Hombre con ausencias y cuchillo

Patio trasero, Rumania. © Raúl Delort. De la exposición Ciudades como mujeres.
Patio trasero, Rumania. Fotografía de © Raúl Delort. De la exposición Ciudades como mujeres.

Una mañana muy clara. Eugenio quedó encargado por su jefe de echarle un vistazo a su bicicleta ─la dejó atrás de la puerta de la librería distinguiéndosele apenas la parte delantera desde la calle─ mientras volvía de una cita. Tomó un tinto y conversó acerca de las inmediatas elecciones con quien se lo vendió, llegando a una conclusión: ninguno de los dos, quizá tampoco los demás colombianos, sabían de política. Tanto lo entretuvo consigo que hasta lo acompañó mientras barría el ancho salón. Cuando el viejo se fue, colgó a lado y lado de la puerta la publicidad y la prensa matutina. Preparó agua con detergente en un balde; antes de ir a buscar la trapeadora, un cliente malhumorado le pidió un lápiz, lo más rápido posible, y sáquele punta, por favor. En su afán, rodeado de tajalápices, casi ahogado entre ellos, no sé por qué echó mano a un cuchillo y como pudo satisfizo al cliente que salió corriendo sin esperar el cambio. Sentía un ardor en el índice de su mano izquierda. Se había cortado levemente. Dos gotas de sangre estaban allí, indefensas, mirándole. Las sacudió  y fue a buscar la trapeadora.

Su cara adquirió una expresión deforme de sorpresa al regresar a la puerta para iniciar aquella labor. Su herida era tan pequeña que si la enseñase a alguien pasaría por un enfermo de paranoia o por un viejo mimado. ¿Cómo era posible? Había un charco de sangre en la entrada, y unas huellas que iban al baño, justo donde fue a buscar la trapeadora, y volvían con él hasta la puerta. Limpió con afán. Los peatones lo miraban con curiosidad, algunos se sonreían; desde el frente, un empleado del parqueadero, seguía sus movimientos de una manera poco común.

Fue a traer más agua y al volver se miró el dedo afectado. No sangraba, estaba la irritación por la cual salieron las únicas gotas. Sin embargo, de nuevo había un enorme charco de sangre en la entrada, esta vez sin las huellas, y ahora nadie lo miraba. Esto último lo tranquilizó, porque no soportaba esas miradas en medio de su incertidumbre, se sentía atacado. Lo limpió temblando. No quiso ahora cambiar el agua. Por teléfono pidió a una amiga qué hacer consiguiendo, como era de esperarse, que se riera de él. Pensó que si iba al escritorio y miraba su herida detenidamente podría saber desde qué momento y cómo expelía tanta sangre. Se sentó. En un descuido miró a la entrada: allí estaba el tercer charco de sangre sin darle tiempo de nada. Se llenó de temor, pensó que la sangre era de otra persona, pero ¿de quién?, si no había entrado nadie a la librería, si había estado solo. Pensó que podría ser del vendedor de tintos, pero cómo, si cuando éste se fue, al poner la publicidad y la prensa no advirtió nada extraño, además, si esta hipótesis fuera cierta el viejo hubiera tenido que entrar allí dos veces más. La sangre tenía que ser suya. Empezó a sentirse mareado, veía todo iridiscente, las imágenes eran agua donde alguien hubiera arrojado gasolina. Le pareció que el mareo no le dejó ver cómo salía la sangre, pero, evidentemente, si estaba mareado, había sido por la cantidad perdida y no podía sentirse así cuando produjo la del primer charco.

Con gran rapidez, como empujada por un ventarrón furioso frenó sobre el andén, frente a la librería, una patrulla policial de la cual descendieron dos hombres. Uno, era el vigilante del sector, jadeante; el otro, un agente. Arrastrada por las manos del vigilante alcanzó a reconocer la bicicleta de su jefe manchada de sangre. El vigilante se la entregó diciéndole: “ponga más cuidado, hermano”.

Eugenio al parecer fue víctima de un robo en tres pasos sutiles. Dio la información requerida para el historial de rutina, se despidió de los dos hombres, agradecido. Se paró en la puerta de la librería fingiendo una serenidad profunda para ver volver a su jefe, en esa mañana tan clara, con una sonrisa que resumía el resultado de tomarse un café con una mujer de ojos azules.

Albeiro Montoya Guiral, 2010.


@amguiral en Twitter.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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