La última luz de la infancia

Las prisas del instante - Federico Díaz-Granados

Por: Albeiro Montoya Guiral

No solo en las fotografías se rehúsan a morir los niños que fuimos. En la mirada del amante o del asesino, de la mujer que busca en los edificios la mirada furtiva de quien la sigue mientras se pierde por la calle, en la repentina soledad de quien sorprende en la lluvia unas queridas manos que vuelven de la muerte para acariciarlo, en la persona que escucha caer la irremediable tierra sobre su féretro, está la niñez, sobreviviente de sí misma.

El poeta la encuentra en su cotidianidad mientras hojea un libro, o degusta un café atardecido, y reconoce en ese hallazgo su salvación. En Las prisas del instante Federico Díaz-Granados deja constancia de su inigualable destreza en el antiguo arte de vencer el tiempo.

Retrata los instantes, fotógrafo de la palabra, se interpone entre el milagro y su extinción para capturar su esencia. Adiestra los objetos para que participen del poema, para que a su lado en la imagen parezcan cantar. No hay algo de esa vieja habitación del olvido que se quede por fuera de sus versos: el rumor del cinematógrafo, poético en sí, las primeras palabras de la radio en la casa, el gesto inicial en que el padre empezó a sospechar la asombrosa similitud con el hijo. Y el fútbol, su nostalgia de voces y gritos mojados. Todo, menos la desesperanza, tiene cabida en el poema.

Aparece, sí, el rostro de la derrota: «No hay a quién darle cuenta de un tiempo envejecido/ y a quién narrarle los adioses/ o las preguntas que nos hacen fugaces» (Noticias de este tiempo). Sabe Federico Díaz-Granados que el oficio del poeta, por no tener un receptor en especial, es el de la derrota. Cantar por cantar, ¿hay mayor derrota que esta? Y al mismo tiempo, ¿hay algo más sublime?

Parece Las prisas del instante escrito por un poeta de otro tiempo. Por un hombre que lo ha vivido todo y cada vez que lo cuenta revive sus pasos. Estamos ante el diario de un mago que no desvela sus secretos, ante un libro que habla con una antigua pero conocida voz desde el fondo de un aljibe a fin de llamar la atención del amor, ese desprevenido transeúnte.

Al entrar en sus páginas presenciamos la noche en que la madre entra al cuarto y se despide del niño, en silencio, y vemos, prodigio que nos apresa, cómo apaga para siempre, «la última luz de la infancia».

Federico Díaz-Granados, Las prisas del instante, Visor Libros.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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