Cuidados intensivos

© Francesca Woodman | Paletot : veste comfortable et unisexe. high-five-mag.com
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Por: Lana Dick

Sin más excusa que la de sacar unas copias necesarias para la elaboración de un texto que competía a la materia menos interesante de mi carrera, me dirigí a través de la lluvia hacia el pequeño salón que servía de negocio de fotocopias y dulces de don Jaime. Ese día me decidí a caminar rítmicamente para mover la falda que estrenaba al mundo mis enjutas piernas adolescentes mientras el frío husmeaba bajo los pliegues de esta y escurría las medias veladas. Caminé por las escaleras lisas del edificio, recorrí el pasillo y allí, donde siempre, estaba la triste tienda de un edificio viejo y mal construido. Como acostumbraba, saludé tímidamente sin obtener respuesta alguna más que el eco del viento golpeando mis mejillas, no le presté atención al incidente y busqué las copias con recelo y unas ganas infinitas de salir del estrecho lugar de paredes funerarias. Me apresuré y tanteé el dinero en mi bolsillo, aún no encontraba aquello que buscaba. De repente, y rompiendo el silencio de tedio que llenaba las paredes pálidas y paupérrimas del viejo 203 del edificio más triste del lugar, escuché la frase que definía la situación, el plano, el lugar y todo lo que componía de pesada rutina ese pequeño rincón de criaturas que sobrevivían como máquinas a las preguntas profundas con el arma del silencio y la frialdad. Don Jaime, quien vivía pensando en la belleza exacerbada que el fantasma de su madre le prohibía ver, había teñido sus numerosas canas de juventud en crema de amoniaco, le temía a esa vejez que su madre conservaba silenciosamente en un banquito apartado en el que recordaba con pena su juventud y asimilaba con repetidos parpadeos lo que de boca de don Jaime había escuchado: “Está en cuidados intensivos”. Los sonidos de sus palabras, su tono profundo, casi hilarante, le dieron el toque final a la escena en la que yo, abusivamente, había irrumpido.

Los ojos desprevenidos de la señora, de un gris opaco, se llenaban forzosamente de tristeza, ella parecía no poder expresar en llanto el dolor de las palabras sin preámbulo de don Jaime, su rutina ya no le daba tiempo para los sentimientos más hondos que aquejan al resto de los mortales; en los pliegues de su frente adivinaba la resignación, en la mueca permanente de su mentón la costumbre de los días sin sobresalto dentro de los cuales contaba su muerte como si marcara un calendario restándole días a su vida y sumándole unos cuantos más a su desdicha. El sonido repetitivo de las fotocopiadoras era lo único que ambientaba su tristeza momentánea, ya en su casa podría pensar en su pasado con un llanto más fluido, con la luz mortecina de una lámpara, con el techo de piedra como pantalla de su vida y en completa e inquietante soledad,  ahogando su mundo en tristezas, dormiría en la utopía que soñaba de joven para despertar en la rutina que le forjó el destino.

“¿Un gancho?”, interrumpió la voz de don Jaime. “Por favor”, dije volviéndome a concentrar en el letargo de la señora. Parecieron años los que pasé en aquel momento, observándolos, mirando sus ojos esquivos en busca de respuestas. Sentí el gesto desdeñoso de don Jaime al entregarme el paquete de hojas, ni una sola palabra al aire, ni una sola mirada, su cabello me distraía del ambiente y me hacía ubicarlo más en la rutina y en su deseo de eternidad, de juventud, esa que cada día se marchitaba más. Él parecía querer escapar de aquello que lo consumía,  del seseo del día a día. Él era como un ave presa en la trampa de un cazador, trataba de zafarse de su predecible destino aleteando con fuerza y cuando parecía lograr su cometido, los mecanismos rudimentarios de la trampa marcaban inexorablemente su  rumbo, se apresaba definitivamente en la monotonía.

Por un momento me camuflé entre ellos, entre las paredes desgastadas, las hojas de reciclaje y los libros cubiertos de polvo, sentí el compromiso que se debía exigir ante el tedio, sentí que ejercía un papel importante en el cual la actividad que debía desarrollar, era una de espectador y de actor pasivo que cumple el destino de una silla o una ventana en el escenario. Me aparté lentamente volviendo a quebrar el silencio con un inaudible “hasta luego”.

Me pareció salir del quebranto de una cárcel, me pareció que aquel tiempo, aquellos cinco minutos con fachada de horas, nunca habían existido, era como un tiempo sin tiempo, una apuesta al vacío; miré hacia atrás con las copias en la mano, me detuve un momento, me incorporé y seguí mi camino sin tiempo, contando con mis pasos la historia de mi vida y con la mente, la historia de aquel cuarto en el que el tiempo parecía ser tan solo una quimera.


Lana Dick en Twitter.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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