¿Quién no le teme a P. D. James?

“Se puede cambiar la estupidez, la intolerancia y el fanatismo cuando se lucha con ellos por separado, pero si vienen juntos, lo mejor es escapar, aunque sólo sea para preservar el propio equilibrio”.
“Se puede cambiar la estupidez, la intolerancia y el fanatismo cuando se lucha con ellos por separado, pero si vienen juntos, lo mejor es escapar, aunque sólo sea para preservar el propio equilibrio”.

Por: Juan Guillermo Ramírez

Escribir historias policíacas no es un acto de inocencia. Cuando escribo sobre un asesino, soy el asesino.

Phyllis Dorothy James

 

Muere a los 94 años P.D. James, la gran dama de la novela negra británica, la baronesa del suspense. Fallecida en su Oxford natal, la voz más literaria de entre los autores británicos del género policiaco deja una obra que conquistó al público y a la crítica con su retrato de la complejidad humana, servido por la construcción meticulosa, casi forense, de las tramas y la elegancia en la pluma.

Creo que mientras viva, voy a seguir escribiendo, decía esta venerable anciana durante una de sus últimas entrevistas, en la que confesó estar inmersa en una nueva novela. Quizá ese empeño naciera de su condición de escritora tardía, que a los 42 años publicó su primera novela (Cubridle el rostro, 1962), seguida de una veintena de títulos consagrados en su grueso al relato criminal, aunque James también sobresalió en sus incursiones en otros ámbitos, como el aclamado libro de ciencia ficción Hijos de los hombres * (1992). Llevada al cine por Alfonso Cuarón en una película que logró la nominación al Oscar, en esa historia enmarcada en una Inglaterra del futuro donde los humanos ya no pueden procrear, quiso reflejar las consecuencias de la caída de la fertilidad en Occidente. Porque la disección de la sociedad moderna, centrada en su caso en las realidades de Reino Unido, es una de las constantes en la singladura literaria de James. Por ella transita en primer lugar el inspector de Scotland Yard Adam Dalgliesh, protagonista de 14 de los títulos de su madre literaria y del estreno de una carrera en las letras que sólo pudo arrancar en plena madurez de la autora. No podía seguir buscando excusas para convencerme de que nunca encontraría el momento para intentar convertirme en una autora seria. Sólo seguiré escribiendo si estoy segura de que puedo mantener el nivel. Todavía confiaba en sus posibilidades, como demuestra la publicación en 2011 de La muerte llega a Pemberley, una versión en clave de novela negra del Orgullo y Prejuicio de su reverenciada Jane Austen. Tomando el dominio de la construcción narrativa de Austen como referencia, James eligió la novela negra porque consideró que podía emular con éxito a los autores del género a los que admiraba. Se propuso construir el férreo armazón de aquellas obras para luego subvertir sus convenciones, con el objetivo de articular “un relato veraz sobre la sociedad en que vivimos” y sobre la condición humana, que nos brinda “unos personajes que nunca serán nítidamente malos o bueno”. Innocent Blood (1980), su octava novela, propulsó la firma de PD James al panorama literario internacional y le permitió jubilarse de todo lo que no fuera la escritura. Desde entonces, fue recabando un sinfín de premios y, en su tierra, la Orden del Imperio Británico además de una baronía que le procuró un escaño vitalicio en la Cámara de los Lores. Erigida en toda una matriarca literaria, lo que más le enorgullecía era su posición como cabeza de una familia nutrida por sus dos hijas, cinco nietos y siete bisnietos, de la que disfrutó en sus últimos años entre su casa en el barrio londinense de Holland Park y Oxford.

“Sólo Dios sabe qué ve en él”.
“Sólo Dios sabe qué ve en él”.

Hace algunos años Phyllis Dorothy James más conocida como P. D. James, fue promovida “baronesa” por la Corona Británica. Esta gran dama de la novela policíaca inglesa ha dejado a lo largo de su extensa obra (más de una veintena de novelas, incluyendo su autobiografía: La hora de la verdad) mucha sangre fría y bastantes intrigas asfixiantes. Miembro de Comité de los Lores, del Consejo Británico, de la Sociedad de Escritores de la cual fue presidente y de la Comisión  Cultural de la Iglesia Anglicana, P. D. James es el claro ejemplo de una “committee woman”, cuyo sólo nombre representa una breve integridad y competencia. Instalada a las afueras de Albion, defiende confusamente a Dios y su derecho, defiende la familia real, el english way of life, el equilibrio ecológico, la calidad de la televisión y de la lengua inglesa: combate desde hace mucho tiempo la nueva traducción del San Jaime bíblico, la Biblia anglicana, el inglés shakesperiano admirable y anticuado.

