Asesinos por accidente

Ver una película es un trance hipnótico. Danny Boyle.
Ver una película es un trance hipnótico. Danny Boyle.

Por: Juan Guillermo Ramírez

Para una de las tres hilanderas del destino.

Si ella lo hubiera visto apenas y lo hubiera reconocido, las consecuencias habrían sido desastrosas… desastrosas en todos los sentidos. Enoch Bennett.

En Tumba a ras de tierra (1994) de Danny Boyle, así como también en algunas películas británicas –En el nombre del padre, Raining Stones, Naked-, la brutalidad física es uno de los motores en donde se sustenta el suspenso. Si los estadounidenses tienen una predilección por la sangre y por las armas de fuego, los británicos sienten una fascinación por las violencias corporales.

En Tumba a ras de tierra, algunas secuencias evidencian los maltratos y ejecuciones torturantes, cubiertos bajo el ropaje de la maldad, ejecutados por individuos jóvenes. Y todo gira alrededor de una maleta. Ellos se rebelarán como ángeles salvajes y violentos, más que los voyeristas, y se irán transfigurando en algo que nunca han sido, en la medida en que el dinero se va a convertir en un nudo de discordias.

Queda el trabajo del cineasta Danny Boyle, quien se esfuerza, a lo largo de la película por contradecir sus pulsiones bestiales por su puesta en cámara: imágenes propias, iluminación empleada de película publicitaria y decorados invasores, un espacioso apartamento pintado con colores vivos y estridentes, como si fuera extraído de una revista de decoración.

Este es un apartamento ideal, por el cual se mataría al padre y a la madre, declaraba Boyle, quien hace surgir la violencia en un cuadro y en los personajes que desfilan de otra manera. Para este tipo de contraste ha realizado un extenso proyecto; es un síndrome del polar quebrado. En consecuencia, Boyle podría reunirse en la cohorte de los realizadores-diseñadores de Hollywood. Pero esto no es verdad. Su mirada ofrece una nueva visión de la otra orilla del Atlántico con su humor negro inglés y su gusto por las máquinas policíacas asesinas. Se le vería muy bien, poniendo en cámara algún guión de David Mamet.

John Hodge, guionista y médico radicado en Edimburgo y Danny Boyle, realizador y director de teatro y televisión, no tenían razones, a priori, para encontrarse. Pero un buen día, Hodge se pone a escribir y Boyle se comienza a interesar por el cine. El fruto de esta colaboración es explosiva: Tumba…, la mejor película de serie negra británica de hace mucho tiempo. Hollywood le propone a Hodge adaptar Garde à vue de Claude Miller con Gene Hackman interpretando el papel de Lino Ventura y a Boyle para realizar no importa qué con Sharon Stone. Y no aceptan, por fortuna.

Desafiando todas las referencias más o menos establecidas en el cine y en los realizadores tradicionales, en los cuales el guionista y el director se nutren para desenvolver los grados temáticos de sus dramas, es fácil deducir que esta Tumba… es un hábil cadáver exquisito con personalidad. El matrimonio de estos homenajes está construido con mucha habilidad. El análisis de los comportamientos del trío está alegremente estudiado bajo el principio vital que subyace en una frase: después de esta secuencia, todo puede pasar. Y es que utiliza Boyle, al máximo, todas las posibilidades actorales de estos tres personajes, de estos tres actores, transgrediendo ese talento inquieto y simpático para llegar a darles esa fuerza macabra que cobra todo su sabor con su presencia.

Del “Free cinema” queda la voluntad política de abrazar en un registro de retrato a los tres jóvenes que ven en el descubrimiento de una maleta con mucho dinero, la posibilidad de apoderarse de él sin ensuciarse las manos con la ilegalidad de sus actos. La comedia inglesa también está presente en secuencias en donde el humor negro, y a veces absurdo, no alcanza a tapar ni a esconder los propósitos que rodean a la muerte. Se siente fuertemente la influencia de la escritora estadounidense Patricia Highsmith, en aquello que la caracteriza y es en que no le interesa limpiar la culpabilidad de sus personajes una vez han realizado a cabalidad con sus intenciones: matar.

