Burton y Rimbaud en la ciudad sagrada de Harar – Víctor Bustamante

Arthur Rimbaud. Ilustración tomada de contrainfo.com.
Arthur Rimbaud. Ilustración tomada de contrainfo.com.

Por: Víctor Bustamante*

Viajar. ¿Pero qué es viajar? ¿Desplazarse a algún lugar? ¿Mirar paisajes? Cuando se viaja siempre se busca cambiar la mirada: ver algo diferente. El viaje se encuentra asociado a pasear, a realizar turismo: pausa de las vacaciones. En el fondo existe otra mirada, otra significación: huir, exilarse. Pero también se viaja con el propósito de conocer otras tierras, otras personas, otras costumbres en el sentido de aprovechar el tiempo libre desde esa banalización cultural que es el turismo, donde sólo se mira, se curiosea y en mediodía se mira ocasionalmente alguna calle de alguna ciudad o los sitios ya definidos por las guías. Así el turismo desplaza el concepto del peregrinar y se cree conocer algún sitio sólo al verlo, no al caminarlo, al vivirlo. El exilio voluntario, cuando se huye, es otra manera de conocer, de vivir los lugares, de apropiarse de ellos. Así se viven esos lugares: se penetra en su ductus secreto, su idioma y el pequeño y oscuro gran mundo de lo que no aparece en las postales. De esa manera se vuelve uno ciudadano de ese lugar, nunca el vil turista que va de lugar en lugar observado fachadas. Las guías entregan lo público: dónde comer, dónde habitar, qué conocer: visión clásica y mendaz de la visita momentánea. Ya estamos de una vez reglamentados, obviamos lo de Benjamín: conocer una ciudad es perderse en ella. De ahí surge otra duda a la pregunta inicial, qué es viajar, si es sólo mirar paisajes apresados en esas palabras de Cavafis: “Siempre llevamos la ciudad a cuestas”.

Existen varias maneras de viajar, en el sentido de desplazarse de un lugar físico a otro: la lectura, sumirnos en ensoñaciones. Así mismo el viaje como odisea, como superar peligros de la naturaleza ha cambiado el término de lo exótico. La palabra preferida por las guías de viaje, lo lejano es lo exótico. El viaje se limita a cambiar de lugar, no a sentir ese trasegar de un lugar a otro, a saber que los pasos, rasgan el pavimento de una calle, a saber que los pasos prueban la tierra roja del camino circundado de paisaje que se mira, se huele, se respira, se siente, y así se apropia uno de ello. Lo interesante del viaje son las peripecias para llegar a lo desconocido del sitio que se quiere mirar.

En algún tiempo se quiso copiar el turismo exótico a tierras exóticas como el África o la India. Aún queda esa postal de un príncipe belga subido a un atril de madera, protegido por varios guardias y guías que le preparan otra escopeta mientras él dispara a un león que ronda cerca. También está el caso de ese explorador de fin de semana como fue Hemingway cazando tigres cerca al Kilimanjaro.

Pero ahora voy a referirme a dos viajeros verdaderos en ambos sentidos: el de conocer lugares recónditos en su momento y el de ser escritores, viajeros interiores. Al capitán Richard F. Burton y Arthur Rimbaud los une haber visitado Harar, una de las ciudades sagradas de los musulmanes, pero con veinte años de diferencia. Harar era un lugar de peregrinación y misterio donde el extraño merece el repudio y la condena a la horca.

¿Qué es una ciudad sagrada? Un centro, un punto de encuentro y unión, un deseo de construir un mito en un lugar geográfico con unas coordenadas precisas. Es la otra cara de la moneda. Primero existieron las utopías: la de Tomas Moro, la ciudad del sol de Campanella, la isla del Preste Juan. Ideas que desde distintos aspectos buscaban un lugar donde podría ser posible cierto aspecto de felicidad y justicia. Ya racionalizado el concepto y terminada la cartografía de la Tierra este tipo de nociones, retomados del paraíso terrenal, se sitúan en diversos lugares desde perspectivas diferentes: Roma, la ciudad eterna con el poder religioso, la Meca para los musulmanes lugar de visita y recogimiento; otra la ciudad sagrada de los mayas, Teotihuacán; el caso se repite con los incas: Cuzco; otra, es Patna para los hindúes.

Burton

Richard F. Burton. Imagen tomada de gutenberg.org.
Richard F. Burton. Imagen tomada de gutenberg.org.