La misma atmósfera que envuelve sus más de veinte novelas cubre el espacio que habita: una puerta pesada de madera cerrada siempre con doble llave, las ventanas que se cierran como pequeñas guillotinas, una escalera de caracol que da vértigo, una mínima cantidad mortal de arsénico en la cocina, y algunos frascos llenos de sangre fresca. Atmósfera tramposa que explora con sus recursos literarios más los salones victorianos que los bajos fondos ingleses y esbozan el retrato de una Inglaterra provinciana, convencional, confiada tercamente a sus ambiciones y a sus frustraciones, siempre regida por el sistema de las castas.

“¿Te has planteado alguna vez que una mujer, cuando es poderosa, es más poderosa que un hombre?”.
“¿Te has planteado alguna vez que una mujer, cuando es poderosa, es más poderosa que un hombre?”.

En el pequeño teatro de las pasiones descrito por P. D. James, un antiguo ministro de su majestad convertido al misticismo, una anciana cuida sus desesperanzas con café negro espeso y con tostadas untadas con crema de anchoas. Ambos son amantes incestuosas y una sombría ambición que únicamente la muerte impedirá desposar a los hijos de la casa. Personajes que, lejos de los estereotipos, pueblan con frecuencia la literatura policíaca. Todos tienen una espesura, una verdad. Como el comandante Adam Dalgliesh –el Sherlock Holmes de P. D. James-, elemento subordinado de Scottland Yard, viudo melancólico, poeta a sus horas, aficionado a la arquitectura y a la música barroca.

Otra manía de P. D. James: el estilo. Denso, eficaz, sustentado en largas frases repetitivas, enteramente abocadas a la progresión de la acción y a una mejor comprensión de los caracteres humanos. En Por acción y por omisión, no es un actor quien se expresa con identidad, son las entonaciones propias de Oxford emitidas por un muy distinguido director de la Central Nuclear, erigidas en las costas de Norfolk, en donde se nutre el drama, hasta llegar a usar el argot culinario de una joven que vive en una caravana con un ecologista de servicio.

“Sólo los incautos creen que el azar no desempeña ningún papel en el sistema de justicia”.
“Sólo los incautos creen que el azar no desempeña ningún papel en el sistema de justicia”.

Un gusto por la palabra justa que refleja bien el estilo y el sello maníaco con el cual la señora James va alimentando sus novelas, en las cuales no atacará la escritura más que una vez para la construcción perfectamente estable, equilibrada. Y ante el menor detalle se detiene: antes de evocar la sorda inquietud que agita las riberas de la ciudad, de la Central Nuclear, ella investiga todos los riesgos posibles. ¿Siembra una situación en un rosal? Ella interroga al jardinero del Regent’s Park. ¿Describe una autopsia? Deambula por los laboratorios de medicina legal. ¿Y la intriga? Es simple, menos ingeniosa que en Agatha Christie, la otra “gran dama del crimen británico”, con la que se compara con P. D. James, a diferencia de que esta última persuade con una escritura racional y de gran exploración psicológica.

Me siento como una novelista, afirma una mujer que venera a Jane Austen, una de las más grandes escritoras del siglo XIX; y sólo veía en la literatura policíaca un medio para aguzar su pluma. Poco a poco comprenderá por qué le gustan cada vez más las obras construidas, trabajadas al interior de las convenciones del relato detectivesco clásico. Es la otra ventaja del crimen: Es una explosión en el orden social, es una especie de revelación. Después de un crimen, nadie puede permanecer igual, así sea culpable o inocente. De aquí la importancia de ese momento que permite, como una bisagra, abrir hacia el descubrimiento del cadáver, todo lo relacionado con el lujo de los detalles.

"En la madrugada de hoy, 1º de enero del año 2021, tres minutos después de las doce, murió en una pelea en un suburbio de Buenos Aires el último ser humano nacido sobre la faz de la tierra: tenía veinticinco años, dos meses y doce días."
“En la madrugada de hoy, 1º de enero del año 2021, tres minutos después de las doce, murió en una pelea en un suburbio de Buenos Aires el último ser humano nacido sobre la faz de la tierra: tenía veinticinco años, dos meses y doce días.”

¿El asesino? Se puede tener confianza en P. D. James de que éste no será un vagabundo campesino ni un criminal neurótico: Solamente los crímenes civilizados son los que me interesan, los que comentan las personas inteligentes. En sus novelas, P. D. James nos invita a una reflexión minuciosa sobre la culpabilidad, la responsabilidad personal. ¿Cuál es la parte del “libre arbitrio” en cada uno de nosotros?, se pregunta. ¿En qué punto estamos determinados por nuestro propio pasado? Estoy fascinada por la manera como tomamos nuestras decisiones, por esa zona situada entre el bien y el mal en que nos movemos.

