El camino se dobla. Cuento de Rodrigo Rey Rosa

Rodrigo Rey Rosa (foto tomada de: revistaenie.clarin.com).
Rodrigo Rey Rosa (foto tomada de: revistaenie.clarin.com).

La originalidad del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa proviene en parte de la capacidad de hacer convivir lo real y lo fantástico, la selva y la ciudad, sin caer en las desgastadas formas del realismo mágico. Por ahondar en sus experiencias mayas, guatemaltecas y marroquíes (desarrolló gran parte de su obra en Tánger), hizo que en su escritura confluyeran tanto la prosa poética como el relato despojado. Que se incite a su lectura con este cuento que hoy quiero compartirles.

 

El camino se dobla [1]

Uno

Bajaba despacio por el camino. En el suelo yacía un enfermo, los ojos en blanco, sin color en la piel, vendiendo agonía con la mano abierta. Antes de llegar a la casa tuvo que pasar junto a dos perros que parecían perdidos y una rata muerta.

Aunque la puerta estaba cerrada, estaba seguro de que había fuego en la chimenea. Alguien se acercaba por el camino que él había tomado. Por un momento desconoció la puerta y las gradas de la casa, pero pronto volvieron a verse como antes. Miró al suelo, tal vez en busca de una nota, o una excusa. Se volvió para mirar la colina, con curiosidad y un poco de miedo, pues quería ver la cara de quien le seguía.

Metió las manos en los bolsillos, como si hubiese olvidado algo, y se dio cuenta de que estaban vacíos. Rascó el fondo de la tela e irguió la cabeza cuanto pudo.

El otro hombre era más alto que él. Andaba con los brazos cruzados a las espaldas, un paso ahora y otro después, con los pies descalzos. Se detuvo frente a las gradas de piedra, obstruyendo el paso deliberadamente.

Sin decir nada, el primer hombre comenzó a bajar. El segundo no se movió hasta que sus cuerpos casi se tocaron, y luego, arrugando la frente, dejó pasar al primero. Subió los tres peldaños. Sus latidos le sorprendieron. Sin mover los pies, volvió la cabeza.

El extraño corría.

Las tres líneas en su frente se hicieron más visibles. Dio dos pasos largos y tocó la puerta.

Volvió a mirar hacia atrás; el camino estaba vacío.

Sacó una llave, acercó el oído a la puerta, y en vano buscó algún sonido. Metió lentamente la llave en la cerradura, le dio dos vueltas y empujó.

Había luz en uno de los cuartos. El fuego había sido descuidado y estaba por apagarse. La luz venía del fondo del corredor. Sin hacer ruido, sin tocar nada, llegó hasta el último cuarto. Afortunadamente, estaba vacío. La casa entera estaba vacía.

Fue a sentarse cerca del fuego. En su frente podía leerse la preocupación y la presencia de muchas ideas.

Media hora después, su semblante cambió de repente al sonido de tres golpes secos que llegaron de la puerta. Se sentía culpable. ¡No haber sido capaz de preguntarle nada al extraño! La sorpresa había sido demasiada. Aun así, se sentía cobarde.

Abrió la puerta.

Primero entró el viento, compacto y frío. En lugar de la sonrisa que esperaba, sin sentir dolor, recibió una puñalada. La hoja le abrió la piel en el ombligo, y subió, dejando una estela roja casi hasta la garganta. Afuera, las estrellas brillaban. El cielo se rasgó en dos mientras el hombre caía. Siguió cayendo durante mucho tiempo. La casa comenzó a convertirse en una nube que luego se alejó; la colina de enfrente se convirtió en una ola; las gradas eran un elefante, y el camino un túnel invisible.

Dejó de sentir el frío del viento, y las formas dejaron de aturdirle al cobrar los matices de un azul cada vez más profundo.

Cuando se dio cuenta de que el aire ya no pasaba por sus narices, comprendió que no tenía nariz.

Después de buscar con insistencia en la memoria, recordó que nadaba. Recordó también al extraño y el túnel invisible. Perdido en sus pensamientos, siguió nadando.


Rodrigo Rey-Rosa, Con cinco barajas, Literariedad.co

[1] Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) es autor de El cuchillo del mendigo (1985); El agua quieta (1989); Cárcel de árboles (1991); El salvador de buques (1992); Lo que soñó Sebastián (1994), entre otros. El presente cuento fue tomado de:

Rey-Rosa, R. (1996). Con cinco barajas. Antología personal. México D.F.: Difusión Cultural UNAM. Págs. 9-11.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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