Patrick Deville: tras las huellas de un imperio ─ Pablo Montoya

Patrick Deville. (Foto: hermite-critique-litteraire.com).
Patrick Deville. (Foto: hermite-critique-litteraire.com).

Por: Pablo Montoya

Patrick Deville es uno de los escritores más interesantes de la actual literatura francesa. Su mundo narrativo, particularmente el que tratan sus dos últimas novelas (Kampuchéa y Peste y cólera, laureadas respectivamente en 2011 y 2012 por la revista Lire y el prestigioso premio Femina) lo demuestran con amplitud.

Provisto de una prosa sobria y al mismo tiempo exquisita, Deville ausculta el pasado de la Francia imperial en las regiones que durante un tiempo fueron llamadas Indochina, y que hoy conocemos como Camboya, Vietnam, Laos, Tailandia y Birmania. Un pasado que abarca casi un siglo y medio, desde 1860, año en que el entomólogo Henri Mouhot descubre las grandiosas ruinas de Ankor, hasta la primera década del siglo XXI en la que se realizan los juicios internacionales a los dirigentes de los Jemeres Rojos.

Este periplo Deville, o un narrador que podría ser su alter ego, lo realiza con una intensidad tal que en ella el abanico de las consideraciones se despliega de una manera compleja y magnífica. El narrador se estremece ante atmósferas esplendidas por su naturaleza tropical. Celebra las jornadas arqueológicas, científicas y literarias en las que son protagonistas un manojo de aventureros franceses. Y  allí sobresalen Pierre Loti, André Malraux, Henri Mouhot, Francis Garnier, Auguste Pavie, Arthur Rimbaud y Alexandre Yersin. Pero también se registra el horror de la historia dejado por las continuas guerras civiles, por las intervenciones de los imperios de Occidente y los regímenes comunistas de perfil campesino. Por esto mismo, la empresa de Deville en Kampuchéa y Peste y cólera deja en el lector una sensación antagónica: por un lado, se asiste al lado oscuro de la colonización y, por el otro, entramos a su vertiente luminosa.

En Kampuchéa, tal vez su novela más ambiciosa, aparece el centro siniestro de ese pasado que Deville indaga utilizando diversas formas literarias. En ellas predominan la reflexión ensayística, el relato de viaje y el reportaje periodístico enraizados todos en un lenguaje de altos matices estéticos. De hecho, este ir tras las huellas de un imperio y sus antiguas colonias, vueltas hoy naciones, es memorable no solo por el manejo de la información histórica y esta afortunada mixtura de géneros, sino porque la palabra de Deville es concisa y a la vez poética.

En rigor, Kampuchéa es un diálogo con la historia de Camboya. Un seguimiento de esa relación apasionada pero conflictiva establecida entre este país y Francia. Una especie de novela de aventuras sin ficción, como define su escritura el mismo Deville. Hay un buen espacio dedicado a los avatares de algunos escritores que fueron a calmar su sed de lo lejano, a saquear mezquitas y templos budistas y a escribir sus grandes libros. Y ahí están Pierre Loti con Un peregrino en Ankor y André Malraux con La vía real. El narrador de la novela utiliza fragmentos de estas vidas y estas obras para orientarse en un camino que tiene como núcleo crucial la alucinante y agresiva historia de Pol Pot y los Jemeres Rojos.

“¿Cómo estas regiones de belleza absoluta, se pregunta el narrador de Deville, han podido bascular en el horror?” No hay una respuesta definitiva a esta pregunta en Kampuchéa. Más bien lo que propone Deville es un tránsito que desemboca, por un lado, en una historia que tiene como pilar esencial el París de las exposiciones universales, la universidad de la Sorbona y los cafés y restaurantes de Saint Germain. Y, por otro, en ese grupo de intelectuales camboyanos que, educados en este mismo centro cultural, y orientados por las divisas del Partido Comunista Francés, lograron instalar una utopía sombría en su país. Una utopía nutrida con un menjurje de principios marxistas, leninistas, maoístas y budistas. Ahora bien, ¿cuál fue el resultado de esta confluencia ideológica? Un régimen sui generis. Tal vez la revolución más pura y extrema de todas las hasta ahora existentes. Una utopía primitiva que destruyó literalmente el dinero, prohibió la educación de las escuelas, colegios y universidades y logró aislar a Camboya durante años del mundo. Un pueblo liberado de propiedad privada y cines, de librerías y restaurantes, de hospitales y comerciantes, de automóviles y cosméticos, de correo y teléfono, de estudiantes y maestros, habría de verse, finalmente, llevado a la apoteosis de un espantoso crimen colectivo. Cerca de dos millones de muertos y Camboya convertida en un gigantesco campo de concentración.

