El amor: un buen pretexto para el cine erótico

El baño de Méliès.
El baño de Méliès.

Por: Juan Guillermo Ramírez

“La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia es a la vida del intelecto: simplemente una confesión de fracaso”. Oscar Wilde

“La experiencia nos enseña que amar no significa en absoluto mirarnos el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección. No existen compañeros si no se hallan unidos en idéntica tarea, si no se encaminan juntos hacia la misma cumbre”. Antoine De Saint-Exupéry

El cine erótico: Un espectáculo voyerista

Meterse en las vidas de los otros, conocer sus intimidades, adueñarse de sus secretos. El cine es el arte voyeurista por excelencia, la dimensión erótica de las películas realizadas en celuloide es esa premisa llevada hasta límites extremos. Ya lo sabían los precursores de la industria, como el estadounidense Thomas Alva Edison, que en 1891 -cuatro años antes de que los hermanos Lumiere hicieran la primera exhibición de cine ante un puñado de espectadores- había patentado el Kinetoscopio. Una caja con imágenes en movimiento concebida para el disfrute exclusivo del espectador y que, por lo general con imágenes de chicas ligeras de ropa, pronto comenzaron a poblar los lugares públicos. El cine erótico no se asocia solamente con cuerpos desnudos o escenas de sexo, sino, más bien, con la sensualidad humana. Porque también hay erotismo en un baile, una frase, una mirada, un gesto, un silencio y eso el cine lo ha sabido captar desde siempre. Y es que los terrenos por los que transita el cine erótico son más sutiles, tienen que ver con el amor, el placer y el dolor. El verdadero cine erótico es el que no sólo muestra el cuerpo, sino que indaga en la mente y refleja el alma de sus protagonistas. El que, de paso, nos dice algo de nosotros mismos y de la sociedad en que vivimos. El que se encarga de desempolvar algunos fantasmas y enfrentar nuestros propios miedos y fantasías. Cada cierto tiempo surgen títulos y autores que marcan un hito en el desarrollo de las libertades humanas. A causa del erotismo, el cine ha sido acusado de irreverente, ofensivo, pornográfico, inmoral y antisocial, pero ha servido para derribar tabúes, despejar fantasmas, burlar censuras y destruir falsas concepciones sobre el individuo.

Apenas un año después de que los hermanos Lumière hicieran la primera proyección pública, se filmaban breves secuencias eróticas, la industria cinematográfica supo descubrir el erotismo en las vampiresas de la pantalla con lujuriosas escenas de desnudos femeninos, besos pasionales y otras más audaces como recurso seguro para atraer espectadores. Por lo tanto, no es descabellada la idea de que el erotismo en el cine nació casi a la par que la máquina que procesaba fotografías en movimiento.

El beso de Edison.
El beso de Edison.

La regordeta Louise Willy se mete en una tina de agua jabonosa y humeante y luego, de pie, acepta que una gentil doncella le frote la espalda con una esponja. Louise no tiene nada encima, salvo espuma. La película dura algo más que un suspiro, se titula El baño y fue filmada por Georges Méliès en 1896. Las crónicas de la época atestiguan que El baño, de Méliès, atrajo la atención de los parisienses mucho más que La llegada del tren a la estación de la Ciotat o que El regador regado, dos de las primeras películas de los Lumière. Las prensa francesa reaccionó tan escandalizada como la neoyorquina cuando, también en 1986, Thomas Alva Edison exhibió su película El beso, de un minuto y medio, en el cual la actriz May Irwin aproximaba candorosamente sus labios a los mostachos del actor y, además, su esposo, John Rice.

Fue la presión de los grupos moralistas y sectores religiosos los que hicieron a Hollywood volverse pacato a fines de los años 20. El llamado Código Hays, por ejemplo, prohibía las escenas de pasión, aun entre esposos, descartaba todo tipo de desnudez e incluso censuraba las danzas con “exceso de movimientos corporales”. Pero entonces comenzó la carrera de destacados realizadores, desde Lubitsch a Hitchcock, que convirtieron sus películas en un ejemplo de cómo burlar la censura, el insinuar más que mostrar. Los espectadores se sintieron especialmente atraídos por las escenas intimistas y por los ceremoniales desnudos femeninos, que plantaron la semilla del cine erótico, un género que suele asestar nuevos y cada vez más contundentes golpes de audacia.

Y Dios creó a la mujer de Vadim.
Y Dios creó a la mujer de Vadim.

