paradójica que la infancia porque ni siquiera se ve, apenas la intuye como un telón de fondo. Numerosos niños actores no logran permanecer a través de ella y sus carreras se diluyen: no vuelven a verse en pantalla. Los casos contrarios son excepcionales: Elisabeth Taylor y Mickey Rooney logran una permanencia que no fue accesible ni siquiera a figuras como Judy Garland, Natalie Wood, Patty Duke o Tatum O’Neal ─quien a los diez años obtiene el Oscar por Luna de papel de Peter Bogdanovich─.

Mickey Rooney cuando fue creciendo se fue poniendo más rudo. Tomada de:
Mickey Rooney cuando fue creciendo se fue poniendo más rudo. | Foto tomada de: nacion.com

El cine de adolescentes ─desde American Graffiti hasta Porky’s y demás productos del sub-género de “high school”─ dio cabida a muchos de estos ex niños desempleados; pero antes de ello, ¿qué aguardaba a los que en la vida y en la pantalla habían sido niños? Reveladora metáfora: la arquetípica Brooke Shields debuta en Niña bonita y después, pese a que mantiene una carrera, no logra un solo papel de potencia análoga y ni siquiera una película en la que su belleza fuera contemplada como algo más que ornamento. En Niña bonita, Louis Malle supo ver a una de las niñas más bellas del mundo, pero ni el Randal Kleiser de La laguna azul, ni Franco Zeffirelli de Amor eterno, ni mucho menos el erotómano light Adrian Lyne en su higiénica versión de Lolita, supieron ver a la adolescente que logró transfigurarse en una de las mujeres más bellas en la historia del cine.

Natalie Wood hermosa hasta que muere. | Tomada de: http://es.paperblog.com/aniversarios-a-toda-pantalla-2013-2323902/
Natalie Wood,  hermosa hasta que muere. | Foto tomada de: es.paperblog.com

La mecánica más representativa es la de Henry Thomas quien se hace famoso como protagonista infantil de  E.T. de Steven Spielberg y hasta ocho años después reaparece con la suficiente notoriedad en Psicosis IV, como la imagen de adolescencia del sufriente Norman Bates; la carrera de Thomas es simbólica: de la post-bisutería a la pre-sicopatía. Fuera de la excepción marcada por Jodie Foster, la lista podría ser interminable: todos los nombres de esta nutrida “infantería” constantemente renovada, tienen cada vez menos posibilidades como actores a medida que al madurar adquieren mayores posibilidades como seres humanos.

Tatum O'Neal fue una ladrona vendiendo biblias. | Foto tomada de:   http://www.elbloginfantil.com/ninos-cine-tatum-oneal.html
Tatum O’Neal fue una ladrona vendiendo biblias. | Foto tomada de: elbloginfantil.com

Por lo general, la infancia es considerada por el cine de Hollywood, no como una entidad autosuficiente sino como un esbozo, una precariedad, una promesa de completarse en la adultez. De esta mecánica no se salva Woody Allen, cuyos niños son meros embriones del único papel que éste autor ha desempeñado a lo largo de su filmografía: el neurótico sensible y atormentado. Hasta hace relativamente poco tiempo las excepciones brotaban, de modo invariable, fuera del cine estadounidense: acaso las más impactantes siguen siendo Juegos prohibidos de René Clement, la adaptación de “La vuelta de tuerca de Henry James en la película británica The innocents de Jack Clayton. En la primera,  Brigitte Fossey y Georges Poujouly, en la segunda Pamela Franklyn y Martin Stephens, crean unos personajes infantiles llenos de misterio y nada ajenos a la potencialidad erótica sólo reconocida oficialmente en la edad adulta. Dentro de estos escasos casos en que se da al niño una dimensión más allá de lo dependiente, contradictorio e informe, se encuentran Antoine Doinel de Los 400 golpes de Francois Truffaut; Hunter Carson de París, Texas de Wim Wenders; Pelle Hveneggard de Pelle el conquistador de Bille August, y el hijo de Guido de La vida es bella, la manipuladora película de Robert Benigni; o ese niño huérfano, Vinicius de Oliveira que deambula por ese Brasil oculto buscando a su padre de Estación Central de Walter Salles.

Brooke Shields, la niña bonita, bajo la dirección de Louis Mallé. | Foto tomada de: http://sptimo7sello.blogspot.com/2013/04/de-sica-kon-y-malle.html
Brooke Shields, la niña bonita, bajo la dirección de Louis Mallé. | Foto tomada de: sptimo7sello.blogspot.com