Fue el primer europeo que entró a Harar, ciudad sagrada al este de África. Harar se encontraba a unas doscientas millas de la costa y a más de mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Era una ciudad santa y prohibida. Unos treinta europeos habían sido expulsados o asesinados unos años antes de la llegada de Burton. Sus gobernantes habían proscrito la entrada de blancos y de cristianos abisinios. Esta antigua metrópoli era habitada por una raza peculiar, islámica y peligrosa; allí se hablaba una lengua diferente. Su actividad económica descansaba en ser centro de tráfico de esclavos capturados a lo largo de la costa africana, para venderlos a las caravanas árabes.

Buscando una ruta para una expedición hacia el Nilo, Burton al escondido, antes había entrado a La Meca. Existía miedo pues estas tribus somalíes cortaban los atributos sexuales al hombre apresado y los colgaban al hombro como signo de valentía  y ornamento. Existía una creencia que al entrar algún aventurero a Harar la ciudad iniciaría su decadencia y su caída.

El prestigioso Carter, un arqueólogo, había explorado con cautela esa región. Al mando de Burton, con cuidado y malicia, se preparó una expedición. Tenían temor de que ningún habitante de Somalia hubiera visto un rostro blanco. Otro explorador amigo, como Herne, buscaba en Berebra información sobre el comercio de esclavos y las rutas de las caravanas. Cartografiaron montañas junto al mar y anotaron datos sobre la climatología. Otro explorador, Speke, debía buscar en la ensenada de Ara al-Aman o “Tierra de seguridad” al servicio de guías y porteadores nativos para fotografiar el célebre valle del río Ouadi Nogal y comprar caballos y camellos, pero sobre  todo recolectar muestras de una tierra rojiza que se presumía era polvo de oro.

Burton dominaba veintinueve idiomas y unos cuarenta dialectos. Iría vestido de mercader. Además para convencer a los directores de la Compañía de las Indias Orientales les decía que tenía ventajas en el plano comercial por su negocio de café y algodón. También creía Burton que desde allí conocería algunas rutas para descubrir el nacimiento del Nilo. Burton era un Haji. El nombre con que había entrado a la Meca como el primer europeo, era Haji, Mirza Abdullah, y tenía problemas con los otros oficiales británicos por no utilizar el uniforme. Burton sugirió que todos sus compañeros de expedición se vestirían a la usanza árabe. Aficionado a la lingüística se proveyó de un texto sobre la lengua somalí, Outline of somauli languaje, with vocabulary de Christopher  P. Rigby. Burton sabía un viejo adagio que dice cómo la mejor forma de aprender una lengua es relacionándose con prostitutas somalíes y de ahí aprendió a hablar esa lengua de una manera fluida.

Estas no eran putas realmente, y sólo hacen el amor de lado. La hembra yace sobre el costado izquierdo y el varón al derecho, ellas son hermosas con su piel aceitunada, sus rostros redondeados y el canto de su voz es plañidero. Pero allí descubrió un terrible secreto, estas mujeres habían sido sometidas a la infibulación: la costura de los labios de la vagina. Costumbre adquirida y practicada de los musulmanes en Egipto y de los cristianos de Abisinia. Esta costumbre practicada entre los abisinios, los nubios y los gallas era para mantener la virginidad de sus mujeres: cosían los labios de las partes íntimas con un cordón de cuero o con pelo de caballo mediante amplias puntadas. Existen esclavas especializadas para esa labor. Los árabes las llaman kadimah y los somalíes migdan. Las cicatrices, luego de extirpar el clítoris y los labios menores con una aguja, las rocían con mirra al amor de una fogata durante doce días para que se impregne de humo y se cure. Por ejemplo, durante un matrimonio, ante el dolor de la desgarradura, se contratan músicos: hombres y mujeres que con sus cantos ocultan los chillidos de la recién desposada. Pero así mismo estas mujeres aprenden a descoser sus hilos para convertirse en adulteras.

Al zarpar, Burton y sus amigos, recitaron el faihah en honor al jeque Najud de Adén, se despojaron de su fingimiento así como de sus turbantes y túnicas y se untaron una sustancia de mal olor, grasa de oveja, para adquirir el color marroquí oscuro. Burton se impregnó de tal manera de la cultura árabe que viajaba con libros religiosos como el Corán, obras sufíes.  Adquirió el título de murshid, llegó a traducir Las mil y una noches. El viaje hacia Harar estaba plagado de peligros: asaltos de tribus nómadas por el árido desierto que asesinaban a las mujeres embarazadas. Los hombres muertos sufrían la castración y falotomía con estos trofeos, estos héroes depravados, causaban alegría a sus mujeres quienes chillaban de alborozo así como el enfurecimiento de algunas tribus si no se les pagaban impuesto por pasar por su territorio. El tres de enero de 1855, Burton partió hacia Harar, lo decepcionó la mirada de la ciudad sagrada: “Harar: era una larga y sombría línea en pasmoso contraste con las aldeas encaladas al este… Cualquier hombre habría lamentado haber expuesto tres vidas para obtener tan pálido premio”.

