Poética. Lucía Estrada

La poeta colombiana Lucía Estrada. (Foto de su archivo personal).

Por: Lucía Estrada *

Estoy conmigo misma, y mis dedos buscan aferrarse a las páginas de un libro, al deseo de quedarme todavía un poco más entre mis cosas, entre los seres que amo.

Urgencia de acercar la vida y llamarla por su nombre. Invocarla, verla girar y mezclarse con mi sombra. Entonces pregunto, y la poesía viene a mi encuentro. Busco en ella desesperadamente.

Sé que nada me he propuesto tan difícil. También sé que no habría podido elegir mejor el lugar de mi derrota.

Pero creo, y eso todavía me da fuerzas. ¿Y qué es lo que creo? Creo en el silencio, en la tarea de recomenzarlo todo, de echarlo todo abajo y volver a poner pacientemente las piedras hasta que la muerte haga lo suyo.

Muchas veces, todas las veces.

Ella,“que va borrando por encima de nuestro hombro lo que escribimos”[1], eso que parece tan inasible y a la vez tan real. Lo único real…

Vuelvo a mirarme las manos que han hecho poco. Vuelvo a mirarlas en su intento de trazar en líneas vivas lo incomunicable, de hacer visible lo invisible. Y encuentro verdad en ese gesto. Si no lo hiciera, me reventaría el dolor de no sentirme vivir.

Instantes, de quién signos,

no duerme ninguna claridad.

No- sido, de todas partes,

recógete,

y en pie permanece.[2]

Siempre, cuando regreso a casa, me alivia cerrar la puerta y comprobar que en esa región de luces y de sombras, de aire quieto, de atmósferas blancas y vacías como al principio, cada objeto es el mundo, y cada palabra una manera de habitarlo. Pequeñas cosas que no me atrevo a tirar, delirios que mi mano dibujó en el aire y que seguramente mañana habré olvidado.

 Ahora,

con miradas sacadas a golpes de dados

te despiertas, la que está junto a ti

pesa más, cada vez más,

 

también tú, con todo

lo enajenado en ti,

te enajenas hacia dentro,

más hondo,

 

la cuerda

una

entre vosotros tensa su dolor,

la desaparecida meta

irradia, arco.[3]

Pienso en el misterio. Sus hojas goteando el temblor de la primera mañana. Esa mirada limpia y desafiante sobre el mundo. Este mundo y el de afuera. Qué grande es el esfuerzo de construir en el vacío. Un esfuerzo que no se nota en el rostro ni en las manos. Un esfuerzo como el de la materia misma, reacomodándose a cada segundo.

Cuando escribo, todo parece tener una voz propia. No son mis manos las que trazan el mapa de la noche. Hay extrañeza en los ojos y en la punta de los dedos, extrañeza en las palabras que se pierden como barcos en la lejanía antes de que haya podido nombrar alguna cosa. Sí, la extrañeza de quien recorre un lugar por primera vez, de quien —al entrar en la muerte— descubre en su rostro las facciones que le había negado el estar vivo.

Cada palabra me obliga a desconfiar de ella misma, de su peso, de su forma, de su lugar en la página en blanco que es la extensión de mi deseo. Y me dejo llevar por esas voces, voces escindidas de un cuerpo indeterminado, voces que van y vienen, diminutas, vegetales, voces tan fuertes como nunca lo podrá ser mi propia voz. La poesía me permite verlas danzar dentro y fuera de lo que nombran, aquello que siempre ha estado a nuestro alcance y nos brinda la posibilidad de escucharlas de otra manera, mirarlas desde otro ángulo de lo real.

Escribir es un reaprendizaje del silencio, de las palabras y de las formas, sin importar si éstas son superiores o inferiores, luminosas o sombrías, bellas o terribles, inocentes o perversas.

La poesía es mi diálogo con la sombra, nada hay en ella por azar.

Tampoco hay un centro…

 La isla de visibilidad desmigajada

en la escritura del corazón, a medianoche,

en el breve destello de la llave de arranque.

Hay demasiadas fuerzas

rabiosas de su meta

también en este

alto aire que, en apariencia, surcan

las estrellas.

 

Contra nosotros choca

la milla libre que añoramos.[4]

Mi aspiración más alta es hacerme libre, verdaderamente libre. Cómo quisiera que esa libertad me llegara en los siguientes minutos… Sentir que puedo hablar claramente, que todo cuanto soy encuentra su correspondencia en cada uno de sus alfabetos y no sentir temor.

Cada vez que llega el impulso inaplazable de escribir, se alza en mi sangre un deseo de afirmar la vida, de romper eso que siento tan seguro, de quedarme a la intemperie, de asumir esa intemperie como lo hicieron otros. La poesía es un riesgo, y nos enfrentamos a ella desnudos, sólo con las manos y la herencia del aire.

Esto lo he dicho otras veces pero no basta. También lo he callado y no basta. Ese riesgo es lo que me conmueve. Tratar de merecer un mundo palabra por palabra. Nombrar la hierba y sentir cómo se abre paso alrededor de tus pies; decir agua y podernos mirar en ella: que su brillo reviente en la página; decir amor, niebla o abismo y sentirlos arder en los ojos, como un puñado de arena que nos lanza el desierto para probar que su dolorosa extensión existe, que todo ahí es real…

Yo quisiera escribir con palabras que tiemblen bajo su propio peso, palabras que resistan. Escribir como quien abraza las formas de lo desconocido, como quien se niega a permanecer en un solo lugar. Escribir con palabras que me recuerden las manos de un ciego. Palabras táctiles, memoriosas.

Hay tanta luz en este diálogo con las sombras… Agua siempre, y fuego herido de oscuridad.

Lo sé bien, no hay otra forma de afirmar mi vida sino a través de la escritura. Es como encender una lámpara y vigilar el movimiento de unas manos. Movimiento en el que hay puertas y murmullos detrás de las puertas,cerraduras, oídos atentos que vigilan nuestros pasos…y ojos, infinidad de ojos que se multiplican para ver el ascenso de la noche…La noche que se apodera de los cuerpos y canta.

Lucía Estrada

Marzo 2013

Texto enviado por la autora a Literariedad.


Lucía Estrada (Medellín, 1980)

Ha publicado los libros de poesía Fuegos Nocturnos (1997); Noche Líquida  (2000),  Maiastra (2004), Las Hijas del Espino (2006//2008), El Ojo de Circe (Antología, 2006), El Círculo de la Memoria (Selección de poemas, 2008), La Noche en el Espejo (2010); Cenizas de Pasolini (2012) y Cuaderno del Ángel (2012). Con su libro Las Hijas del Espino obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Medellín (2005). Textos suyos han aparecido también en varias antologías y publicaciones del país y del exterior. Durante cinco años fue parte de la organización del Festival Internacional de Poesía de Medellín. Con su libro Cuaderno del Ángel obtuvo la Beca de Creación en Poesía, otorgada por el Municipio de Medellín en 2008, y en 2009 fue nominada por la UNESCO al Premio Internacional de Poesía “Ponts de Strugas” de Macedonia. Ese mismo año (2009) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá con su libro La Noche en el Espejo.


[1] José Manuel Arango.

[2] Paul Celan.

[3] Paul Celan.

[4] Paul Celan.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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