Pero si en Kampuchéa se traza el derrotero con una suerte de ironía melancólica, Deville muestra la otra cara del proyecto imperialista en Peste y Cólera. En esta novela levanta un conmovedor homenaje a ese grupo de aventureros de la salud, a esos santos del positivismo, la ciencia y el progreso, que llevaron desde París al mundo de las colonias sus valiosos descubrimientos. Con la llegada del invasor y sus ejércitos y los aparatos burocráticos del sometimiento, iban también aquellos sabios médicos para proteger a la desamparada humanidad del flagelo de las enfermedades.

La figura principal de Peste y cólera es Alexandre Yersin. Suizo de nacimiento, de formación médica alemana y nacionalizado en Francia, en donde colaboró directamente con el equipo de trabajo de Louis Pasteur, Yersin se conoce en principio por haber descubierto el bacilo de la peste en Hong Kong y haber logrado su respectiva vacuna. La novela, por supuesto, no se contenta con recrear los pormenores de esta proeza que se debe a la genialidad de Yersin y al azar. Sigue, más bien, los riquísimos meandros de la vida de un personaje que esperaba desde hacía tiempo -acaso desde los días en que Camus escribió La peste y Céline su Semmelweis– un alto lugar en la literatura francesa.

Yersin es uno de esos hombres emblemáticos seguidos por Deville. Una existencia anclada en una curiosidad infatigable y en una voluntaria ausencia del descanso intelectual. Nada de nomadismo en este esculapio bacteriólogo que fue también, y con la misma intensidad, explorador geográfico, botánico, fotógrafo, astrónomo y mecánico automotriz. Tampoco ningún deseo de gloria y de reconocimientos prestigiosos. Yersin, que tenía asegurado su porvenir en las academias científicas de Francia, conoce el mar a los veintiséis años y su vida cambia completamente. Entonces, paradigmático hombre solar, se hundirá en la aventura de los pontos hasta que encuentra un paraíso en donde quedarse. Este se sitúa en el Nha Trang, en el actual Vietnam. Ninguna mujer, salvo su madre y su hermana con quienes se cartea durante años, en esta vida única. Un hombre cuya felicidad residió en la práctica de un celibato liberador y una entrega no solo al servicio de los otros, sino al cultivo de una soledad que también tuvo sus largos periodos contemplativos. Porque el genio, como lo dice Deville, siempre está solo en el fondo.

Yersin vive más de cincuenta años en su edén encontrado y, buen discípulo del Cándido de Voltaire, hallará en esas tierras deslumbrantes el sabor de la felicidad. Esa que consiste en no ocuparse del bullicio de las grandes ciudades, en no perseguir la celebridad en medio de espesas capillas y conciliábulos falaces, en estar ajeno a las trifulcas bélicas del mundo europeo y concentrarse sobre todo  en cultivar su propio jardín. Yersin muere a la edad de ochenta años, cuando se cernía sobre la Indochina francesa el fantasma de la Segunda Guerra Mundial. En la novela Yersin muere sosegado frente al mar. Y el narrador de Deville que lo ha seguido minuciosamente en todos sus desplazamientos, no cede a la tentación de contarle lo que habrá de suceder con esas tierras asiáticas. No le dirá una palabra sobre Pol Pot y los Jémeres Rojos, sobre la guerra del Vietnam y los bombardeos norteamericanos y la caída en serie de los comunismos del Este. Tampoco le contará que Francia ahora vive de la nostalgia de ese pasado exótico y turbulento en la que algunos de sus hombres, y Deville quizás sea uno de ellos, siguen soñando con ver la estrella del crepúsculo suspendida sobre las ardientes tierras del extremo Oriente.

Pablo Montoya


Aquí más textos de Pablo Montoya en Literariedad.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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