Después de pasar las puertas de la ciudad. Burton visitó el amir, un hombre barbilampiño de unos veinticuatro años, tez amarillenta, ceño fruncido y ojos saltones. La desconfianza y barbarie con el extranjero era por el miedo a ser invadidos, para ser añadidos a la economía de mercado, Burton comprobó la altura durante esos diez días que estuvo allí, sin tomar apuntes, lo que acostumbraba por el riesgo; anotó la longitud y latitud de Harar. Luego dejaría algunas páginas sobre su historia, una detallada descripción de sus edificaciones por si la Compañía deseaba invadirla. Dijo de la tosquedad de sus construcciones, la carencia de vegetación y jardines, sus estrechos estanques repletos de montones de basura en los que reposan jaurías enteras de perros tuertos y sarnosos. Se molestó por la voz áspera y gritona de las mujeres y descubrió cómo las esclavas galla poseían una característica por las cuales eran muy apreciadas y valían mucho dinero: tenían los músculos constrictores de la vagina bien desarrollados por lo cual, en cuclillas sobre el hombre, podían hacerlo llegar al orgasmo; esta cualidad en árabe se llama kabbazah.

Después de dilatadas y falsas cortesías para negarle el permiso de marcharse, el “Encantamiento guardián”, quitaría a esta ciudad su misterio, los egipcios la ocuparían  y permitirían que cualquier persona entrara en ella.

 

Rimbaud

Arthur Rimbaud. Foto tomada de islamhoy.com.
Arthur Rimbaud. Foto tomada de islamhoy.com.

Rimbaud también fue un viajero, pero dentro de Europa. Desde adolescente acostumbraba, sin ningún reato, caminar desde Charleville hasta París, y algo que marca la actitud del poeta: huir, siempre huir. Luego junto a Verlaine vagabundea por Londres y Bruselas, luego iría a Alemania, Java, a la India, Liverpool, Italia. Soñaría con un viaje inconcluso a Panamá, luego se embarcaría para Chipre y de allí a Abisinia. Estando en Alemania caminó hasta Italia.

El poeta tenía a su mando en Chipre cincuenta hombres como capataz de una cuadrilla. Buscando fortuna pasó el mar Rojo hasta llegar a Somalia. En Adén llevó la contabilidad de un negocio. En 1880 Harar se había abierto a los extranjeros al ser conquistada por Rauf Pachá seis años antes. Unos socios comerciales lo enviaron a Harar donde debería recibir de los indígenas: café, pieles, caucho, marfil y almizcle a cambio de mercancías europeas en especial telas de algodón.

Harar para entonces estaba rodeada de gruesas y altas murallas de barro y piedra, donde se situaban los centinelas. Había barro por todas partes en las construcciones de sus casas y edificios, pero el contraste era la mezquita turca con sus minaretes gemelos. El lugar más importante de Harar era su plaza. Rimbaud, ya instalado, fue el único francés en esa ciudad. Rimbaud soñaba encontrar una fortuna rápidamente, para ello pidió a su madre en Francia manuales de herrero, techador, vidriero, ladrillero, etc. El poeta que nunca fue un buen estudiante y que tantos problemas tuvo en los colegios natales, ahora reivindicaba la búsqueda del conocimiento para aplicarlo a la gestión comercial.

La vida en Harar era monótona. En las tardes cerraban las puertas, guardando las llaves el gobernador. Se soltaban los perros que con sus latidos y las murallas mantenían a distancia a las hienas, panteras y leones que querían entrar a la ciudad. Cuando lograban entrar las fieras se comían a los enfermos ya que estos podían abandonar sus casas junto a los patrulleros. Al alba cuando abrían las puertas, en las afueras esperaban las caravanas y los pequeños comerciantes. Entre gritos y disputas renacía la ciudad después de una noche lúgubre. Rimbaud aburrido de Harar, regresa a Adén donde se inventa otro viaje: una expedición al reino de Soa y al imperio de Abisinia.

Rimbaud había vivido un año en Harar y con un buen contrato regresó por dos años. Allí renacieron sus sueños de explorador. En compañía de su dependiente, Sotiro, que no era un sátiro, viajaron a la provincia de Ogaden, internándose desde Harar en dirección sur. Durante  quince días estudiaron la posibilidad de expansión de la compañía. Rimbaud continuó hasta el río Web. Escribió sobre ese viaje unas notas que publicó en su boletín la Societe de Geografie. A su regreso a Harar pidió más libros a Francia: tratados de hidráulica, de mecánica, de astronomía, de tendidos de vías férreas, y construcción de túneles subterráneos. Caso raro, el vagabundo e impertinente empezaba a creer en el mundo organizado. Sólo con una meta: ganar dinero rápidamente y regresar a Francia.

