La voluntad de seducir

«En el caso de las adaptaciones es básico no tener nunca miedo a traicionar la obra. Es importante buscar lo que a cada uno le gusta, hacerlo suyo, y a partir de aquí, crear».
«En el caso de las adaptaciones es básico no tener nunca miedo a traicionar la obra. Es importante buscar lo que a cada uno le gusta, hacerlo suyo, y a partir de aquí, crear». François Ozon.

Por: Juan Guillermo Ramírez

De mujeres, sensualidad y misterio

Intentar escribir sobre la filmografía de François Ozon es una tarea tan interesante como ardua, en virtud de lo heterogéneo de sus producciones. Se hizo conocido cuando se estrenó Gotas que Caen Sobre Rocas Calientes, ambiciosa adaptación de una casi desconocida obra teatral de Rainer Werner Fassbinder, primera efectuada por un director francés, film claustrofóbico, provocador, marginal. Allí, Franz y Leopold entablan una relación amorosa que comienza por la seducción de este último (un hombre maduro, frente a la juventud de Franz), hasta que consigue su misión; a partir de allí lo que vemos son las relaciones de poder entre ellos, las demandas de afecto y consideración de Franz, y el desinterés de Leopold, aburrido quizás por haber llegado a su meta. Gotas… tiene esa mezcla de patetismo melodramático con un humor sórdido, molesto, combinación que llega a su máxima expresión cuando bailan de manera coreográfica un tema de Rafaela Carrá. Es esa escena precisamente la que marca un quiebre –otro- en el lenguaje empleado hasta allí; aunque, mantiene el clima de interpelación constante al espectador sobre lo que llega desde la pantalla. Franz recibe la visita de su novia (Ludivigne Sagnier, actriz fetiche del director, quien pasa de ingenua niña enamorada de su novio inexperto, a la femme fatale que destila erotismo alrededor de La Piscina), mientras que Leopold la de Vera, extraño personaje que por amor se sometió a una operación de cambio de sexo, sin que esto fuera suficiente para conservar el amor de su prometido. Si todo esto a alguien le parece un disparate insostenible cae en un grave error: las situaciones son insostenibles, y llegan al límite, pero aquí no hay ningún disparate… son situaciones cotidianas (¿quién no sufrió las dificultades de la vida en pareja?) vividas por personajes en desdicha con identidades mutables, persiguiendo un amor que paradójicamente hacen parecer inexistente.

Le siguió Bajo la Arena, cuarto largometraje en la carrera de un joven director nacido en París hace apenas 39 años. Esta vez las escenas se desarrollan en una paradisíaca playa desierta en Francia, lugar al que llegan Marie y Jean, un matrimonio que orilla los sesenta. La cámara toma el trayecto en auto de la ciudad a las afueras, mostrando a través de plano y contraplano los diferentes ejes, y cómo alternan las posiciones dentro del coche. Todo esto acompañado de un silencio que denota un entendimiento superlativo, rutinario, un conocimiento de muchos años de relación en una díada que nunca se vio alterada por la llegada de los hijos. Jean y Marie van a disfrutar de la playa; él le dice que va a darse un chapuzón, y ella se recuesta por unos minutos. Cuando despierta, Jean no está. Desapareció. No hay rastros de él por donde se los busque, y no habrá nunca certezas de su destino. Y se dedicó a mostrar a Marie alucinando la presencia de su esposo, hablando de él en tiempo presente, y hasta comprándole corbatas. La locura desafía a la muerte, y lo hace hasta el último plano de un film oscuro, precioso. La responsabilidad de esta composición cayó sobre Charlotte Rampling, y hay que sacarse el sombrero ante una actuación que difícilmente pueda ser olvidada por cualquiera que haya visto el film. Luminosa y radiante, capaz de transmitir emociones genuinas en cada escena, en cada gesto. Sufrimos con ella, sonreímos cuando ella lo hace, y la acompañamos en esta forzada huída de su rutina: ya no hay cena con fideos para dos, ni una cama ocupada en ambas mitades. La ausencia marca el ritmo del film y es a la vez el motor de Marie en esta sucesión de desventuras a las que tiene que hacer frente. Los quiebres en la narración son, vaya paradoja, una constante en la filmografía de Ozon. En Bajo la Arena no se traducen en coreografías entre los actores, sino a través de la introducción del personaje de la madre de Jean, a quien Marie va a visitar luego de lo sucedido. Este personaje, aterrador, dirá algo que como espectadores podemos intuir pero nunca aceptar: Jean se aburría con Marie, y además “no le había dado hijos”. La empatía con la protagonista es tal que nos sumamos a su negación y no aceptamos una hipótesis como esa; la aborrecemos, no nos resignamos a pensarlo, queremos suponer que a Jean se lo llevó el mar por su impericia. Ozon nos da esa libertad, y la Rampling casi nos lo exige.

