Carlos Barral, personaje de sí mismo. Juan Gabriel Vásquez

Carlos Barral. (Foto tomada de: blogsperu.com).
Carlos Barral. (Foto tomada de: blogsperu.com).

Por: Juan Gabriel Vásquez*.

Hace 25 años, El 16 de diciembre de 1989, murió Carlos Barral, artífice del boom latinoamericano y considerado todavía como el editor más importante de este siglo en lengua española.

Carlos Barral no fue el primero ni será el último en cambiar una cultura entera con herramientas que a él mismo le parecían secundarias o, por lo menos, accesorias dentro de su propia vida. Se ha repetido demasiado, casi a manera de disculpa, que Barral, antes que editor, era poeta. Y sin duda es cierto, ya que estamos hablando de una persona que según Vargas Llosa pasó varios meses pidiendo lo mismo en todos los restaurantes, “ostras y queso”, simplemente porque sonaba bien al oído. Sabemos también que a finales del franquismo, después del célebre episodio de la caputxinada, Barral pasó varias horas en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la vía Layetana de Barcelona, y se negó a firmar su propia declaración porque el inspector que se la había tomado había modificado las palabras. “¿Pero no ha dicho usted esto?”, preguntó el inspector. “No”, dijo Barral, “lo que yo he dicho es esto”, y repitió su frase. “Es exactamente lo mismo”, le dijo el inspector, y Barral contestó: “Sí, pero no tiene el mismo ritmo”.

Barral fue un poeta secretamente respetado desde su primer libro oficial, Metropolitano. Ese libro es como él: mezcla cultismos de tono clasicista con un cierto desparpajo, las maneras del dandy con las del trabajador manual más riguroso. Gracias al Diario que Barral llevó mientras escribía el libro sabemos, por ejemplo, que “Ciudad mental” se comienza un 14 de enero, dos días después ya tiene diez versos, pero el 26 de enero esos diez han desaparecido y hay otros seis. El poema, en fin, sólo se completará en el mes de mayo. Este rigor casi exótico en un país donde Mallarmé no existía aún, además del irrespeto de los costumbrismos lingüísticos de la poesía establecida, colaboró para que el libro no fuera bien recibido. Y desde luego no ayudó en mucho a construir la imagen de Barral como poeta el que por esos años se dedicara a convertir una colección inventada por su padre, y destinada a las bibliotecas escolares, en un catálogo literario. Abrió el catálogo con La conciencia de Zeno, el libro de Italo Svevo, y fue curiosamente con otro libro de Svevo, La vida, que Barral terminó, quince años más tarde, su carrera de editor. Entre los dos Svevos está el proyecto personal que ya todo el mundo conoce, una de las empresas culturales más importantes de la lengua hispana, cuya valoración me lanzaría inevitablemente a un inventario de clichés que prefiero ahorrarles.

Hace poco se reeditó en España la serie de entrevistas para televisión que Joaquín Soler Serrano, periodista bienintencionado pero más bien grandilocuente, llevó a cabo con la plana mayor de la literatura en español (la plana mayor según lo que se percibía en ese momento —mediados de los setenta— y ese lugar —la España de la transición—, y de la cual está ausente, por razones de temperamento, García Márquez). La entrevista de Soler Serrano sorprende a Barral en un momento que ahora, visto con el beneficio (o la trampa) de la retrospección, resulta el mejor que se hubiera podido escoger: Barral ya ha publicado el primer volumen de memorias, Años de penitencia, y estaba escribiendo el segundo, Los años sin excusa. Ya se ha enfrentado a la decepción de Seix-Barral, pero todavía no ha entrado en el desencanto agudo que se describe en el último libro de memorias, Cuando las horas veloces, que tiene una carga de melancolía capaz de matar a cualquiera. Lo señalo porque la escritura del segundo volumen, a la cual probablemente regresaría Barral esa tarde, después de la entrevista, incluye momentos de una lucidez dolorosa, y que le vienen muy bien a mi idea de Carlos Barral, la idea que les quiero transmitir —o con la cual los quiero contaminar— a ustedes: “Me sobrevino la sensación”, escribe Barral en Los años sin excusa, “de estar de acuerdo con un personaje que yo ignoraba aún”. Se trata, por supuesto, del personaje que además de escribir versos y de emitir opiniones literarias, podía ejercer esas opiniones en forma definitoria. Barral se da cuenta de que tiene de repente algo que siempre le había resultado extraño y más bien despreciable: poder, y poder literario, lo cual más bien suena a oxímoron. “Comprendí”, escribe, “que una pequeña parcela de poder marginal sólo existe en la medida en que uno la conoce y es al mismo tiempo capaz de dar la impresión de que la ignora; de que se trata de un invento de los demás, de los que tienen en ese mismo terreno una posición más débil, para explicarse y para explicar una situación natural, un conjunto de circunstancias y rasgos del personaje por ellas envuelto que deben aparentarse como inevitables, como casi congénitas. Descubrí, creo yo, en mi propio alrededor, los contornos de cinismo que hacen el poder, por pequeño que sea, real y ejercible”.

