Artistas y filósofos, viajeros solitarios

Joseph Joubert. Foto tomada de jeanlannes.com.
Joseph Joubert. Foto tomada de jeanlannes.com.

Por: Pablo Andrés Villegas Giraldo

El arte es de los solitarios…

Gahvir Fahiaci

Si bien el arte no arrastra al artista a una posible marginación, éste sí termina aislándose de lo que lo rodea para sumirse en su estado natural de contemplación. Esto sucede por un lado porque lo que seduce al artista no está mediado por ninguna otra condición más que por el asombro, cualidad que las demás personas han perdido; y por otro lado, porque en esa actitud trascendente de la contemplación se abstrae de lo que lo rodea poniendo sus sentidos más allá de lo que resulta simplemente evidente. Con el paso de los años el arte se ha vuelto un estilo de vida de seres cada vez más solitarios, como explica Gadamer, el artista ha tenido que comprender “que la comunicación entre él y los hombres para los que creaba había dejado de ser algo evidente”[1], ahora asume su marginación social y, como agrega Gadamer, “el artista encontró confirmada en su propio destino bohemio la vieja reputación de vagabundos de los antiguos juglares”[2].

El artista es un vagabundo en la medida en que su espíritu no cesa, no se instala; sino que anda de un lado para otro, divaga entre una postura y otra, se aparta un poco de su obra original y luego vuelve para retomarla, navega por el mar sin trazar un rumbo. Es utópico, en el sentido de que no tiene un lugar donde asentarse, vive sin lugar (ou-topos). Por eso no es raro que el artista se aparte del mundo para confeccionar su obra, porque estando “aislado” logra concentrar todo su potencial en esos viajes inimaginables para el resto de los hombres y, aparte de todo, se hace olvidar por sus contemporáneos, llega a un estado imperceptible, olvidable. Es el caso de los dos artistas (o filósofos, si no son lo mismo) que abordaremos en este trabajo.

El francés Joseph Joubert y el antioqueño Gahvir Fahiaci tienen en común ser dos artistas solitarios, desconocidos por sus contemporáneos: como da testimonio Luis Eduardo Rivera, que al preguntarle a cualquier lector francés si conoce a Joubert “lo más probable es que lo pongamos en aprietos y termine confesándonos que nunca ha escuchado ese nombre”[3]. Al mismo tiempo, en un pequeño pueblo del oriente antioqueño, podríamos hacer el ejercicio de preguntar a algún transeúnte, o a algún lector de biblioteca, o a alguien que parezca ser un culto académico, si conoce a don Gahvir Fahiaci (su nombre de pila es Arturo Palacios), el pensador cejeño que publicó La muerte del arte en 1986, sin duda tampoco sabrá de quién le estamos hablando.

Promotores Casa de la Cultura de La Ceja, Antioquia. Arturo Palacios (Gahvir Fahiaci) en el círculo negro. Darío Soto en el círculo rojo. Cfr. Grupo Máscaras y Paradojas.
Promotores Casa de la Cultura de La Ceja, Antioquia. Arturo Palacios (Gahvir Fahiaci) en el círculo negro. Darío Soto en el círculo rojo. Cfr. Grupo Máscaras y Paradojas.

Por otro lado, Joubert y Fahiaci, saben muy bien su situación de solitarios, esa situación no les molesta, el primero encuentra en la soledad un motivo de inspiración y un espacio propicio para la meditación: “la actitud, el silencio, el lugar, el espacio de reflexión donde uno se haya cuando se recalienta, contribuyen a dar al espíritu atención y actividad”[4]. Retirarse del mundo congestionado y confuso, es la manera de encontrarse con la verdad del arte, con su realidad que nos interpola, que nos cuestiona, que nos acecha siempre, nos dice Fahiaci: “solo a la soledad se desnuda (de instante en instante) la verdad, bajo uno de sus más sutiles, esto es, egregios desdoblamientos: la belleza…”[5]; pero nos advierte “la belleza muere… cuando se vuelve rutinaria…”[6] es decir que la verdad de la belleza tiene un límite que lo demarca la novedad; ya que cuando cae en la oscuridad de la rutina, en la molesta desventura de lo habitual, se vuelve vana y aletargada como la muerte.

