Cabaret Grotesque: ficción y exhibicionismo

Cabaret Grotesque. Esta es mi vida: ficciones para ser una diva. Nayla Adalid. Drag Queen Performer. SALAestrecha. Pereira, 24 de abril de 2015.

Nayla Adalid: Drag. Foto: Alejandro Garcés TusTa, 2011, tomada de gabbymaeche.wix.com.
Nayla Adalid: Drag. Foto: Alejandro Garcés TusTa, 2011, tomada de gabbymaeche.wix.com.

Por: Camilo Alzate

Nayla Adalid es una Drag Queen con antojos -¿cuál no los tiene?- de diva. Una buena mañana de resaca ve invadido el patio de su casa por un grupo de periodistas (los espectadores) que se convierten en la oportunidad buscada, el momento perfecto, el escándalo mediático hacia la fama y la consagración. Aprovechando los intrusos Nayla se exhibe y se pavonea entre la ropa colgada al sol, luce sus vestidos, se prueba las pelucas y agita sus pestañas de plástico. Canta tres, cuatro canciones de Sarita Montiel entusada, o de cualquier otra delicia arcaica por el estilo, y nos revela algo muy importante: ella fue candidata para la alcaldía de Pereira bajo el eslogan “por una ciudad con criterio estético”. Bien interesante eso de que un Drag Queen le quiera dar lecciones de buen gusto y gobierno a los machitos de la política local.

Así, a trazos gruesos, el monólogo “Esta es mi vida: ficciones para ser una diva” pareciera provisto de un argumento seductor e insuperable, con una protagonista sugestiva desde el primer paso en el escenario, abordando un asunto que promete disputa.

Pero de la idea original al desenvolvimiento falta el trecho arduo de la puesta en escena. En ese trecho algo sucede, y lentamente, la representación se torna inofensiva, por ratos sosa, por ratos apasionante, nunca tensa, nunca explosiva como se avizoraba, hasta desvanecerse sin desarrollar conflicto alguno. Tengo que admitir que la propuesta es novedosa y quizá sea mi gusto conservador en materia de estructura narrativa el culpable de que no logre compenetrarme con la historia. Será una impresión subjetiva y personal; creo que la falencia queda en intentar una miscelánea difícil de teatro convencional con un performance muy situacional, que aprovecha para improvisar según la circunstancia, no siempre con éxito. En ese híbrido se pierde la coherencia del guión que podría aprovechar mejor la idea original, y por desgracia tampoco se logra la espontaneidad y catarsis del performance. El personaje se debate en medio. Uno sospecha que más que un personaje es una persona improvisando al frente, disertando sobre su condición, su oficio y su vida, aunque a ratos falte convencimiento. En últimas, es un acto de exhibicionismo por el atajo de la ficción.

De allí entonces que los cuadros de danza sean excepcionales y bien logrados, los cuadros de canto sean buenos (algo recargados y monocordes), y los cuadros de parlamento no alcancen más allá de ciertos estereotipos y chistes fáciles.

Aunque la obra me parece valiosa, hay algo que me molesta en el tratamiento del tema. Me queda el sabor, muy entre bastidores, que la homosexualidad se concibe como algo risible y burlesco, y que todavía no estamos preparados para ver personajes homoeróticos sin que la representación consiga sacarse esos estereotipos de suciedad pecaminosa,  de franca decadencia y de amaneramientos grotescos, al hilo de la retahíla de prejuicios existentes sobre el asunto.


Camilo Alzate – @camilagroso.

Más textos del autor aquí.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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