Franz, el joven imberbe de rizos como fuego y sonrisa inocente se cruza con Leopold, el maduro agente de seguros que nunca pierde su firmeza y malicia. Ambos consiguen lo que quieren y comienzan este juego de irrefrenable pasión que se domestica a conveniencia, para discernir en cuatro pasos cuánto puede dilatarse una relación.
Franz, el joven imberbe de rizos como fuego y sonrisa inocente se cruza con Leopold, el maduro agente de seguros que nunca pierde su firmeza y malicia. Ambos consiguen lo que quieren y comienzan este juego de irrefrenable pasión que se domestica a conveniencia, para discernir en cuatro pasos cuánto puede dilatarse una relación.

Ahora bien, si en las dos primeras películas con las que conocimos a este director observamos una gran austeridad en lo que a producción se refiere, nada de ello ocurre en su siguiente largometraje, 8 Mujeres. Aquí Ozon lleva al pico máximo su fascinación por el inspirador género femenino, y lo hace reuniendo a las grandes actrices de varias generaciones del cine francés: el cartel lo comparten nada menos que Fanny Ardant, Catherine Deneuve, Emanuelle Beart, Isabelle Huppert, y Ludivigne Sagnier, entre otras. De las muy solitarias playas en las que Marie perdió a Jane volvemos al encierro, esta vez en una mansión parisina, no ya en un departamento como el que vio la tortuosa relación de Leopold y Franz. Todo el glamour que destilan estas mujeres se esparce por una enorme casa ambientada en los años 50, primer homenaje a los melodramas de aquella época como la genial “Imitación de la Vida”, de Douglas Sirk, y nuevo punto de contacto con un director tan particular como el citado Todd Haynes. Comentan que François Ozon es homosexual y que tiene una debilidad por la exaltación del género femenino. El primer detalle es tan trivial que podría haber estado ausente en este recorrido; el segundo es fundamental, y si la puesta en escena de Bajo La Arena permitía emparentar a Charlotte Rampling con la representación más pura de la belleza, ello está exacerbado en 8 Mujeres. El film está único y enteramente interpretado por mujeres. El relato gira en torno a un crimen, y aunque se acerca tanto al policial como al melodrama, nunca abandona los toques de comedia, rasgo que a las películas de Ozon le sienta muy bien. La intención de convocar público a como dé lugar por encima de ofrecer productos de calidad que además inviten a la reflexión y a la interpelación con los espectadores que antes citamos fue el blanco de las críticas que arreciaron sobre la producción, y sobre su director quien dejó de lado cualquier ahorro de recursos de producción, aunque no de ideas y posibilidades de lecturas sobre su obra. Los films sobre mujeres –y éste junto a La Piscina son los máximos exponentes dentro de la filmografía de Ozon- permiten vislumbrar un interjuego entre el papel que los convencionalismos sociales le otorgan al género femenino, y que con mayor o menor resistencia fue aceptado por ellas, y ese espíritu libertario que florece en su interior y que da cuenta de sus verdaderas necesidades. En el plano sexual, donde Ozon se siente como pez en el agua, deja florecer el lesbianismo entre Gaby y Pierrette (Fanny Ardant y Catherine Deneuve), y permite el comportamiento reo, desafiante, y extremadamente sensual de la prostituta Julie, en su obra de reciente estreno en nuestro país. Esta dialéctica posibilita un diálogo constante entre dos representaciones de lo femenino, una aceptada y la otra condenada, una exigida y la otra censurada, ambas debatiéndose un lugar en su discurrir existencial. Ozon las aísla para permitirles fluir… las lleva a una apartada mansión en las afueras de París, o a una bella casa con pileta en un pueblito francés, para permitirles en la interacción una libertad que lógicamente ofrece grandes resistencias para entregarse.