Pero ¿qué es la novedad en el arte? ¿Por qué muchas obras humanas que consideramos artísticas siguen siendo nuevas en su belleza a pesar de que siga pasando el tiempo? La novedad tiene que ver directamente con la originalidad, es decir con la esencia del arte, con lo que hace que el arte sea lo que es y cómo es. Lo esencial del arte se encuentra en su capacidad de encontrar la unidad en la dispersión y la desunión. Es el mismo elemento que despierta el estar enamorado, es que al sentirse presas del encanto las miradas quedan en silencio contemplando la infinitud del instante. Así se siente estar frente a una verdadera obra de arte, es un sentirse preso y libre a la vez, es un misterio que no se puede desvelar. La obra de arte es erótica en la medida en que nos enamora, nos deslumbra, nos flecha con dardos de belleza del arco de Cupido; nos atrae hasta la locura, la mirada no puede retirarse, nada nos distrae y, luego, un silencio que eterniza los instantes, que hace eterna la caída del grano en el instantero. Todo en el espacio se funde y quedamos atrapados por el encanto y al fin el amor se apodera de la escena. A esto llamamos original, a lo que nos produce este estado de spleen o de clímax. Joubert lo intuyó y lo dijo brevemente: “llamamos encanto a lo que nos atrae, y belleza a lo que amamos”[7]; la belleza provoca enamoramiento, el arte enamora, y el amor hace nuevas todas las cosas. Por eso, lo que es verdaderamente arte se mantiene en el tiempo, se eterniza, se sale del tiempo y nos enamora porque tiene una carga de amor que nos flecha.

Ahora bien, volvamos a nuestro asunto, se dijo que la belleza es una forma de verdad, una verdad que se manifiesta en la intemporalidad, o mejor en la infinitud del instante. El artista, tanto como el filósofo, “en tinieblas ve mejor su propia luz. La soledad le trae el pensamiento solitario”[8]. Un pensamiento que se eleva, que se exalta en asenso hacia su propia intemporalidad, hacia su propia infinitud. Un pensamiento que se vuelve verso, que se expresa a sí mismo de manera pura y transparente; en realidad el pensamiento siempre ha sido verso, siempre ha sido aforismo; siempre ha sido tan corto como para decir en una total economía del lenguaje el más completo instante poético, el más completo instante infinito, el instante metafísico y, por qué no, el más consumado instante moral; pues toda moralidad es instantánea[9]. Porque el aforismo es una forma poética pura, inmediata; muchas veces cínica, otras tantas reaccionaria, y siempre hermosa. En este sentido, estos dos autores tienen mucho en común, por ejemplo la “búsqueda obsesiva de la belleza y de la perfección”[10] reflejada, precisamente, en su pensamiento y en sus obras. Esa búsqueda de la perfección está retratada en el desinterés de aquello que rompe y de aquello que disuelve; busca, en cambio, el instante, crea el instante, no necesita sino el instante.

El artista, como el filósofo[11], se alimenta de instantes perpetuos en los que se envuelve un cosmos desacralizado, un cosmos que se crea en la soledad; en el silencio que la soledad provoca. En el olvido del tiempo en el sentido de: primero, romper con los lazos sociales de la duración; segundo, romper los cercos fenomenológicos de la duración; tercero romper los marcos vitales de la duración.

Foto del grupo “Máscaras y Paradojas”, obra La sabiduría del látigo, autor: Gahvir Fahiaci, director de puesta en escena y adaptación para teatro: Darío Soto. Disponible en: http://mascarasyparadojas.blogspot.com/2010/09/la-sabiduria-del-latigo.html
Foto del grupo “Máscaras y Paradojas”, obra La sabiduría del látigo, autor: Gahvir Fahiaci, director de puesta en escena y adaptación para teatro: Darío Soto. Disponible en: mascarasyparadojas.blogspot.com/la-sabiduria-del-latigo.html

Estos tres estados por los que pasa el artista para lograr la concreción de su obra no son consecutivos, no responden al orden en que han sido expuestos; es más, se pueden dar de manera simultánea o uno a la vez, lo necesario es que el artista debe apartarse del tiempo como posibilidad de lo útil y saltar al período inmedible, incontable, caer en un estado en que el tiempo no corre, sino que brota. Este espacio es en el que el artista no refiere su propio tiempo al de los demás, sino que retiene el tiempo que le pertenece, el tiempo incumplido: en el sentido de lo útil. Debe llegar incluso a no saber que su corazón late, que su corazón marca un ritmo temporal y existencial. Allí el artista, como el escritor fragmentario (si no son lo mismo), descubre un tiempo vertical, al desechar el tiempo horizontal[12], es decir al excluir el devenir del prójimo, el devenir de la vida y el devenir del mundo[13].