¿Seríamos todos criminales en potencia? Que cada uno de nosotros sea capaz de matar, sí, yo lo creo. Estoy segura que podría matar para defender a mis hijos; para salvar mi propia vida yo podría matar también. Escribir historias criminales es sin duda el medio de generar miedos irracionales, de sublimar algunas emociones. La novela policíaca como un cuento moral, en donde el investigador se apoya en el poder de la razón para enfrentarse al caos y restablecer el orden. La novela policíaca como un encantamiento, una celebración frente a la muerte que bordea el carácter sagrado de la vida: La muerte, en nuestra sociedad, reemplazó al sexo: nunca se habla de ella y siempre se le oculta a los niños.

La acción transcurre en Inglaterra en el año 2021 y el protagonista y ocasional narrador es Theo Faron, un historiador de Oxford que acaba de cumplir cincuenta años y empieza a llenar las hojas sueltas de un diario. A través de su diario, se nos presenta como un hombre reflexivo, irónico hasta el sarcasmo, solitario y desengañado de su vida.
La acción transcurre en Inglaterra en el año 2021 y el protagonista y ocasional narrador es Theo Faron, un historiador de Oxford que acaba de cumplir cincuenta años y empieza a llenar las hojas sueltas de un diario. A través de su diario, se nos presenta como un hombre reflexivo, irónico hasta el sarcasmo, solitario y desengañado de su vida.

Su infancia fue difícil. Hermana de tres niños de un modesto agente de impuestos de Oxford, comienza a trabajar a los 16 años. Enfermera de la Cruz Roja durante la guerra, da a luz a su segunda hija entre sonidos de bombarderos. Su esposo, médico de la Armada de la India, regresará del frente de batalla esquizofrénico, arrastrándose de hospital en hospital hasta encontrar la muerte en 1964. Para educar a sus hijas, Phyllis trabaja en la administración de hospitales, después ingresa al Home Office, el Ministerio del Interior inglés, en donde, siempre como funcionaria hasta los 60 años, será enviada al servicio de medicina legal de la sección jurídica de la Brigada criminal.

* Children of Men la novela llevada a la pantalla.

"Hemos apartado de nosotros, como padres en duelo, todos los recuerdos dolorosos de nuestra perdida. Los juegos para los niños han sido retirados de las plazas...Quemaron todos los juguetes, excepto las muñecas que algunas mujeres no del todo cuerdas utilizan como sustitutos de niños...”.
“Hemos apartado de nosotros, como padres en duelo, todos los recuerdos dolorosos de nuestra perdida. Los juegos para los niños han sido retirados de las plazas…Quemaron todos los juguetes, excepto las muñecas que algunas mujeres no del todo cuerdas utilizan como sustitutos de niños…”.