Los besos y abrazos apasionados comenzaron a ser corrientes con el cine sonoro, a principios de la década del treinta, cuando ya no era necesario imaginar lánguidos suspiros y resultó posible seguir de boca de los actores el trémulo diálogo amoroso. “¡Oh, es un castillo hermoso! –le dice Merle Oberon a Laurence Olivier en Cumbres borrascosas (1939)-. Viviremos aquí para siempre, los dos contra el mundo… Soy tu esclava.” Y sus labios se funden en un beso de dieciocho segundos. Los habría más largos e incluso más atrevidos, como el de Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (1939), los de Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados (1946) y los de Brigitte Bardot y Jean-Louis Trintignant en Y Dios creó a la mujer (1956), tan verosímiles que parecían exceder la ficción. Por entonces, el cine erótico se caracterizaba por la abundancia de besos tórridos, generalmente envasados en un celofán de romanticismo y por la exposición de desnudos femeninos, casi siempre al aire libre, que respondían a la excusa de refrescantes chapuzones en rios y lagunas.

Desde Europa comenzaron a llegar, en los años 60, películas que abordaban temas sexuales sin tabúes, no como fórmula para atraer público, sino como trabajos con planteamientos estéticos, que eran a la vez intentos de conocer más la psiquis humana. En 1960, y quizá con Hiroshima mon amour, del francés Alain Resnais, el cine erótico invadió otros territorios, más inquietantes y, a menudo, más escabrosos: esa película incluye una escena de alcoba en la que Emmanuelle Riva y el japonés Eiji Okada se dispensan un amplio repertorio de caricias y otros arrebatos. En Ayer, hoy y mañana, de Vittorio De Sica, Sofía Loren le ofrece un strip-tease de dormitorio a Marcello Mastroianni, cuya perturbación compartieron las salas de cine de todo Occidente. La secuencia era levemente divertida y por eso la Loren no la borró de su memoria ni de los archivos de Cinecittá, como lo hizo con la de su remojón en una piscina, con sus opulencias a la vista de Alberto Sordi, en Dos noches con Cleopatra, uno de sus primeros filmes. Autores de la talla de Ingmar Bergman, Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Louis Malle, Bernardo Bertolucci, Pier Paolo Pasolini e incluso Roger Vadim provocaron polémica y escándalo; fueron censurados, pero ayudaron a dar un paso adelante, tanto en el terreno cinematográfico, como en el del conocimiento sobre la identidad y la conducta humana.

Ayer, hoy y mañana de De Sica.
Ayer, hoy y mañana de De Sica.

Algunas de sus películas se convirtieron en transgresoras, porque fueron más allá de los cánones establecidos en su momento, provocando la ira de las instituciones, pero derribando prejuicios, censuras, combatiendo el temor y la ignorancia. Bertolucci, con El último tango en París, por ejemplo. O Pasolini, por ese muestrario de los horrores cometidos por un grupo de fascistas que es Salo o los 120 días de Sodoma, actualización del libro del Marqués de Sade. Y más tarde, el japonés Nagisa Oshima, con El imperio de los sentidos, acusada de pornográfica por algunos y como obra maestra por otros, pero que sin duda llevó al límite el tema de la sexualidad en el cine, al poner a sus protagonistas en situaciones de sexo real y obligando el hardcore y el softcore, la pornografía real y la simulada.

Como en la literatura, a partir de Las mil y una noches y luego de la mano de Giovanni Boccaccio, en el siglo XIV), el condimento de la sensualidad incorporó el valor agregado de la imagen en películas de todo género, sobre todo policiales, no bien los ávidos productores de Hollywood percibieron que el erotismo y la violencia hacían muy buena pareja. Perros de paja de Sam Pekimpah, 1971, Doble de cuerpo de Brian De Palma, 1985, Bajos instintos de Paul Verhoeven, 1992, son apenas tres ejemplos de esa expandida corriente a la que Quentin Tarantino aporta ahora su refinado catálogo de truculencias.

El ultimo tango en Paris de Bertolucci.
El ultimo tango en Paris de Bertolucci.

La tendencia es evidente: consiste en mostrar lo que en tiempos de Rodolfo Valentino se sugería y en llegar hasta el difuso límite entre el erotismo y la pornografía, cuyos intentos de aproximación vienen de lejos. En 1940 El proscripto con Jane Russell, no pudo ser exhibida hasta que tres años después su realizador, Howard Hughes, consintió que se emplearan las tijeras. En 1956 Baby Doll de Elia Kazan, con la aniñada Caroll Baker, sufrió parecida condena.