No deja de ser otro misterio en la carrera de un director prolífico, provocador y talentoso. El papel de sus mujeres es una intriga tan grande como los sentimientos de Vera, el paradero de Jean, las intenciones de las glamorosas mujeres y su relación con el crimen, o la fuente de inspiración que Julie representa para la escritora Sara Morton, ella misma sentencia en La Piscina algo que bien podríamos pensar de François Ozon: “cuando una persona te oculta una parte de su vida resulta algo fascinante… y aterrador”.

Sarah Modwell, célebre autora de novelas policiacas, está deprimida. Por consejo de su editor, abandona Londres y sale hacia Francia, a casa de este último en el Luberon. En esa paz, bajo el sol, y en medio de la belleza de este solitario lugar, se siente bien y se pone a escribir, organizando sus días con rituales prefijados en función de la redacción de su nueva novela. Una noche, esa paz se rompe con la llegada, no prevista en el programa, de Julie, la hija francesa del editor. Esta interrupción contraría enormemente a la novelista en su proyecto, dado que el ritmo y estilo desenfrenado de la joven choca con el suyo, austero y ascético. Los conflictos interiores de una escritora de best-sellers y el choque generacional con la voluptuosa sexualidad de la hija de su editor, con la que comparte vacaciones en Francia, construyen una tensa relación de atracción, admiración y envidias que es trazada por Ozon con ductilidad visual, con matización de los diálogos y con profundas connotaciones que crean un ambiente enfermizo y concupiscente, que reclama la sexualidad como elemento indispensable del bienestar humano. Con un ritmo de lenta precipitación de cada acontecimiento, con unas interpretaciones excepcionales, la película avanza con solidez monolítica hasta que se produce un giro en la trama que dinamita la sofisticación y la elegancia con un frenesí que incluye reflexiones e introduce truculencias que establecen una ruptura. Ozon fuerza esta vez, y no ejecuta con la suavidad de Bajo la arena, la aparición de un final abierto a una poliédrica interpretación, pero en esta ocasión hace un uso de la ambigüedad muy borroso, sin que se dirija hacia ninguna conclusión que haga encajar todas las piezas con coherencia. Llevado por la voluntad de sorprender y fascinar, introduce elementos surrealistas que conforman una trampa poco convincente.

«Poso las manos en la arena, miles de granos bailan entre mis dedos y pienso en todo lo que tengo, todo lo que soy y también en lo que he perdido. En todas esas personas que a lo largo de los años se han marchado tanto de mi vida como de la terrenal».
«Poso las manos en la arena, miles de granos bailan entre mis dedos y pienso en todo lo que tengo, todo lo que soy y también en lo que he perdido. En todas esas personas que a lo largo de los años se han marchado tanto de mi vida como de la terrenal».