Baudelaire entendió bien este asunto y lo expresó de manera muy bella en su poema El tiempo (escrito en 1857):

“los chinos ven la hora en los ojos de los gatos (…) si yo me inclino hacia la bella felina (…) aunque sea de día o de noche, en plena luz o en la oscuridad más completa, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora amplia, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos o de segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes y que, sin embargo, es leve como un suspiro, rápida como una ojeada”[14].

Luego, con una contundencia abismal, resume todo el asunto en algo que sin duda podemos llamar aforismo, después de proponer el supuesto de que alguien le preguntase por lo que ve en los ojos del felino, responder: “sí, veo la hora; ¡es la eternidad!”[15].

Es el tiempo vertical el culpable de que el artista termine por convertirse en un ser solitario, porque ese tiempo no lo encuentra en la continuidad de la vida que viven los hombres que lo rodean; ese tiempo lo encuentra en la soledad, en el olvido del tiempo continuo, medible, el tiempo del reloj. Por eso el artista es el que más cercano está del olvido, de que lo olviden y de que él mismo olvide: deje de lado ser como los otros, ser con los otros. La mirada del gato es la negación del tiempo como algo que se nos escapa de las manos, pues al contemplarla el tiempo no se sucede, sino que se eterniza. La belleza y ternura de esa mirada representa en el poeta la eternidad, es pura presencia y puro esplendor que roza constantemente con lo eterno. Es así como es posible que se vea siempre la misma hora con un aroma a infinito, es decir amplia, solemne, sin división de minutos o de segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes. Una hora que se encuentra en la soledad del artista y que Baudelaire detalla en los ojos del funámbulo minino.

También Fahiaci intuye que el arte pertenece a un tiempo distinto, el tiempo de la soledad, el instante infinito de la poesía, e invita al redescubrimiento del arte a partir del silencio, del tiempo inmedible, nos dice: “reclutemos de nuevo al arte en la soledad”[16], porque el arte es la vida misma, “¡pesadilla espantosa es la existencia de quien ha vivido sin emular el arte!”[17], la vida misma debe convertirse en una obra de arte, “hay que arrancar el arte de nuestras propias entrañas (nos dice) … hay que darle vida”[18]. La vida no solo debe convertirse en una imitación del arte, sino que el arte debe convertirse en nuestra propia vida. El arte pertenece a instantes íntimos como los ojos del gato de Baudelaire, instantes íntimos perennes, indivisibles, la vida hay que convertirla en un instante que aunque efímero dure para siempre como la novedad en el arte.

La vida convertida en obra de arte es la que eterniza la intimidad de lo bello, al preguntarle a Fahiaci si sabe cuál es el estado natural de la vida, sin más nos responde “¿… el estado natural de las cosas? Si… la belleza”[19], la belleza íntima que nos conlleva a un instante privilegiado. La escritura del Diario, como es el caso de estos dos autores (Joubert y Fahiaci), tanto como la poesía pertenecen a la infinitud de ese instante íntimo, privilegiado para el autor-artista, es “instante sublime: la iluminación, que (según nos cuenta Eduardo Rivera) sólo muy pocos logran alcanzar”[20].

De nuevo, la vida convertida en una verdadera obra de arte en Joubert lo llevó a comprender que había un orden no instituido por los hombres en las cosas y que, sin embargo, era permanente e inquebrantable. Cuando Fahiaci entiende ese orden como la belleza, Joubert lo establece como lo que hemos llamado hasta ahora instante poético, instante íntimo: “no hay nada que dure para siempre, pero aquello que dura más, es el orden; porque es lo que más se adapta a la naturaleza de las cosas”[21]. El instante íntimo es un momento que dura para siempre, que no tiene comienzo y que no se termina, es el orden propio de las cosas, para quien tiene los ojos atentos al atardecer y los oídos abiertos al canto de los pájaros. Belleza y orden; he aquí dos sinónimos. Bien nos dice Joubert que para llegar a lo bello hay que partir de la sabiduría, hay que conocer el orden propio de las cosas y sus proporciones, no como condición sine qua non, sino como un elemento del cual también hay que desaprender: “la sabiduría es el comienzo de lo bello”[22], no el estatuto indispensable para la belleza.

