Tinieblas. Sobre Guy de Maupassant. Por: Pablo Montoya

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Guy de Maupassant. (Foto: i-exc.ccm2.net).

Por: Pablo Montoya*

El primer cuento que leí de Guy de Maupassant se llama “El miedo”. Forma parte de un libro de relatos para insomnes que cayó en mis manos en tiempos de la adolescencia. La del escritor francés es una historia donde se explica en qué consiste esa emoción que acerca al hombre a circunstancias sobrenaturales, a pesar de que ellas puedan explicarse con la razón. Hay en el clímax de ese cuento un perro que se enloquece de terror. El narrador atraviesa un bosque invernal con su guía y se ven obligados a guarecerse en la casa de un campesino. La situación en que se hallan los moradores del rancho es bien singular. El campesino ha asesinado hace años a alguien y espera con su familia, en el aniversario del crimen, la llegada del fantasma que anhela la venganza. Todos están armados y a la atmósfera la surca una tensión demencial. El narrador, que no cree en aparecidos, trata de controlar los ánimos y, por unos minutos, logra calmarlos. Pero entonces, cuando todo parece tranquilizado, surge el perro. Antes, ha estado estirado en el piso, cerca de la chimenea, como ausente de la incertidumbre colectiva, y el lector pasa por encima de su descripción casi que insensiblemente. De pronto, comienza a aullar, da vueltas en derredor del cuarto y su pelo se eriza y sus ojos se enrojecen. La conmoción de la familia campesina se acrecienta. En un momento, el guía no soporta más y expulsa al animal del rancho. El perro se silencia, desaparece dejando tras de sí una expectativa atribulada. Luego los pasos de un extraño ser surgen, como exhalados por la noche. Le da vueltas al rancho y algo, puede ser su mano, rasga lentamente la madera de una de las ventanas. El campesino grita que ahí está el fantasma de su muerto y dispara. Cuando surge la luz del día, nadie se ha atrevido a salir para averiguar lo que pasó, encuentran al cuerpo del perro, destrozado por la bala de la escopeta.

Pues bien, “El miedo” me ha hecho pensar en la muerte de quien es acaso el mejor cuentista que ha dado Francia. En realidad, Maupassant con frecuencia recurrió a la figura del perro enajenado para decir algo de su propio malestar. En una de sus cartas escribió: “Ciertos perros que aúllan expresan muy bien mi estado. Es una queja lamentosa que no va a ninguna parte, que no dice nada y que lanza a las noches el grito de angustia opresa que yo quisiera dar… Si pudiera gemir como ellos, me iría algunas veces a una gran llanura o a lo más profundo de un bosque y aullaría durante horas enteras, en las tinieblas.” Maupassant no lo hizo mientras iba y venía, en procura de alivio, por los lugares de cura en la costa de Azur y en Normandía. Había contraído la sífilis desde muy joven, cuando todo en él era correrías frenéticas por fiestas y burdeles. Poco a poco la enfermedad fue despojándolo de la lucidez y la fuerza. Durante once años, desde 1880 hasta 1891, no paró de escribir. Parecía un delirio desbordante de palabras enfrentado a la muerte que lo estaba carcomiendo. Pero ese delirio, de algún modo, tenía la impronta de Flaubert. Maupassant había seguido la divisa que su maestro le enseñó cuando era un muchacho: “El talento no es más que una larga paciencia y hay que trabajar incansablemente para adquirirlo”.  Así se hizo. Maupassant escribió día y noche, pese a las migrañas, a los dolores oculares, a los males digestivos, a los episodios repentinos de ceguera, a la parálisis progresiva ocasionados por la sífilis. El resultado es impresionante: trescientos cuentos, doscientas crónicas, siete novelas de las cuales sólo una dejó sin terminar. No en vano, Louis Forestier, propone añadir una rúbrica en el célebre Diccionario de Flaubert: “Mauppasant: produce cuentos y novelas como el manzano produce manzanas, por función natural e irreflexiva”.