También sobresale la imagen permanente de la gran Charlotte Rampling, quien en toda la plenitud de su madurez sigue gozando de una presencia impresionante, un profesionalismo maestro y un cuerpo admirable. Ella es Sarah Morton, una famosa escritora inglesa de policiales, exitosa en las ventas pero infeliz en su vida rutinaria y sin sentido junto a un padre anciano, y encuentra refugio en el alcohol y en cierta voracidad apenas reprimida. Sarah tampoco está conforme con la relación que sostiene con su editor (Charles Dance, siempre correcto), ocupado con los nuevos autores jóvenes, con quien ella desearía una relación más que profesional. Para ayudarla a salir de su estado depresivo, este editor le ofrece su casa francesa en un rincón de la Provence, donde podrá gozar del sol y tal vez recuperar la fluidez que ha perdido. En efecto, allí Sarah comienza a escribir una nueva aventura de su habitual detective hasta que su pacífica soledad es interrumpida por la sorpresiva llegada de la fogosa Julia, hija del dueño de casa, con quien no tendrá más opción que compartir mansión, jardín y piscina. Rampling demuestra una vez más ser fetiche del paso del tiempo, y sigue floreciendo en plena madurez. Su rostro va transmutando según la influencia que el ambiente va operando en ella, purificándose igual que el agua de la piscina va cambiando desde la suciedad inicial hasta llegar al estado cristalino final. Y no sólo su expresión se transforma: Ozon se muestra muy cercano a la sensibilidad de sus personajes y, enamorado de ella, filma su cuerpo y la edad de su rostro, magistralmente, hasta llegar al desnudo que la actriz sobrelleva magníficamente.

La historia irá evolucionando hacia el thriller a la Chabrol hasta desembocar en el orden de lo psicológico y hasta lo fantasmagórico. Nada resulta lo que parecía: se produce un cruce ambiguo entre lo real y lo virtual, en una serie de pliegues y desplazamientos. Sobran los indicios: la profusión de imágenes reflejadas en los espejos, en los vidrios de las ventanas, y el leitmotiv de las manos de la escritora tipiando su novela indican que la realidad es polifacética y nunca sabremos de qué lado del espejo estamos. Ozon es un maestro en la creación de atmósferas y climas psicológicos, pero da una doble vuelta de tuerca final que no convence narrativamente y apenas opera como disparador para las posibles interpretaciones de la platea. A pesar de que en La piscina se tocan muchos temas: la vejez y sus consecuencias, la represión sexual y afectiva, las apariencias, el sexo como generador de felicidad, el tema principal de la película es el proceso creativo de una escritora. Y Ozon, con la inestimable ayuda de Charlotte Rampling, lo lleva a la pantalla de forma magistral. Adaptando el ritmo de la acción al del proceso creativo -lento y cadencioso al principio, acelerado, e incluso atropellado, al final- Ozon logra que el espectador esté tan fascinado con la historia que contempla como lo está Charlotte Rampling con la exuberante y promiscua Ludivine Sagnier. Ozon plantea un juego clásico de opuestos para ambas mujeres: una veterana, puritana y sin mucha agitación en su vida y otra joven, llena de vitalidad y desenfado. La química entre los personajes se genera con las miradas, en ambientes sugerentes: la utilización de la luz, los espejos y reflejos. Elementos rodeados de una casa misteriosa, mucha sensualidad y asesinatos inesperados, elementos infaltables, curiosamente, en una novela policíaca que la protagonista trata de no escribir. “Haz lo que sabes hacer: sexo, sangre y misterio” dice el responsable de la editorial a Sarah, en una punzante crítica a ese mundo, claramente personalizada en el editor. Es claro, que la piscina juega el rol clave en el film. Es el elemento erótico, el cual al principio aparece cubierto de hojas y descuidado, y que al final luce la cristalinidad de sus aguas. Este proceso de “limpieza” es el mismo que sufre la protagonista: un despertar de los deseos, encender un sector de la mente que estaba en desuso, corriendo el telón negro (el de la piscina, quizás) que separaba el ambiente frío de las novelas sobre muerte y misterio, hacia las historias de erotismo y deseo que ella misma está protagonizando.

Una escritora británica autora de libros de misterio y novelas policiacas, viaja de Londres al sur de Francia, para pasar unos días en casa de su editor, con la intención de descansar y encontrar inspiración para su nueva novela. Allí conoce a la atractiva y poco convencional hija adolescente de su anfitrión.
Una escritora británica autora de libros de misterio y novelas policiacas, viaja de Londres al sur de Francia, para pasar unos días en casa de su editor, con la intención de descansar y encontrar inspiración para su nueva novela. Allí conoce a la atractiva y poco convencional hija adolescente de su anfitrión.