No voy a entrar ahora a comentar lo más evidente: la calidad de esta prosa en la cual, sin embargo del tono de charla informal, de confesión entre amigos, no hay una sílaba que chirríe ni una idea que se aparte del blanco, y eso a pesar de que la mayor parte del tiempo Barral dictaba su prosa, no la escribía. Lo interesante, en este momento, es la agudeza con que Barral se percibía a sí mismo, esa ironía capaz de hacer, en dos frases referentes a su posición como editor, un verdadero tratado sobre el maquiavelismo de la cultura. Creo que es esta conciencia de ser un personaje, que Barral mantuvo a lo largo de toda su vida, el rasgo que define al hombre que aparece en la entrevista. Barral vivió dividido: se pasó la vida observándose, y por eso podía salir vestido con capa y bastón a caminar por el barrio barcelonés de la Bonanova como cualquier Oscar Wilde, cuando ese mismo fin de semana había estado navegando desnudo por el Mediterráneo. Por eso no sorprende que haya cedido al impulso con el que mejor se podía observar: escribir una novela en la cual Carlos Barral fuera el personaje, una novela que lleva el título magnífico de Penúltimos castigos. Por supuesto, el problema fue que Barral el escritor acabó cansado de Barral el personaje, igual que todos nos cansamos de nosotros mismos si nos observamos el tiempo suficiente, y lo mató en el penúltimo capítulo/castigo, usando para hacerlo, además, las circunstancias de una muerte ajena: el suicidio de un amigo, el poeta Alfonso Costafreda.

Lo que quiero decir es que esa esquizofrenia que llevaba encima como una ruana transformó a Carlos Barral en un hombre mucho más inconforme consigo mismo de lo que hubiera sido cualquiera de sus personalidades monolíticas: la de editor, la de poeta, la de miembro de la gauche divine, e incluso la de personaje de novela. Eso es lo que aparece en esta entrevista: un personaje dramático, creado a medida para la situación, un personaje que contiene su propia crítica. Barral escribe en alguna parte: “Hay que seguir haciendo ejercicio de uno mismo”. Eso es lo que hay en la entrevista: un personaje haciendo de sí mismo. Pero no se trata de una actitud frívola: para Barral, aparte de esa mínima cortesía intelectual que es mantener siempre la ironía cuando se habla de sí mismo, esa división era absolutamente vital y necesaria. Y como estas cosas no se dicen sin aportar las pruebas, he traído el final de Los años sin excusa. Seguramente ustedes recuerdan el pasaje: Barral acaba de confesarnos que una vez, en un momento de cobardía, abandonó en el mar a un amigo que muy bien podría haberse ahogado. Luego escribe: “El acarreo del miedo, de toda clase de vagos temores confesables pero que no interesan a nadie, y sobre todo el miedo al desacuerdo definitivo con la propia imagen, es una constante de la conciencia de madurez. Terminada la juventud se está a merced del miedo. Y es natural que el miedo nos asalte principalmente en los paisajes del ocio, en el secreto de las pausas en que somos nuestro propio interlocutor”.

Ensayo enviado por el autor a Literariedad.


*principal-juan-gabriel-vasquez_1_grandeJuan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es autor de la colección de relatos Los amantes de Todos los Santos y de las novelas Los informantes, Historia secreta de Costaguana (Premio Qwerty en Barcelona y Premio Fundación Libros & Letras en Bogotá), El ruido de las cosas al caer (Premio Alfaguara 2011, English Pen Award 2012, Premio Gregor von Rezzori-Città di Firenze 2013, IMPAC International Dublin Literary Award 2014) y Las reputaciones (Premio Arzobispo Juan de San Clemente 2014, Premio Real Academia de la Lengua 2014). Vásquez ha publicado también una recopilación de ensayos literarios, El arte de la distorsión, y una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte. Ha traducido obras de John Hersey, John Dos Passos, Victor Hugo y E.M. Forster, entre otros, y fue durante 7 años columnista del periódico colombiano El Espectador.

Sus libros han recibido diversos reconocimientos internacionales y se publican en 24 lenguas y más de treinta países con extraordinario éxito de crítica y de público. Ha ganado dos veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En el año 2012 ganó en París el Premio Roger Caillois por el conjunto de su obra, otorgado anteriormente a escritores como Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Ricardo Piglia y Roberto Bolaño.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “Carlos Barral, personaje de sí mismo. Juan Gabriel Vásquez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s