La angustia del sacrificio

La tumba se abre para dejar atrás a los competidores de una felicidad que se antoja cercana con un buen fajo de billetes al alcance de la ambición.
La tumba se abre para dejar atrás a los competidores de una felicidad que se antoja cercana con un buen fajo de billetes al alcance de la ambición.

No se puede, discursivamente expresar la intimidad. Lo que sí se puede es mostrarla. El engreimiento exorbitado, la malicia que estalla apretando los dientes y que llora, el deslizamiento que no sabe de dónde viene ni adónde va; en lo oscuro el miedo que canta a pleno pulmón, la palidez de ojos en blanco, la dulzura triste, el furor y el vómito: son otras tantas escapatorias. Y que en su escapada encuentran su locación en una tumba, en un superficial sarcófago, en donde se erige el templo del sacrificio. Es una manifestación de intimidad, lo que tiene el arrebato de una ausencia de individualidad, la sonoridad inaprehensible de un martillo, de un taladro, de la caída de un coche a un lago, de un zapato martillando un cuchillo, de un grito de muerte en medio de la vacía limpidez del cielo que cubre Glasgow y Edimburgo: es todo esto todavía una definición negativa, a la que le falta lo esencial.

Estos enunciados que se desprenden del relato fílmico Tumba a ras de tierra, interpretada por Kerry Fox, Christopher Eccleston y Ewan McGregor, tienen el valor vago de inaccesibles lejanos, pero en contrapartida las definiciones articuladas sustituyen el árbol del bosque, la articulación distinta a lo que es articulado. Paradójicamente, la intimidad es la violencia, y es la destrucción, porque no es compatible con la posición del individuo separado. Si se describe al individuo en la operación del sacrificio, se define por la angustia. Pero si el sacrificio es angustioso, como en la película, es que ese individuo toma parte en él. El individuo se identifica con la víctima en el movimiento súbito que la devuelve a la inmanencia – a la intimidad -, pero la asimilación unida al retorno de la inmanencia no deja de fundarse sobre el hecho de que la víctima es la cosa, como el sacrificador es el individuo.

El individuo separado es de la misma naturaleza que la cosa, o mejor, la angustia de durar personalmente que plantea la individualidad está ligada a la integración de la existencia en el mundo de las cosas. Dicho de otra forma, el trabajo y el miedo de morir son solidarios; el primero implica la cosa, y viceversa. Incluso no es necesario trabajar para ser en cierto grado la cosa del miedo: el hombre es individual en la medida en que su aprehensión le une a los resultados del trabajo: ella es doctora, el otro es periodista y el otro contador. Pero ninguno de ellos es, como pudiera creerse, una cosa porque tiene miedo. No tendría angustia si no fuese un individuo lo que alimenta su angustia. Es para responder a la exigencia de la cosa, es en la medida en que el mundo de las cosas ha puesto su duración como la condición fundamental de su valor, su naturaleza, por lo que aprehende la angustia. Tiene miedo de la muerte desde que penetra en el edificio de los proyectos, que es el orden de las cosas. La muerte altera el orden de las cosas y el orden de las cosas nos posee.

El hombre tiene miedo del orden íntimo, que no esa conciliable con el de las cosas. Si no, no habría sacrificio ni habría tampoco humanidad. El orden íntimo no se revelaría en la destrucción y la angustia sagrada del individuo. Es por no estar allí en pie de igualdad, sino a través de una cosa amenazada en su naturaleza -en los proyectos que la constituyen-, por lo que, en el temblor del individuo, la intimidad es santa, sagrada y minada por la angustia.

El sacrifico humano es el momento agudo de un debate que opone al mundo real y a la duración el movimiento de una violencia sin medida. Es la contestación más radical del primado de la utilidad. Es al mismo el más alto grado de un desencadenamiento de la violencia interior. La sociedad -en este particular caso, la escocesa- en la que ese sacrificio se ejerce afirma principalmente el rechazo de un desequilibrio entre una y otra violencia. Quien desencadena sus fuerzas de destrucción hacia fuera no puede ser avaro de sus recursos. Y eso lo entendían muy bien ellos. Los dos hombres y la mujer.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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