Gran promesa del cine europeo, capaz de ser intenso, reposado, volcánico o, por el contrario, ceder a la banalidad más deliciosa, François Ozon sigue puliendo su estilo cinematográfico y ofreciéndonos momentos de buen cine en películas que, como en esta La piscina, habla con un lenguaje hermoso, con una sensibilidad extrema y nos devuelven el placer del cine introspectivo, del retrato moldeado y exhaustivo de la personalidad humana. Heredero diluido pero aun así notable de Bergman, Ozon construye un encuentro con el ego, con la frustración y el deseo como ya lo hiciera el maestro sueco en su colosal Persona. Situada en una casa de verano, el director explora los recónditos mundos del espíritu femenino y establece un juego de reflejos y paralelismos, de proyecciones e influencias que nos regalan una virtud cinematográfica y de magnífica composición literaria de los personajes. Los conflictos interiores de una escritora de best-sellers y el choque generacional con la voluptuosa sexualidad de la hija de su editor, con la que comparte vacaciones en Francia, construyen una tensa relación de atracción, admiración y envidias que es trazada por Ozon con ductilidad visual, con matización de los diálogos y con profundas connotaciones que crean un ambiente enfermizo y concupiscente, que reclama la sexualidad como elemento indispensable del bienestar humano. Con un ritmo de lenta precipitación de cada acontecimiento, con unas interpretaciones excepcionales, la película avanza con solidez monolítica hasta que, por desgracia, se produce un innecesario y muy negativo giro en la trama que dinamita la sofisticación y la elegancia anterior con un frenesí que, pese a incluir todavía reflexiones de sumo interés, pierde el sentido de la narración e introduce truculencias que establecen una ruptura tan brutal que el espectador cree haber comenzado una cinta distinta y pierde el interés en la historia, se siente estafado. Ozon fuerza esta vez, y no ejecuta con la suavidad de Bajo la arena, la aparición de un final abierto a una poliédrica interpretación, pero en esta ocasión hace un uso de la ambigüedad muy borroso, sin que se dirija hacia ninguna conclusión que haga encajar todas las piezas con coherencia. Llevado por la voluntad de sorprender y fascinar, introduce elementos estrambóticos, desquiciados y surrealistas que conforman una trampa por desgracia muy poco convincente.

Atracción y rechazo

No puede ser fácil la convivencia entre las dos, porque una, la novelista, sólo ha aceptado instalarse en la residencia de verano de su editor inglés para hallar quietud y concentrarse en la escritura de un nuevo libro, y la otra, hija del dueño de casa, llega imprevistamente para pasar unos días de vacaciones, lo que incluye tardes de sol y piscina, música a todo volumen, alcohol, marihuana y desfile de amigos ocasionales. La conducta de una perturba a la otra, claro, pero también enciende su curiosidad. Sólo falta que entre en escena el indispensable tercero para que las tensiones se intensifiquen, el aire se cargue de energía erótica y se llegue hasta el crimen y la complicidad. Ozon no les teme a los clisés (no faltan el viejo jardinero sumiso ni el apuesto galán de provincias cuya presencia exacerba el deseo femenino); tampoco se preocupa demasiado por la falta de rigor a la hora de sazonar la historia con elementos presuntamente intrigantes o trampitas maliciosas (la intempestiva reacción de la deforme hija del jardinero, el recelo de éste cuando descubre tierra recién removida, el improbable remate de esa situación en la cama de la protagonista). Lo importante es que la atención se mantenga firme, que el espectador se sienta tentado a buscar la explicación de cada pista y que por todos lados se cuele una engatusadora ambigüedad perversa.