Distinto es el caso de la pornografía, existente también desde principios del siglo XX, pero masificada en Estados Unidos a partir de la exhibición en 1973 de Garganta Profunda, un clásico del género. Desde entonces, esta industria se dedicó a explotar el sexo en su forma más básica y banal, cambiando insinuación por demostración y la capacidad de hacernos soñar y fantasear por la permisividad para asistir, sentados cómodamente en una butaca, como cada vez más directos testigos de lo que otros hacen a puerta cerrada.

La Baby Doll de Kazan.
La Baby Doll de Kazan.

Eso se puede apreciar claramente en películas como 9 semanas y media o Atracción fatal, que causaron mucho revuelo en su momento. Ofrecidos como filmes eróticos, son en verdad falsamente sensuales. El primero es una oda a la represión moral: la chica que busca nuevas formas de erotismo termina huyendo de lo que encuentra. Y la segunda transforma la infidelidad en el crimen de una mujer psicópata, cuya muerte violenta trae la paz al hogar destruido. Ambas pertenecen al mismo director, el británico Adrian Lyne, quien terminó víctima de su propia trampa al querer hacer un remake de Lolita. El tema elegido para su intento de película más seria hasta el momento, la pedofilia, era demasiado fuerte y aún tabú en la puritana sociedad estadounidense, por lo que fue un fracaso. A pesar de lo mucho que tuvo que cercenarla, no encontró exhibición convencional en Norteamérica y ya antes Stanley Kubrick había hecho su versión de forma mucho mas digna.

En 1933, en el film Éxtasis, Hedy Lamarr protagonizó la primera escena de sexo, aunque tomada desde prudencial distancia, en la recién inaugurada era del cine sonoro. En 1967, con Belle de jour, Luis Buñuel fue un poco más allá e incorporó el fetichismo y las ataduras en escenas interpretadas por Catherine Deneuve. En 1972 la actriz María Schneider se encargó de aclarar que “nada de lo que se ve ocurrió de verdad, a pesar de las malévolas insistencias de Marlon Brando”, a propósito de Último tango en París, una de las más escandalosas películas de Bernardo Bertolucci. En 1992 la actriz francesa Jane March, por entonces de dieciocho años, reconoció todo lo contrario: que buena parte de los treinta y dos minutos de afiebrada actividad amatoria que acumula El amante fueron “verdaderos”. Y no sólo eso: “Allí perdí mi virginidad”. En Tom Jones, 1963, el prestigioso director británico Tony Richardson concibió una escena de comilona que compartían, frente a frente, en una sucia taberna, los actores Albert Finney y Susannah York: ella paladeaba golosamente un muslo de pollo y él paseaba sus labios y mordisqueaba una tierna pechuga, en tanto no cesaban de mirarse frenéticamente a los ojos. El filme ganó el Oscar al mejor de ese año y, en los países de más férrea censura, nadie encontró nada malo en esa secuencia que, sin embargo, muchos críticos consideran merecedora de integrar una virtual antología del erotismo cinematográfico.

El erotismo está relacionado con la poética amorosa que con los apetitos del instinto.

Un verano con Mónica de Bergman.
Un verano con Mónica de Bergman.

Las comedias con mujeres opulentas, desprovistas de ropa, se veían desde 1920, pero sólo en la década del cincuenta el erotismo interesó a los grandes sellos y a los directores más prestigiosos, entre ellos el sueco Ingmar Bergman, Un verano con Mónica, 1952, El silencio, 1962, y los franceses Francois Truffaut, Jules et Jim, 1961 y Louis Malle, Los amantes, 1958, prohibidísima en muchas partes del mundo por las audacias a las que se presta Jeanne Moreau. No es causal que por entonces aflorara una nueva raza de estrellas, las sex-symbols: Marilyn Monroe y Brigitte Bardot con Y Dios creó a la mujer, 1956, dirigida por Roger Vadim, un promotor de sex-symbols, influyeron notablemente para que el cine adoptase dos nuevos géneros: el hardcore y el softcore, caracterizados por las dureza o la blandura en la exposición de asuntos sexuales.