Una noche de enero de 1892, la locura ya lo tenía poseído, Maupassant se creyó inmortal. En su chalet de Cannes, donde había ido a buscar la imposible cura, se disparó con un revólver en la sien. Al ver que este no le hizo nada, pues el arma la había descargado su sirviente, gritaba frenético: “Soy indemne, invulnerable”. Luego se cortó el cuello con un cortapapel, pensando que ninguna sangre le saldría, y en esta vez sí pasó algo. De París vinieron por él y, metido en una camisola, lo llevaron a la clínica del doctor Blanche. En ese lugar, donde años antes había estado recluido Gérard de Nerval, Mauppasant pasó los últimos dieciocho meses de su vida. Su madre Laure Le Poittevin, una anciana rica de provincia, nunca lo visitó. Ella, que era uno de sus dos amores –el otro fueron los libros- y quien corregía minuciosamente sus pruebas, prohibió que las mujeres visitaran a su hijo. Ni siquiera se dignó ir al funeral del que, según su opinión, jamás debió haber salido del vientre nutricio de la tierra. En la clínica Mauppasant permaneció ciego y sólo veía sus propias alucinaciones. Creía que las uvas que le daban eran de cobre. Contenía sus orines porque los consideraba un riquísimo flujo de joyas. Sentía una bola de billar en el estómago y juraba que su madre se la había introducido allí. Se negaba a comer y lo alimentaban con una sonda. Pero entonces creía que la sonda estaba cargada con los orines de Blanche y que ellos eran los que en verdad le roían el cerebro. El 6 de julio de 1893, iba a cumplir 43 años, Guy de Maupassant murió en cuatro patas, ladrando y lamiendo una de las paredes de la habitación de la clínica de Blanche. Como el perro de “El miedo”, le ladraba a la muerte que por fin llegaba. Dicen que sus últimas palabras fueron: “Tinieblas, ¡Oh!, tinieblas”.

***

Texto enviado por el autor a Literariedad. Aquí más de sus textos en nuestro sitio.


Pablo Montoya. (Foto tomada de: cronicadelquindio.com).
Pablo Montoya. Foto: Adriana Agudelo-Toro.

*Pablo Montoya Campuzano. 

(Barrancabermeja, Colombia, 1963).

Primer Premio del Concurso Nacional de Cuento “Germán Vargas” (1993). En 1999 el Centro Nacional del Libro de Francia le otorgó una beca para escritores extranjeros por su libro Viajeros. El libro Habitantes ganó en el 2000 el premio Autores Antioqueños. Réquiem por un fantasma fue premiado por la Alcaldía de Medellín en el 2005. Ha participado en diferentes antologías de cuento y poesía colombiana y latinoamericana. Realizó estudios de música en la Escuela Superior de música de Tunja. Hizo la licenciatura en filosofía y letras en la Universidad Santo Tomás de Aquino en Bogotá. Igualmente, obtuvo la maestría y el doctorado en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos en la Universidad de la Sorbonne Nouvelle (París III). Sus traducciones de escritores franceses y africanos, sus ensayos sobre música, literatura y pintura, han sido publicados en diferentes revistas y periódicos de América Latina y Europa. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad de Antioquia. Es escritor asociado de la Red Nacional de Talleres de Literatura (Renata) del Ministerio de Cultura de Colombia. Lee la biografía completa…

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

3 comentarios sobre “Tinieblas. Sobre Guy de Maupassant. Por: Pablo Montoya

  1. Soy de Lima, había escuchado su nombre en alguna parte. Guy de Maupassant es mi favorito. Agradezco saber más sobre él y su triste final. Quisiera terminar de leer todos sus cuentos, antes de q la locura me tome por sorpresa, si es que aún no lo hizo…

  2. Buscaba al azar cualquier nota que diera a esta noche, un sabor distinto al de la salobre cotidianidad.
    Y puedo decir que la encontré al fin.
    Gracias!

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