Unción de un pez inmortal

Pezríoluna, Martín Echeverría

Por: Albeiro Montoya Guiral


en este puerto anclado en la niebla

se le teme más a vivir

que a morir

El agua del poema lleva un pez que es la luna y el río. El poeta es todos los seres y ninguno. Tal vez Martín Echeverría en este bello libro se asume «uno con todo lo viviente» como Hölderlin en Hiperión, o como Borges, en La forma de la espada: «Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. (…) Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres…».

Un enjambre de ojos nocturnos, un aullido atemporal, lo acechan. Lo aguardan una piedra estelar, un árbol por cuyas hojas sopla lo eterno, el humo de la evocación, antes de romper la espuma del sueño con su balsa: «Me dejo caer hacia arriba/ por el plenilunio entre mis sienes/ sediento…». Sabe que el cauce va a la muerte pero él es también el cauce y la muerte. No existe el miedo en Pezríoluna ni la desesperanza; lo habitan la luz cegadora de trascendencia en las cosas, lo atávico donde se conjura la lluvia en el patio del cielo «para que dios aprenda/ la soledad de uno». Porque aquella inmensa soledad de la vida la entiende Echeverría como un fluir sin tiempo donde naufragamos, o nos llevan los remos hasta la muerte que no es otra cosa que un sumergirse en la infancia: «el hombre se recuesta en el niño/ que ya es aquel río sobre el río/ donde la poesía/ moja sus pies». La poesía no tiene tiempo, por consiguiente el poeta asciende, se aleja con tranquilidad, con el lomo plateado por la luz de la noche. El río es el poeta que regresa a su nacimiento. Es el infinito.

Del mismo modo en Pezríoluna tienen cabida los huérfanos de país, los invisibles, quienes «no saben/ llenar la soledad de las tripas/ con una bandera», quienes, cansados de esperar recurren al poeta y son bien acogidos, pues Martín Echeverría reinventó «el sonido de las olas» para que los pescadores que somos todos tuviéramos algo que llevar a la mesa «con cebolla frita/ y sal apenas». El jardín perdido y custodiado con enfado apoteósico, lo que no sacia una nación, lo que es de todos y está preso, lo que nació con nosotros y lo robaron, lo restituye la poesía.

Y al fin el poeta encuentra su hogar, la serena corriente bajo las rocas, el temblor de las algas enamoradas. Satisfecho de haber fundado Pezríoluna, de haber inaugurado un mito, de sembrar un nuevo germen de vida, de abrir las manos para que comamos el fuego de la primera hoguera, se suspende en el agua y se entrega al merecido descanso. Sin embargo volverá a cantar cuando sea violentada la belleza, cada vez que se pronuncie una palabra en contra del amor o que una mano se mueva para provocar el llanto. «Al final de todas las lunas de un río/ un pez contempla».

Reseña sobre Pezríoluna de Martín Echeverría, El Mono Armado Ediciones, Buenos Aires, 2015.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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