En 1969, Bob and Carol and Ted and Alice, una comedia de alcobas superpobladas, otorgó una credencial de estilo al softcore. En 1970, Michelangelo Antonioni mostró secuencias de amores grupales en Zabriskie Point, y el norteamericano Russ Mayer presentó Más allá del valle de las muñecas un coctel de desenfados inspirados por la marihuana y el rock. Las películas de sexo blando encontraron su cima con Cuentos inmorales (1973), que protagonizó Paloma Picasso, la hija de Pablo, y con Emmanuelle (1974), personaje a cargo de una gélida holandesa, Sylvia Kristel.

Los ojos bien cerrados de Kubrick.
Los ojos bien cerrados de Kubrick.

La vertiente dura, decididamente explícita y a veces dotada de pornográfica comicidad, hizo famosa a Linda Lovelace en Garganta profunda de Gerard Damiano, 1972, que cosechó un éxito semejante al de El diablo y la señorita Jones del mismo director en 1973. Es posible que el repertorio hardcore no reconozca títulos relacionados con la estética erótica y realmente meritorios por su factura artística, con excepción de El imperio de los sentidos (1976), de Nagisia Oshima.

En Eyes Wide shut, Stanley Kubrick estaba llevando sus tareas como director algo más lejos de lo que habitualmente se entiende, llegando a acompañar a Cruise y a su esposa a clubs eróticos nocturnos para que ambos pudieran observar cómo se mueve, se muestra y se realiza una presencia erótica profesional ante una audiencia. Se decía que Kubrick daba consejos íntimos y personales a la pareja sobre el modo cómo su sexualidad debía ser planteada en la película. Un par de colaboradores del equipo de producción, al parecer encargados de aderezar las escenas más eróticas, llegaron a declarar para una importante revista americana, que habían tenido que “enseñar a Tom Cruise y Nicole Kidman a hacer el amor”. Estas declaraciones alimentaron una polvareda mediática que acabó en los tribunales por una demanda que el matrimonio hizo llegar al medio de comunicación. Lo cierto es que la versión definitiva no incluye un tono erótico tan salvaje como se había contado a la audiencia. Las escenas eróticas no van más allá de lo casi siempre ofrecido en películas que no recurran a la vergonzosa moda del “sexo de diseño”, y en cuanto a las escenas íntimas que se esperaban entre Cruise y Kidman, que tenían el aliciente de desvelar ciertas tendencias íntimas de la pareja, la verdad resulta ser que, simplemente, no existen en la película. De hecho, Kubrick no incluyó ni una sola escena sexual de cama entre el matrimonio. Kubrick mostró a todo el mundo que había capturado grandes momentos entre Tom Cruise y Nicole Kidman, escenas de gran contenido íntimo que, sin embargo, no desvelaban, como se había publicado, ninguna verdad matrimonial más o menos comprometedora. Stanley había creado una película que hablaba de los celos y de alguna que otra gran revelación que nada tenía que ver con ellos como personas. Aquellos que acudieran buscando imágenes sexuales, iban a quedar muy decepcionados. Pero Kubrick no había escrito un guión para investigar la vida íntima de sus dos actores, sino una trama que reflexionaba con gran profundidad sentimental sobre la vida en pareja y el desarrollo de la sexualidad en su interior con los altibajos que se presenten.

Para terminar un delicioso ejemplo

Los amantes de Malle.
Los amantes de Malle.

Los amantes de Louis Malle, es una propuesta algo polémica en favor del frenesí amoroso y erótico para cuestionar la relación convencional de familia y la relación estereotipada de ciertos amantes. Con este drama intenso el realizador francés propone redefinir a la pareja sobre la base del amor sin convencionalismos, con el sólido aporte de la actriz Jeanne Moreau como la mujer aburrida del matrimonio y seducida por un amante. Es una historia que pretende redefinir a la pareja sobre la base del amor, a partir de la historia de un hombre y una mujer sumidos en la rutina de una vida cotidiana desprovista de sentimientos. Texto (polémico) en favor del frenesí amoroso y erótico para cuestionar la relación convencional de familia (propia del matrimonio provinciano y aburguesado) y la relación estereotipada de ciertos amantes (sin vitalidad especial). Con este drama intenso (más para su época: la cinta es de 1963), el realizador francés Louis Malle propone redefinir a la pareja sobre la base del amor sin convencionalismos, con el sólido aporte de la actriz Jeanne Moreau como la mujer aburrida del matrimonio y del amante, seducida por otro.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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