Ese orden del que hablamos en el párrafo anterior que cabe en el de la naturaleza del instante poético, que pone nuestra vida ante la eternidad como una gota de agua ante el mar, que nos hace entender que nuestra vida es sólo un instante en la ilimitada temporalidad del universo, y que de acuerdo al aforismo cioraniano hay que valorar el “precio infinito de cada instante”[23]. Por eso es que el artista se aleja, se convierte en un solitario aislado del mundo que no lo entiende y que no lo ama, porque el mundo busca es interpretar su obra y amarla a ella. Y es que el artista debe presentar su obra como su propia vida, ya que el observador de la obra no querrá mirar otra cosa sino los ojos de la obra. De allí que el artista quiera encerrarse en su mundo íntimo, en una constante huida como lo dice el español Ángel Guinda: “mi destino es huir hacia a mí desde todos”[24]. Ese es el destino del artista huir en busca del arte. Huir, como lo hizo el también colombiano Nicolás Gómez Dávila, hacia la soledad, hacia sí mismo desde todos, para en ese retiro encontrarse con el arte que clama por salir, que gime por brotar del interior del artista.

Ibíd. Foto archivo en Facebook, cfr. https://www.facebook.com/media/set/?set=a.299812596762239.70951.299768383433327&type=3
Ibíd. Foto archivo en Facebook, cfr.
Grupo Máscaras y Paradojas.

No es posible que después de tejer este ensayo hablando sobre el carácter solitario del artista y que a continuación de nombrar al genio bogotano no se traigan a la memoria, por lo menos, algunos escolios de don Nicolás. Por ejemplo, él también pensó la infinitud del instante poético: “sólo una cosa no es vana (escribe): la perfección sensual del instante”[25] y luego, “sólo hay instantes”[26]. Vemos en sus Escolios una tendencia permanente a hablar de las propiedades del instante tanto íntimo: “La vida es deliciosa en los instantes en que se deja pensar o soñar”[27]; como para el instante absoluto que se le escapa al tiempo “Hay que vivir para el instante y para la eternidad. No para la deslealtad del tiempo”[28] y el instante existencial: “La momentánea belleza del instante es lo único que concuerda en el universo con el afán de nuestras almas”[29], “La felicidad es un instante de silencio entre dos ruidos de la vida”[30]. Para don Nicolás, así como para nosotros, el artista es el único privilegiado por los instantes, porque logra eternizarlos: “Toda vida tiene instantes dignos de eternidad”[31], “El instante reserva su esplendor para el que lo imagina eterno. Sólo vale lo efímero que parece inmortal”[32].

También habla de la tarea ineludible de los solitarios: “El solitario es el delegado de la humanidad a lo importante”[33], “El hombre común vive entre fantasmas, tan sólo el solitario circula entre realidades”[34]. El artista que es precisamente ese hombre llamado a la tarea importante de salvar a la humanidad, lleva a los demás hombres a un encuentro con lo íntimo, con lo infinito, con lo ilimitado. Gómez Dávila se cuenta entre esos espíritus llamados a la soledad del silencio y el olvido: “Hay espíritus suficientemente solitarios para comunicarse a sí mismos, en su silencio interior, el fruto de sus experiencias. Mas yo no pertenezco a ese orden de inteligencias tan abruptas; requiero el discurso que acompaña el ruido tenue del lápiz, resbalando sobre la hoja intacta”[35]; aclarando que de hecho él es un artista de la escritura, y que a través de ella se comunica con ese ser interior vagabundo, que no se asienta. Don Nicolás es un solitario, uno de los más originales solitarios del siglo XX, y asimismo es un artista, es un poeta reaccionario que llegó a ser no la voz de su época, sino un solitario de Dios, un ángel cautivo en el tiempo[36]. Ser filósofo y ser artista, sin entrar en detalles, puede ser de algún modo lo mismo: ambos son buscadores y amantes de la verdad, el uno por ejemplo la consigue a través de la inteligencia y la imaginación, el otro igualmente por medio del sentimiento o el sentido íntimo[37]. Lo que cabe anotar es que el artista finalmente suele convertirse en un solitario, aunque esto no es condición de su arte, el resultado de esa soledad -la mayor de las veces- se refleja en la profundidad de su creación.