¿Qué interpretan los niños en el cine? ¿A sí mismos cambiando, dirigiéndose al abismo? Hollywood ha domesticado la infancia pero ella ha terminado por imponer sus desafíos. Igualarse con el adulto, sí, pero a nivel ya no de promesa de adulto, sino de eterno presente: siempre hay niños, portento incomprensible. Crecen, crecemos, pero algo permanece intocado, quieto, esperando. Eso son los niños en el cine: imagen que perdura en la etapa en que un ser humano es cambio puro. Pocos lograron cambiar permaneciendo, cambiar obligando al espectador a que cambiara con ellos, o bien a que no se acostumbrara al cambio. Ya no importa si aquella serie de los años 30 conocida como La pandilla resulta ahora insulsa o ingenua. Lo que importa es que Shirley Temple no vuelva a traicionar a las niñas, ni a las mujeres que una vez fueron niñas en el tiempo intemporal. Lo que importa es que la Brooke Shields de Niña bonita sea el referente de la Brooke Shields de Amándonos, y no a la inversa. Lo que importa es que la Jodie Foster de Taxi driver no sea la caricatura de una adulta sino la futura directora de Mentes que brillan, película que denuncia una industria fílmica que, como la sociedad que la alimenta, demanda endurecer a los niños para mantenerlos blandos de por vida.

Jodie Foster la lolita malosa de Taxi Driver de Martin Scorsese. | Foto tomada de: moviefanfare.com
Jodie Foster la lolita malosa de Taxi Driver de Martin Scorsese. | Foto tomada de: moviefanfare.com

La más reciente generación de niños que enfrentan ese dilema en la pantalla de Hollywood, lo hace con un rigor histriónico pocas veces logrado por el cine estadounidense: de ahí que pudiera afirmarse que hasta hace poco las excepciones surgían sistemáticamente fuera de Hollywood. Ya no es tan sencillo reiterar esa afirmación a raíz del insólito y profundo trabajo interpretativo de Thora Birch en Paraíso, de Anna Chlumsky en Mi primer beso, de Olivia Burnette en Promesas duras, e incluso de Ashley Peldon en El engaño, Sara Rowland en Tres fugitivos, Elijah Wood en Paraíso, Macaulay Culkin en Mi primer beso, Adam Hann-Byrd en Mentes que brillan, Mason Gamble en Daniel el travieso.

Pero acaso es un error de marcar estos nombres como excepcionales: siempre ha habido niños y aunque cada uno pasa, deja una huella que continúa el siguiente. El aparato social pretende demostrar con ello que todo pasa; pero la metáfora no se agota tan fácilmente: quizás el niño no equivale a la huella sino al acto mismo de continuarla.

Así comienzan Los juegos peligrosos de René Clement. | Foto tomada de: blog.rtve.es
Así comienzan Los juegos peligrosos de René Clement. | Foto tomada de: blog.rtve.es

A través de un insólito equilibrio entre técnica y vivencia, los niños del cine de Hollywood alcanzan un enorme grado de virtuosismo; sin embargo, no se puede evadir el hecho de que éste resulta peligroso porque está definido, como casi todo lo que hacen los niños, según el canon adulto. No están dominando las técnicas de la actuación sino de la madurez social: están llegando a la adultez de modo tan precoz que ya pueden actuar como lo haría un adulto si mágicamente pudiera adoptar la apariencia de un infante. De algún modo, estos niños están sacrificando algo de sí mismos en el altar social. No sólo son buenos actores, también son una especie de sacerdotes propiciatorios de un acto de transición inconsciente: aparentan la recuperación de lo que el aparato social ha concedido bajo la condición de que sea irrecuperable.

The innocents de Jack Clayton.
The innocents de Jack Clayton. | Foto tomada de: zombievamp.blogspot.com

La mayoría de los niños actores suelen desempeñar pequeños papeles como “pasado” de personajes adultos. En este tipo de películas, como en toda confrontación entre el ayer y el hoy, en cuanto se pasa del personaje niño al adulto, el espectador siente una pérdida y hasta lamentable que, al término del flash back, se vuelve al presente donde la entidad vital se ha convertido en esta inofensiva, frustrada y conformista figura adulta que no ha cumplido las promesas, los deseos, las necesidades de su infancia. Y cuando se trata de historias de niños en presente, el desafío es doble: esté en el contexto que sea, un niño siempre conmueve porque sus registros humanos son más entrañables en cuanto representan lo que cada adulto ha sacrificado sin saberlo.

Pelle Hveneggard en esa magistral historia-saga de Bill August. | Foto tomada de: nafilmy.com
Pelle Hveneggard en esa magistral historia-saga de Bill August. | Foto tomada de: nafilmy.com

De ahí el hondo sustrato que logran estos niños actores: pasan para que algo permanezca. No la infancia sino la pérdida de la infancia; y no una pérdida natural sino impuesta. Sin embargo, y de ahí la fuerza de los actores infantiles y la gran metáfora que encarnan, también pasan para que permanezca una sospecha más de fondo, más intangible pero más indomable: hay que buscar en todo lado lo verdaderamente permanente. Todo aquello que la sociedad requiere para alimentarse no es necesario ni inevitable. La infancia puede recuperarse, como diría Fernando Savater, hacia adelante, para insertarla en el mundo futuro como un estadio permanente, es decir, tan dispuesto al cambio, al asombro, a lo imposible, como lo está todo niño.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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