Aquel que llegó al final del último camino

Del desierto. Dramaturgia de César David Salazar Jiménez. SALAestrecha, Pereira, 2015.

Ilustración de Ana María Lagos para
Ilustración de Ana María Lagos para “Del desierto”. Pereira, 2015.

Este es aquel que llegó al final del último camino

Y que vuelve quizás con otro paso

Hago al andar el ruido de la muerte. Vicente Huidobro.

 

El fracaso es un tema que nunca deja en paz la dramaturgia de César David Salazar Jiménez, sin tratarse de un capricho, tiene visos de una obsesión con una raigambre muy profunda. ¿Qué es fracasar? ¿Elegimos el fracaso? ¿Nos elige? Preguntas que también va a plantearnos Del desierto. Un tejido perfecto hecho para ser desgarrado, una dramaturgia que comparte con la poesía la sutileza de arañar lo humano, las fibras que el dolor removió y que nunca se restaurarán, como una campana resquebrajada que pierde la voz en cada toque a difunto. Un monólogo dueño de un ritmo incesante que aprovecha el dialecto del Caribe colombiano, y cuyo trasunto es el de un boxeador que pasa por el ring como por la vida sin pena ni gloria.

Ante todo, Del desierto es el monólogo de quien regresa a morir en su tierra, pero ese anhelado instante se le vuelve esquivo y entonces la vida es una enfermedad peor mientras más se cura. Es el testimonio de quien se asume como perdedor, cuya victoria es la derrota y su mito la huida, es decir, el regreso. Un boxeador que huye del día en que ganó una pelea en la que participaba para hacer lo que mejor sabía: perder. Y al ganar por equivocación, en un nocaut a su destino, debe abandonarlo todo y huir, al sur:

«El sur me agrandaba el mundo, ¿sí me entiende?

Me lo ampliaba a los lados y me abría las selvas, las sierras; y entonces las playas y los océanos quedaban cada vez más lejos…».

Sin embargo, su peregrinaje se vuelve circular y encuentra el mar cada vez que se cree más lejos de él.

El mar no tiene piedad con los derrotados, basta recordar la desaparición del poeta Yannópoulos: después de haber quemado toda su obra, en las cercanías del Eleusis, se abalanza al mar a todo galope en un caballo blanco, y ante la impotencia de hacerlo atravesar las encrestadas olas para suicidarse, se dispara en la cabeza con su revólver. Y es aquí donde se fortalece una de las ideas más bellas del texto: la tremenda certeza de no poder salir de su propia tierra, de no poder concebirla de un modo diferente al lugar donde se quiere caer en la lona las veces que sean necesarias. De seguirla por los caminos con el rabo entre las piernas pese a que nos esté rompiendo la cabeza a pedradas. El lugar para morir viviendo. La dignidad narrativa que veía Faulkner en su pueblo aunque fuera en el mapa más pequeño que un sello postal.

Esta pieza concebida para el teatro podría leerse como un cuento. La construcción de la historia, la autoctonía contenida en las palabras, escogidas al parecer una a una como en casting, el ritmo interno del texto, la poesía tan bien puesta en la prosa como un oasis, así lo demuestran. Del desierto es en mi opinión la obra que mejor recoge todas las preocupaciones del autor. Evidencia su larga y dolorosa gestación, su errabundaje de años mientras la arena del desierto que es el espíritu es dispersada por el paso lejano de «quien nunca supo cómo volver».

Albeiro Montoya Guiral

@amguiral

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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