En 1884 Egipto perdió su curiosidad sobre Sudán. Harar que había permanecido diez años bajo poder egipcio debió ser entregada al hijo del último emir que soñaba con restaurar la gloria pasada de la ciudad. Los europeos empezaron a temer por sus negocios y por sus vidas. Rimbaud recibió por ello una indemnización de tres meses, regresó a Harar con una mujer abisinia con la cual convivió. Con el desespero de hacerse rico se convirtió en traficante de armas. Los mercaderes compraban  armas viejas a Francia y a Bélgica. Allí invirtió toda la fortuna conseguida. Papel contradictorio, el poeta que se convertía en traficante de armas y de esclavos.

También es extraño en estos dos escritores y exploradores el papel de las mujeres. La madre de Rimbaud siempre detestó la literatura y el que su hijo se hiciera escritor. La esposa de Burton que mantiene fiel la memoria de su marido, pero quema importantes escritos del explorador y místico inglés.

Rimbaud que en su adolescencia fue un místico de biblioteca, se unió, inescrupuloso, a comerciantes. Viajó con algunos mercaderes por una ruta desde Tadjoura hasta Ankober que puede estar entre las más penosas del mundo. Solo bebían agua traída sobre camellos, guardada en odres confeccionados en piel de cabra sin curtir, untadas por dentro y por fuera con  sebo rancio y alquitrán. Este líquido amarillento se entregaba a los expedicionarios con cuentagotas. Un paisaje casi lunar determinado por lava negra era interrumpido por hordas de salvajes de color. Entre ellos la etnia danakil, perversos y asesinos. El valor de uno de estos hombres se medía por su capacidad de asesinar y mostrar las partes nobles de sus víctimas como trofeos de caza. Ese camino de pesadilla los llevó a conocer el mítico lago Assal, mar moribundo y salado, perdido en las entrañas de un extraño paisaje de lava negra. Conocieron la mítica caverna, en Gunther, que según los místicos conduce, mediante un pozo subterráneo, hasta el golfo de Ghubbert-Khareb, para pasar el río Hawache. Debieron pasar en balsas rudimentarias y mantener los camellos a flote con pellejos llenos de aire. Después de cuatro meses de dificultades en Ankober, el rey buscado, Menelik, iba rumbo a Harar. Las condiciones habían cambiado, ya no necesitaba armas con la urgencia de antes, por lo cual negoció con gran desventaja para Rimbaud por una suma muy diferente y pequeña a la pensada por el poeta. De tal manera perdió el sesenta por ciento de lo invertido y veintiún meses de viajes y esperas. La derrota persiguió a Rimbaud quien regresó a Adén y de allí a El Cairo con un aspecto siniestro: la ropa vuelta jirones y el rostro macilento. Algo realizó de valía Rimbaud: publicó en El Cairo su relato de viaje a Soa donde remite a una nueva ruta comercial a su regreso enlazando la costa con Harar y Entoto lejos de la ruta peligrosa que él había realizado entre Obock-Tadjoura.  Envió varios relatos de sus viajes a Le temps y a Le figare sin suerte sobre sus viajes a Abisinia. Rimbaud llevaba siete años en esas regiones, hablaba diversas lenguas y dialectos, pero fue rechazado para el oficio de traductor. Luego con licencia oficial y diversas penalidades e inescrupuloso siguió importando armas a Soa con otros socios comerciales en 1888.

Ese año consigue un trabajo en Harar como dependiente de otro comerciante, Tian, que era su socio en el tráfico de armas y de esclavos. La ciudad sagrada ya era un febril lugar de negocios con sus nuevas casas de prostitución. Allí se volvió comerciante de café, pieles, marfil, caucho, almizcle a cambio de mercancías europeas como teteras, telas, cacerolas y sartenes. También acompañaba a las caravanas que llevaban esclavos, pero sobre todo vendía armas y municiones. Harar a pesar de su sencillez se había convertido en centro para tráfico de mercancías diversas. En sus calles, entre callejas tortuosas y oscuros laberintos, existían cuchitriles donde se acumulaban grandes cantidades de dinero. Incluso llegó a tratar de vender a los indígenas medallas religiosas, rosarios y pilas de agua bendita.

