«Las contadas palabras», selección de poemas de Oscar Hernández

Oscar Hernández. Foto de su nieta Tatiana Hernández Pérez.

Pocos poetas en Colombia tan vitales como Oscar Hernández (Medellín, 1925). Al leer Las contadas palabras [1], publicado en 1958, bajo el cuidado de Manuel Mejía Vallejo, nos sorprende un poeta con una obra ineluctable y, en el fondo, como en lo oscuro de un aljibe, el reflejo de un país violento. Ambos, poesía y país, no envejecen, la primera por su fuerza fundacional y su profunda sencillez, y el segundo por su violencia obstinada en filtrarse en las manifestaciones estéticas. Un hecho inefable y doloroso a la vez. Para constatar lo que digo, quiero compartir los siguientes poemas, no sin antes evocar estas palabras de Fernando Charry Lara en el prólogo a la edición en cuestión que, si tenemos en cuenta la larga zozobra que ha sido la historia colombiana desde entonces y, por lo mismo, la dolorosa esencia que ha tenido nuestra poesía, no dejan de asombrarnos:

Los poemas de Oscar Hernández  constituyen una muestra valiosa de que, después de un periodo de letargo, la joven poesía colombiana puede vencer, proponiéndoselo, aquellos obstáculos con los cuales la moda de cierta escritura uniforme ha venido agotando el caudal poético.

***

LA VOZ DEL HOMBRE

Y además, para que todos sepan,

yo no puedo decir nada distinto

de lo que dicen todos.

La voz del hombre siempre estará prendida

al eco de las otras.

Estas palabras son las mismas,

las mismas que dijera un condenado a muerte,

o las solas palabras que diría el hombre que da trigo

al pico de los pájaros.

Si yo dijera ahora:

El crepúsculo duerme su sueño de violetas

o si cambiara el ritmo que marca el ritmo mío,

y dijese:

El mundo es una hoguera que consume los brazos

de los hombres como leños de carne;

tal vez una mentira se me asomase al rostro.

Por eso, yo digo esto y aquello,

lo de los marineros, lo de la piel del negro,

lo que tiene de blanco el lecho de la esposa

y la sangre que tiene el mismo lecho.

No puedo decir más,

nunca he entendido las raras abstracciones de los

hombres

a pesar de ser hombre

y decir como todos cuotidianas palabras,

cuotidianas y blancas, porque siempre he querido

que sean blancas las voces de los hombres.

No he dicho nada nuevo,

simplemente, he hablado una vez más.

***

LAS CONTADAS PALABRAS

Escribe hermano, escribe

para que hagamos un poema,

pero ha de ser escrito con las manos,

con nuestras manos de hombre.

¿Y por qué así un poema, con tan pocas palabras?

Porque todas las cosas deben hacerse así,

como Dios hizo al mundo,

con su fe, con sus ojos y con su voluntad.

Además, conocemos apenas muy contadas palabras,

sabemos dos, o tres o cuatro…

hombre, caballo, alambre, arroz.

Que digan los poetas:

Atardecer, crepúsculo, navío;

nosotros no entendemos más que cuatro palabras,

la última es arroz.

Hay que escribir para los hombres,

para el ladrón y para el santo.

Los hombres del mundo dicen sencillamente:

hombre, caballo, alambre, arroz.

Que este poema, hermano,

sea claro a los ojos de los que no comprenden:

atardecer, crepúsculo, navío.

Y es que todos los hombres, iguales a nosotros,

entienden solamente:

hombre, caballo, alambre, arroz.

Desde la humilde esquina de mi casa

mi mano grande dice adiós

y se mueve en el aire para todos.

Decid conmigo, amigos:

hombre, caballo, alambre, arroz.

***

SE PROHÍBE LA ENTRADA DE LOS MUERTOS

“No escupa sobre el suelo”.

“No fumes”. “Haga silencio”,

que están cortándole las manos a un hombre

en el salón vecino.

No escupa, que la saliva

suena sobre el piso

como el golpe de una moneda muerta

en el sombrero de un mendigo.

No fume, que el tabaco

y el humo nos recuerdan

la producción en serie de cadáveres

salida de las fábricas.

“No pase”, este trayecto está vedado

para todos aquellos que respiran,

para viajar por este sitio se precisa

estar vestido de madera y haber dado una cuota

al artesano experto que hace cruces.

“Se prohíben visitas”,

de aquí no pasa nadie,

nadie más que las pinzas

y nadie más que el éter,

que el algodón y el éter,

que las gasas y el éter,

que el éter y sus frascos.

De aquí se sale muerto o no se entra.

“Suelte la llave al agua”,

pero, ¿quién suelta el agua?