La humanidad desolada en 2027. Un café de Londres bombardeado por noticias en la TV: bloqueos comerciales, ataques, cierre de fronteras, deportaciones a inmigrantes ilegales; y entre ellas, la más siniestra de todas, la muerte de la persona más joven del mundo, él último nacido vivo de dieciocho años. Entre la multitud atónita aparece Theo, quien extrañado abandona el café. Y de pronto, una explosión. Este es el panorama que propone una cinta de ciencia ficción basada en la novela del mismo nombre de P.D. James. Es el espectáculo de un mundo distópico, desolado, arrasado por diversas catástrofes, pandemias, crisis sociales y posturas totalitaristas de Inglaterra; todo ello marcado por la infertilidad en que está sumida la humanidad hace ya demasiados años. A través de la cinta, Cuarón muestra este escenario devastado, pero al mismo tiempo mantiene la esperanza, marcada en las posibilidades de cambio; un cambio que a simple vista no se observa, pero que va envolviendo a sus protagonistas en una trama y un viaje que ya no tiene vuelta, una travesía que los transforma, y que de paso, puede cambiar el curso de la humanidad. La historia se presenta como el viaje de un hombre aparentemente normal, que de pronto se ve inmerso en acontecimientos que distan mucho de la normalidad. A través de ese devenir, este hombre adquiere características heroicas en una lucha que lo trasciende. El protagonista es un antiguo activista político, un hombre que ha dejado de creer en sus ideales a partir de la muerte de su hijo, y del caos mundial que advierte. Sin embargo, su vida común de oficinista se ve trastocada al encontrarse con su ex mujer, una ferviente defensora de los refugiados (esos personajes marginados de la sociedad británica), y que por esto, desde el principio se plantea como el inverso simbólico, el polo puesto a Theo. Ella lo empuja a ayudar en la huida de una joven refugiada, proposición que Theo acepta no sin antes conocer el pago monetario que esta acción le reportaría. El protagonista se va sumergiendo en un viaje lleno de peligros, donde la protección de esta joven adquiere características casi universales al darse cuenta de su embarazo y que en su vientre lleva la posible promesa de salvación de la humanidad. Así, el personaje adquiere relevancias cuasi virginales. Cuasi, porque a pesar del bebé que engendra, es aparentemente una prostituta, una refugiada, más tarde fugitiva y porque dadas esas condiciones, lo probable es que se encubra la verdad y le quiten a su hijo. Porque al sistema normativo inglés no le conviene que el nacimiento provenga de esta excluida social y, al contrario, a los rebeldes les conviene: el enemigo está en ambos bandos y sólo Theo será su protección. Podemos entender el viaje en que se ve envuelto el protagonista, como una trayectoria por la supervivencia que entraña en el fondo la lucha por la supervivencia de toda una sociedad marcada por la destrucción. Con esto, Theo se ve implicado en un viaje que lo trastocará en lo más profundo. Se convierte en un héroe a la fuerza, con rasgos que subvierten la calidad típica del héroe en la ciencia ficción, más cercano al prototipo de antihéroe del cine negro. Se remarca por ejemplo en su fragilidad de hombre común, una fragilidad que no es sino el reflejo de la de toda la humanidad. Fragilidad en el dolor manifestado ante las pérdidas. La vulnerabilidad al enfrentarse a sucesos muy superiores a él mismo. Es un hombre contra el mundo, es quien debe salvar a aquella que podría salvar a los demás. Una paradoja que se deja de manifiesto en cada resquicio de la cinta. Se podría inscribir esta película dentro del subgénero de la ciencia ficción, en lo que cabría denominar como ciencia ficción de corto plazo. Se nos presenta un futuro que fácilmente podría ser el nuestro en unos pocos años y he ahí parte importante de la fuerza del relato, en el carácter de verosimilitud que el filme nos entrega. Se resalta la idea del terror propio de nuestra época, terror a las consecuencias de los avances racionales, a las consecuencias de las acciones humanas que producen alteraciones; se vive en un constante estado de inseguridad. La humanidad ya no está tranquila. Emerge entonces una vigilancia exacerbada, sistemas de defensas reactivados; en definitiva, un orden político de clausura a través del cual Inglaterra se cierra en su insularidad. Junto con ello, Cuarón nos plantea un cuestionamiento a las nuevas formas de dominación política que marcan el escenario ficticio del 2027. Se fomenta una lectura pasiva del mundo, una actitud acrítica; se venden kits de suicidio impulsados por el gobierno. La muerte se encuentra disponible, se objetiva y administra; y se presenta en las mismas tandas comerciales donde se le hace una apología  a la  violencia imperante.

Si bien la narración no se desliga de un relato lineal y no incurre en saltos temporales, como flash backs o flash forward, éstos no se hacen necesarios, porque el dinamismo se encuentra en los otros recursos técnicos nombrados que aportan profundidad al relato; remarcando el trayecto en un entorno que se vale de los decorados naturales, un ambiente lluvioso, oscuro y lúgubre que subraya la decadencia. Estos elementos apoyan el relato: la constante persecución, la ruina y decadencia del mundo, y también, la última esperanza para esta humanidad subyugada. Al ver Children of men nos vemos enfrentados a uno de los temores más marcados en nuestra civilización; la posibilidad del fin, del declive de la humanidad. La cinta remarca el temor ante la fragilidad de la humanidad, ante las posibilidad de decadencia al verse enfrentada a diversas situaciones que no parecen estar muy lejanas. Y con ello, la cinta se nos vuelve verosímil, incluso demasiado. Y eso nos lleva a un profunda identificación con Theo, aquel que ha dejado de creer, aquel que ya no tiene más esperanzas en ese futuro que avizora como negro, y que sin embargo, se ve enfrentado a algo mucho mayor que él. Se encuentra de cara a una posible salvación, encuentra la esperanza vivificada en Kee, y ante esto se ve obligado a vivir un recorrido que lo transforma: se convierte en un héroe a la fuerza, cuyo sacrificio finalmente es radical y vicario, al hacer partícipe en ello a toda la humanidad.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “¿Quién no le teme a P. D. James?

  1. ¡Muchas gracias por la información! Había visto la película de “Los hijos de los Hombres”, pero no sabía que procedía de un libro, y menos de una autora tan prolífica como esta. Algo de ella será mi próxima lectura, ¡sin duda! Saludos desde A Coruña.

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