En París después del rechazo de sus poemas comenzaba el éxito y el reconocimiento literario a Rimbaud a quien ya no le interesaba el destino de sus obras; incluso lo daban por muerto. Allí Rimbaud fue todo lo contrario a su vida bohemia en París donde era revoltoso, anticlerical y homosexual. Se volvió austero, vestía ropa barata, consumía cereales malamente cocidos y sólo bebía agua. Trabajaba más que sus esclavos desde el alba hasta la noche, recorría a pie veinte y cuarenta kilómetros por senderos de montañas que ni los mulos podían utilizar, a caballo cabalgaba cientos de kilómetros.

A pesar de ser generoso mantuvo una obsesión: amasar una fortuna para su regreso. Llegó a ser portador de los depósitos de dinero de comerciantes para luego enviarlos por correo al exterior. Debido a su afecto y ayuda a los indígenas, se convirtió en una suerte de hombre cívico. Allí vivía con su otro criado Djami. Él que despreció la vida familiar en sus malas acciones, pensamientos y en cartas volvía a su familia, aunque mantiene su espíritu vagabundo: “…no quisiera vagabundear en la miseria; me gustaría disponer de una renta de algunos miles de francos y pasar el año en dos o tres sitios distintos, viviendo modestamente y haciendo pequeños negocios para pagar mis gastos. Porque vivir permanentemente en el mismo sitio es algo que siempre me parecerá triste”.

El poeta abandonó Harar en abril de 1891; allí no existían médicos. Iba con la rodilla de su pierna derecha hinchada, desde una tienda vigilaba a sus empleados. Con la pierna rígida dieciséis porteadores lo llevaron a Zeila unos 300 kilómetros. Debió vender con grandes pérdidas su negocio. Debido a su estado de salud en Adén fue repatriado, vivía su Temporada en el infierno. En Marsella le fue amputada su pierna.

En Rimbaud se conjuga el arquetipo del poeta maldito, de quien rompe con la sociedad y todo tipo de dictaduras morales. Pero leyendo su biografía, sabemos lo inescrupuloso que se volvió. Ya había roto con todo mundo y sólo tenía a su familia como forma de pedir ayuda.

Burton fue un explorador y una suerte de vagabundo hacia los países orientales lejanos de Europa. En él se encarna el exotismo como manera de viajar y relatar la experiencia de sus viajes. Rimbaud deambuló por las campiñas cercanas y caminó no sólo dentro del territorio francés, por Europa, Inglaterra, Bélgica, Alemania hasta exilarse en África. Burton después de cada viaje escribió sus experiencias. Rimbaud, lo había previsto en su Temporada en el Infierno, luego abandona la poesía, sólo escribe cartas a algunos familiares.

Dos vidas paralelas en muchos sentidos, la pasión por los viajes, la sed y hambre de aventuras. Más viajero Burton, más poeta Rimbaud, coincidieron en algún momento transitorio, pero lejano en una misma ciudad mítica y sagrada pero nada extraordinaria. Burton era explorador, viaja y espía para la Compañía de las Indias Orientales, pero también para abrir Oriente a los negocios ingleses. Rimbaud después de escribir su poesía pasmosa, huye. ¿Por qué huye Rimbaud y abandona la poesía? ¿Sabía Rimbaud, en su viaje a Inglaterra, de las hazañas de Burton y deseara imitarlo? Es posible.

Bibliografía:

Rice, Edward. El capitán Richard F. Burton. Traducción de Miguel Martínez-Lage. Ediciones Siruela, 3, 1993, Madrid.

Starkie, Enid. Arthur Rimbaud. Traducción de José Luis López Muñoz. Ediciones Siruela, 1989, Madrid.

Ensayo enviado por el autor a Literariedad.


Víctor Bustamante* Víctor Bustamante. Escritor colombiano (Barbosa, Antioquia, 1954). Economista de la Universidad de Medellín. Ha sido colaborador de El Imaginario del periódico El Mundo de Medellín, de La Nación de Buenos Aires, de las revistas Interregno, Susurros, Universidad de Antioquia, Universidad Nacional, Kinetoscopio, Vapores Deliciosos de Argentina, Palavreiros de Brasil, Portal de Poesía, El escribidor, Balvarera, Oxigen de España y Letralia de Venezuela. Director de la revista Babel, del periódico escolar El Pájaro Picón, de la revista de poesía Los Papeles de Babel y del pasquín satírico literario El Perro Rabioso. Autor de Luis Tejada: una crónica para el cronista (1994); Noticias de Pedro II, El Papa de Barbosa (1995); Amábamos tanto la Revolución (1999); Historia del estadio (2001); Darío Lemos, cuando el poeta muere (2008).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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