No que haya nada malo en permitirse la práctica (a quien no le satisface los placeres culpables), pero hace falta más que una excusa para adentrarse en la psicología de un film donde los personajes se manipulan a sí mismos. O por lo menos así lo diría Agatha Christie o Patricia Highmisth, la autora de The talented Mr. Ripley. Y es que esta película basa su personaje principal en el cliché de la “autora de novelas de misterio inglesa” en la que ambas escritoras pudiesen estar incluidas. Rampling es Sarah Morton, reprimida y arrugada, con necesidad de una buena atención carnal. La busca en su director, John Bosload (interpretado con “Charm Dandy” setentoso por Charles Dance) y él la desvía a la campaña francesa, a su casa de campo, donde puede descansar y aguardar su visita. En vez del padre llega la hija, Julie, a perturbar la paz que la escritora buscaba. Luvidine Sagnier sorprende a todo el mundo reinventándose como la nueva reencarnación del objeto del deseo francés, en la tradición de Brigitte Bardot, Isabelle Adjani y compañía. Julie da rienda suelta a su imaginación y al resto de sus ropas en la piscina, aludiendo a la metáfora de las secreciones reprimidas a punto de explotar que representa la escritora.

Cuando el amor va de retro

Se permite elaborar una extravagancia donde igual caben muerte, traición, chantaje, seducción, represión, engaño, humor negro, música, canto y baile. Pero ¿cómo estos factores pueden conjuntarse en una sola anécdota y dentro de una misma película?
Se permite elaborar una extravagancia donde igual caben muerte, traición, chantaje, seducción, represión, engaño, humor negro, música, canto y baile. Pero ¿cómo estos factores pueden conjuntarse en una sola anécdota y dentro de una misma película?

Desde hace algunos años, se han visto en la pantalla particiones en la narración fílmica como Traición con David Hugh Jones, Memento de Christopher Nolan, Irreversible de Gaspar Noé y 5X2 de François Ozon. En esta última, Gilles y Marion, esta pareja de identidades, importa poco. La cinta los ausculta y ellos son los arquetipos del hombre y  de la mujer y no de los personajes que encarnan. Filmada y editada a la inversa, el comienzo corresponde a la ruptura y el fin al encuentro; es toda una curiosidad.

5x2, película incorrecta si la hay; nada parece conducir a la estabilidad. Ni siquiera el adulterio final en las vacaciones conduce, a través de la normalización por la sagrada familia, a la felicidad.
5×2, película incorrecta si la hay; nada parece conducir a la estabilidad. Ni siquiera el adulterio final en las vacaciones conduce, a través de la normalización por la sagrada familia, a la felicidad.

5X2 es una búsqueda irreversible, es la sucesión de cinco flashbacks de una vida de dos: divorcio, retrocede: crisis, retrocede: nacimiento del bebé, retrocede: matrimonio, retrocede: encuentro. La astucia que revela esta maquillada tautología es la voluntad de poner en forma la trágica fatalidad de las historias de amor, con la ayuda de un dispositivo narrativo y de una serie de indicios: el dolor de una relación sexual, una aventura de la mujer en plena noche de bodas…, que dejan creer que si la historia hubiera sido narrada al derecho, las conclusiones habría n sido las mismas.

Un hombre y una mujer, cinco momentos íntimos de vida en pareja contados en reversa. Y sale bien librado este brillante ejercicio de estilo, esta crónica de una ruptura anunciada. Comienza con un divorcio en un ambiente bergmaniano –Ozon afirma haberse inspirado en Escenas de la vida conyugal– para terminar en un encuentro lelouchiano: playa y crepúsculo, como en Un hombre y una mujer, y en los entretiempos hay una escena cotidiana –una comida entre amigos-, un nacimiento y un matrimonio.

¿Por qué se ama? ¿Por qué se abandona? ¿Qué permanece de una historia de amor? ¿El comienzo siempre es encantador y el final miserable? Como ha sido costumbre en su filmografía, Ozon no responde las preguntas que insinúa. Ozon, con su 5X2 sigue fiel a su estilo ecléctico y desconcertante, que cambia de filme en filme, y a su natural inclinación a vampirizar materiales ajenos hasta hacerlos propios.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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