Corregir errores. Los informantes, de Juan Gabriel Vásquez

Portada de Los informantes.
Portada de Los informantes de Juan Gabriel Vásquez.

Por: Camilo Alzate

Los Informantes es un libro ligero y suave. No importa que supere varios centenares de páginas. Tampoco debe engañar el pretendido carácter detectivesco que imprime nada más desde el título, porque no es un thriller aunque inteligentemente coquetea con recursos de la novela negra, apelando a la intriga e intentando mantener al lector a la espera de una revelación que nunca aparece.

Anterior a Historia secreta de Costaguana, esta novela catapultó a Juan Gabriel Vásquez a la categoría de autor maduro. Se anticipaba pues un estilo impecable, provisto del manejo extraordinario de los rincones olvidados de la historia patria, datos y documentos empolvados que sirven para armar grandes dramas, narraciones directas y transparentes, personajes coherentes dentro de la identidad bogotana, si es que existe algo parecido a una identidad bogotana.

Pues sí, existe.  Juan Gabriel -entre pocos- logra condensar esa visión particular de país que se atisba desde una capital fría, indiferente, lejana. Lo hace conservando el tono capitalino sin la actitud cachaca pedante por naturaleza, sin esa idiotez de la “Atenas suramericana”, ni tonterías por el estilo. Su Bogotá es no más una ciudad encumbrada a 2.600 metros, decretando sobre un país que pareciera encontrarse al otro lado del mundo, una nación que es otra, de ríos desbordados como océanos, de junglas tórridas y pueblos ardientes “donde lo único que hay es gente semidesnuda y moscas del tamaño de un Wolkswagen”[1].

El decorado es histórico: las persecuciones a los emigrados alemanes en Colombia durante la segunda guerra mundial. Con ello se permite explorar el genuino andamiaje de la novela,  cierta relación conflictiva entre padre e hijo, ambos solitarios, enfrascados en sus mezquindades y abocados a un inevitable fracaso. Obsesionados con el pasado, que siempre deja lastres, van tejiendo una larga secuencia de ajustes de cuentas con los errores cometidos. Esas cuentas pendientes terminan heredadas por el hijo, personaje que relata todo convencido que:

“la segunda vida, lo sabe todo el mundo, va siempre acompañada de la obligación impertinente de corregir la primera” (pp. 71)

La vida del padre ha sido una impostura, una creación a la medida de su culpa, que el heredero se encarga de desenmascarar lentamente tras la muerte. Quizá también intente corregirla. Lo crucial es cómo aquellas pequeñas falsedades son en realidad indicios de una verdad escandalosa sepultada “porque hasta las mentiras, hasta las más groseras invenciones de una persona con respecto a sí misma, nos dicen cosas valiosas acerca de ella, y acaso más valiosas que las verdades más honestas” (pp. 230). Hay Informantes en dos sentidos: los que traicionan y delatan, los que descubren la traición y hacen justicia, pero en el fondo la verdad acabará por ser siempre una traición al padre, una traición al propio pasado.

Se juega a mezclar géneros, a insertar correspondencias mientras se desarrollan los hechos, se juega a entrevistar una de las protagonistas, se introducen apartes de otro libro imaginado (también se llama Los Informantes). En tales tramos el libro pierde un poco la gracia, no tiene consistencia y recuerda bastante otra novela, pero de Orhan Pamuk, que también se insinúa desatando un misterio: El Libro Negro.

Juan Gabriel enfoca toda la tensión en destapar una caja negra. Averiguar si la muerte del padre avisada en primera página fue o no un suicidio. Los elementos encajan, obviamente, a mayor celeridad cuando aparece un personaje inesperado sobre quién ha gravitado parte del relato y que aclara puntos oscuros de lo sucedido durante una larga conversación. ¿Momento, esa no es la secuencia de El ruido de las cosas al caer? No, se trata de Los Informantes, primer éxito de Vásquez, pero la base es calcada. Decepciona un poco descubrir que la estructura general de la obra es la misma que el autor usará años más tarde en su relato sobre el narcotráfico. Según mi criterio esta primera novela es superior, guardando un mérito añadido, puesto que no se preocupa de revelar ningún misterio, el suspenso del suicidio es un pretexto para contar los últimos días de un hombre abrumado.

Los Informantes resulta una historia de familia, no muy atípica en sus circunstancias, pero sin duda con un ambiente original (rebuscado, dirán otros) combinando el escenario de la república liberal con los avatares de una guerra mundial que no combatimos y las vivencias de la colonia alemana. Hay una riqueza en la precisión de los detalles, un fresco precioso, agradable, incluso hasta apasionante. ¿Se desperdicia la enorme capacidad que tiene Vásquez de enlazar datos de archivo, contextos, tramas que se entrecruzan y descripciones de época, apelando a un tono policíaco gastado hasta el cansancio en Latinoamérica las últimas décadas? Personalmente no lo creo. Aunque en Colombia la novela negra sea un género estéril, pues la norma acá es conocer quién es el asesino, por una parte, y la investigación policial resulta una gran farsa, por otra, se abre sin embargo una vertiente inesperada: éste es un país donde cualquiera tiene algo que prefiere ocultar.


Camilo Alzate – @camilagroso

Más textos del autor aquí.

***

[1] Juan Gabriel Vásquez, Los Informantes, Alfaguara, Bogotá, 2004. pp. 63

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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