Pablo Andrés Villegas Giraldo

(Caballero del Aurora)

Filósofo, ensayista y escritor de poesía.

pavillegas@utp.edu.co


Notas:

[1] Gadamer, Hans-Georg. La actualidad de lo bello. El arte como juego, símbolo y fiesta. España: ediciones Paidós, 1991, P. 36.

[2] Ibíd.

[3] Joubert, Joseph. Pensamientos diversos. Madrid: editorial Península, 2009. Prólogo de Rivera, Luis Eduardo. Titulado: Joubert, nuestro contemporáneo. P. 11.

[4] Joubert. Óp. Cit. P. 108.

[5] Gahvir, Fahiaci. La muerte del arte. Medellín: Editorial Álvarez, 1986. P. 52. En adelante se citará el número del aforismo en la edición mencionada así: 379.

[6] Ibíd. 388.

[7] Joubert. Óp. Cit. P. 104.

[8] Bachelard, Gastón. La intuición del instante. México: Fondo de Cultura Económica, 2002. P. 97.

[9] Bachelard, Óp. Cit. P. 100.

[10] Joubert. Óp. Cit. P. 13.

[11] En este caso se hace referencia al filósofo mal llamado reaccionario y moralista, es decir al escritor de aforismos, al escritor fragmentario.

[12] Cfr. Bachelard, Óp. Cit. P. 95. Para hacer una aclaración entre estos tiempos: el tiempo horizontal parte, en sentido figurado, de oriente y termina en occidente; el vertical no tiene inicio ni final, este tiempo invita al ser a ascender en una subjetividad que lo eterniza, es un tiempo detenido, que no sigue la medida del reloj.

[13] ibíd.

[14] Baudelaire, Charles. Las flores del mal. Los paraísos artificiales. El “spleen” de París. España: Editorial Bruguera, 1975. P. 383.

[15] Baudelaire. Óp. Cit. P. 384.

[16] Fahiaci. Óp. Cit. 174.

[17] Ibíd. 214.

[18] Ibíd. 228.

[19] Ibíd. 139.

[20] Joubert. Óp. Cit. P. 15.

[21] Joubert. Óp. Cit. P. 103.

[22] Ibíd. P. 112.

[23] Esta pesimista afirmación la encontramos en Ciorán, Emile. La tentación de existir. Citado por Agudo, Marta. El aforismo: dos siglos de “pensamientos estrangulados”. En: Quimera. S.p.e. P. 27.

[24] Ibíd. P. 32.

[25] Citado por: Abad Torres, Alfredo Andrés. Pensar lo implícito en torno a Gómez Dávila. Pereira: talleres litográficos Postergraph, 2008. P. 135.

[26] Ibíd.

[27] Gómez Dávila, Nicolás. Escolios a un texto implícito. Bogotá: Villegas Editores, 2005. P. 186.

[28] Gómez Dávila. Óp. Cit. P. 192.

[29] Ibíd. P. 13.

[30] Ibíd. P. 48.

[31] Ibíd. P. 55.

[32] Ibíd. P. 67.

[33] Ibíd. P. 109.

[34] Ibíd. P. 207.

[35] Ibíd. P. 245.

[36] Apreciación de Franco Volpi sobre Nicolás Gómez Dávila. Óp. Cit. P. 245.

[37] Se sigue aquí la lectura del aforismo de Joubert: “hay tres medios para llegar a la verdad, o para poseerla: el sentimiento o el sentido íntimo, la imaginación y la inteligencia (…)”. Óp. Cit. P. 107.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

4 comentarios sobre “Artistas y filósofos, viajeros solitarios

  1. Solo solitarios penetran estas lecturas, la bulla de la gente en el mundo no deja. Pero hay instantes en diversos momentos y diversos para cada cosa y instantes concientemente especiales.

  2. Este es un texto demasiado potente. Lo he leído un par de veces (por recomendación de un amigo) y lo cierto es que no termina de asombrarme, de contarme novedades que se asoman entre líneas. Felicitaciones por tan poderoso texto y gracias por compartirlo.

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