¿Por qué encierran el agua como un loco?

“No hable en los pasillos”.

Dé paso a esa camilla y no sonría;

si no sabe rezar agache la cabeza

sin sombrero y sin ganas.

El cloroformo hace oír cosas…

“No se reciben muertos”.

Los cementerios se cerraron.

“Se necesitan hombres sanos”,

ésta es la voz de un hospital.

“Por motivo de viaje se vende una granada”,

esto dice un soldado.

Y una mujer exclama:

“Vendo mi vientre para cántaro”.

“Compramos agua y peces”,

van gritando los ríos.

“Se necesita un Dios para los negros”,

repiten los tambores en el África.

“Aquí hay un muerto”,

se espanta un cementerio.

Mientras tanto vamos diciendo todos:

¿Una granada para qué? ¿Un vientre para qué?

¿Por qué los ríos buscan agua y peces?

¿Para qué Dios los negros

si sus dientes son blancos?

¿Un cementerio se asusta de los muertos?

Cómo es de extraño todo, y sin embargo

tienen razón los cementerios.

¡Soy el mejor postor del vientre!

¡Lo compro por dos hijos!

Traedme la granada

que yo tengo un buen precio por ella,

la cambio por una aguja de bordar

o por la lágrima de un huérfano.

¡Yo tengo el Dios para los negros!

¡Yo tengo el Dios que viaja al África!

Vale una risa blanca y treinta y dos caminos.

Puedo surtir los ríos,

del último naufragio me quedó un mar

y un batallón de peces.

¡Por fin, por fin!, yo tengo un hombre

para espantar los cementerios.

Vale una cruz, un desfile de amigos

y cuatro hombres que suden debajo de mi frío.

***

EL FIN

Ahora sí, se han secado todas las fuentes.

Ahora sí, se me cayeron las miradas sobre el pecho,

se me cayeron tristemente sobre el pecho.

Recuerdo que tenía pensadas muchas cosas,

buscar una mujer, sembrar en ella un hijo

y cantar en la tarde porque aún tenía cantos

y no pensaba en más.

Pero los días tienen la muerte de las cosas,

y mi esperanza era una cosa, pero los días…

los días son así, nunca meditan

que van hundiendo el tiempo

y van de luz a luz.

Recuerdo también el tacto suave de mis dedos

y el tacto suave de las rosas,

y el tacto suave de las rosas en mis dedos,

y el candil de mi abuela

que se enredaba al hilo y a los ojos,

y el perro desteñido como un retrato antiguo

sobre un amplio cojín;

y las palabras de una tía sin lumbre

entre su ajado sexo, ajado y duro,

que apenas conoció la palabra deseo

se constriñó y siempre fue una ostra

encerrando su perla desesperadamente.

Ningún cuchillo pudo levantar sus dos valvas,

y así murieron, ostra y perla,

perdidas junto al perro que olfateaba,

y mirando el candil, la aguja, el hilo,

y la llama que estaba sobre la aguda punta.

Y recuerdo también que las miradas,

mis jóvenes miradas,

iban siempre hacia arriba.

Ahora, se me cayeron sobre el pecho,

sobre el pecho.

***

ÁRBOL

Los árboles tienen sus fechas escritas

las del fruto

la de la muerte

y la del sol

los árboles tienen sus pájaros escritos

y sus ramas hechas a mano por el tiempo

los árboles tienen el corazón grabado por su

misma vida

y en ese corazón leñoso se lee

que un día caerán de viejos

de pesados, de secos

de pájaros

que caerán de agua y de viento

y llegarán al pasto para aconsejar otros arbustos

que también traerán sus fechas escritas;

los árboles tienen puesta la vida

y puesta la muerte

como sus demás compañeros de tierra:

hombres, larvas, sedas, gotas, gorras,

palabras

aunque las palabras se fundan en el aire

y tomen un nombre, el nombre de aire.

Pero los árboles vienen con su sombra escrita

con letras que crecen al lado del sol

y de su tronco.

Y escrita está la fecha del cotiledón

y del hachazo y el día de la hoguera en la casa

desconocida.

Todo acaba en la fiesta del fuego.

La fecha del incendio.


 [1]

Óscar Hernández, carátula de Las Contadas Palabras en literariedad.co
Oscar Hernández, Las Contadas Palabras. Imprenta Departamental de Medellín. Colección Autores Antioqueños, Volumen 3, al cuidado de Manuel Mejía Vallejo, 1958.
Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

Un comentario sobre “«Las contadas palabras», selección de poemas de Oscar Hernández

  1. Que bello estas construcciones con ladrillos de palabras, son ciudades inhabitadss, que individualmente uno las encuentras y el mundo ya es otro.

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