Censura y autocensura en la literatura contemporánea

De cómo se manifiesta en el campo literario el contundente triunfo del Sistema represor sobre las legítimas aunque débiles fuerzas opositoras.

Heinrich Böll. (Foto tomada detramvayduragi.com).
Heinrich Böll. (Foto tomada de tramvayduragi.com).

Por: Gabriel Álvarez* 

«Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Ángeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía, se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente… ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz por encima de la de los demás?…» A esta cita del autor norteamericano Charles Bukowski (perteneciente al Prólogo de la novela Pregúntale al polvo de John Fante) hay que agregar, como punto de partida de este artículo, la de su compatriota David Foster Wallace en la reseña titulada El Dostoievski de Joseph Frank (incluida en el libro Hablemos de langostas) y la cual señala: «Parte de la explicación de la pobreza temática de nuestra literatura incluye de forma obvia nuestro siglo y nuestra situación. Los viejos modernistas, entre otros logros, elevaron la estética al nivel de la ética —tal vez incluso de la metafísica— y todas las Novelas Serias después de Joyce suelen ser valoradas y estudiadas principalmente por su grado de innovación formal. Tal es el legado modernista que ahora damos por sentado como algo básico: el que la literatura “seria” ha de estar distanciada de la vida real».

Cuando leemos estas citas pareciera ser que, ante la situación planteada, los dos autores coinciden en responsabilizar exclusivamente de tal situación a sus colegas —hombres y mujeres— dedicados a las letras, soslayando así la responsabilidad que de modo más evidente y en mucha mayor medida le corresponde a la industria editorial representada esencialmente por comités y propietarios de la misma. ¿Acaso no son aquéllos y estotros quienes en últimas deciden de un plumazo qué se rechaza y qué se acepta y publica? ¿Acaso no son ellos quienes se encargan de cribar el material que ha de llegar finalmente a las manos de los en su mayoría desprevenidos y engaitados lectores?

Ahora bien, si aceptamos que nos hallamos inmersos en un Sistema (término que el Sistema mismo se ha encargado de desacreditar hasta el punto de convertirlo en «innombrable» en la actualidad so pena, en el caso de que se lo nombre, de ridiculizar a quien lo hace tachándolo de, por ejemplo, «izquierdista trasnochado o pasado de moda») irracional y violento no sólo impuesto sino además administrado con gran eficiencia por ciertas élites económicas, comprenderemos que en el intento de control de nuestras vidas llevado a cabo por aquél (y éstas) los medios de comunicación (mass media) juegan un rol fundamental (tal como lo ha señalado repetidamente y con acierto el lingüista estadounidense Noam Chomsky, entre algunos otros intelectuales que sólo por su enorme prestigio se hacen oír aunque de forma no muy extendida y con fuerte oposición del establishment y escasa repercusión entre el gran público, por lo demás). La industria editorial hace pues parte del Sistema, y no son pocas sino más bien innumerables las ocasiones en que los autores de ficciones disidentes, críticas o abiertamente contrarias al estado de cosas actual reciben por contestación al envío de sus manuscritos un clamoroso silencio o —en el casi improbable hecho de que se les conteste— breves y tajantes formulismos del tipo: «Lamentablemente su obra no se ajusta al perfil de los textos que estamos editando, y por esta razón, el Comité Editorial no ha considerado oportuna su publicación».

De este modo la industria editorial instaura la censura, su censura particular. Hay pues para ella temas vedados, tanto más si éstos se alejan o no se enmarcan dentro de lo «políticamente correcto», que no es sino otra forma de significar «lo que el Sistema está dispuesto a tolerar —aparentemente— en su contra». Y es así que nada de lo que se publica en la actualidad va realmente en contra del Sistema (caro objetivo alcanzado a través del celebrado pero vacuo Postmodernismo Literario —y asimismo y en mayor medida del Postmodernismo Filosófico— cuyas obras en general no son más que bufonadas acríticas e incluso cínicas, tal como lo subrayan, entre otros, H.C.F. Mansilla en El estilo literario y las prácticas profanas de los postmodernistas y Manuel Álvarez Tardío en La tragedia del postmodernismo), pues (al contrario de lo que aún ocurría —de forma mínima pero significativa, al menos por lo que representan en un Sistema totalitario y cerrado las escasas voces divergentes— en la época en que el pensador Herbert Marcuse redactara su célebre ensayo El hombre unidimensional) la dimensión estética ha perdido ahora —gracias al contundente triunfo del Sistema represor sobre las legítimas aunque débiles fuerzas opositoras— «la libertad de expresión que le permitía al escritor y al artista llamar a los hombres y las cosas por su nombre, nombrando lo que de otra manera es innombrable».

Ante semejante situación, ¿qué les queda a los escritores de hoy por hacer? Venderse al Sistema (autocensurándose) o morir (es decir, callar o resignarse al ostracismo, que para un escritor equivale a morir): pareciera ser que no hay otra alternativa. Quienes escogen el primer camino se verán entonces obligados a componer historias sutiles y formales, ingeniosas y prudentes, inofensivas e inocuas, digeribles y comerciales, y, en suma, a que su voz «no se alce por encima de la de los demás» para así no sólo lograr ser publicados sino además alcanzar el tan ansiado éxito en ventas. (Se me vienen ahora a la mente el eufemístico y mal llamado «Realismo Mágico» —que en el mundo en general y en este país en particular retrocedió la literatura del Siglo XX al Siglo XIX y aun más atrás, con todo el perjuicio que ello significó para lectores no retrógrados que jamás llegaron a sentirse identificados con situaciones y personajes tan ajenos a su propia realidad y que configuró una de las más deplorables tendencias literarias (al fin y al cabo ocupa un lugar destacado en el Postmodernismo Literario), ya que su compromiso con los terribles problemas de la nefasta época actual es prácticamente nulo, consagrándose como una conveniente «moda» que olímpicamente evade los mismos, y por ello quizá es que gusta tanto a los miembros de la clase gobernante, pues ¡qué bueno es que los «intelectuales» se ocupen del pasado muerto y no se fijen en tus fechorías y canalladas de hoy e incluso se sienten contigo a la mesa para disfrutar del banquete ganado salvajemente en la desigual lucha contra las hordas de desposeídos!, ¡qué bueno que terminen a tu lado justificando lo injustificable!— y otras patochadas insubstanciales y manidas como la fácil y empobrecedora «Narcoliteratura» que el Sistema acoge y absorbe de buen grado pues ni una ni otra tendencia representan amenaza alguna en contra del statu quo.) Es sin duda por esto que en librerías y ferias del libro hallamos una monstruosa cantidad de llamativa basura plastificada que es ofrecida como máximo alimento intelectual y de las cuales salimos literalmente mareados, asqueados, empalagados, ahítos, como quienes abandonan un abigarrado y lustroso merendero luego de haber probado todos los platos de su extensa pero insípida carta.

Nos encontramos pues en un mundo absolutamente hueco en el que ya no existe nada que se considere verdaderamente trascendental, un mundo que le concede una desmesurada importancia a lo sobrenatural, a lo mágico, a lo milagroso, a lo «fantástico no explicado», en fin, a la Fantasía, la cual se ha convertido en una suerte de opio para las masas, masas infantilizadas por el Sistema a las que aterra la realidad desnuda, sin antifaces ni perifollos, masas que necesitan de ella cual paliativo básico o de la que incluso se valen como instrumento de «evasión», de «escapismo» semejante al consumo de drogas que no sólo «no enfrenta» la terrible realidad que padecemos a diario y sin tregua sino además la «deforma» («embelleciéndola») en beneficio del Sistema irracional y violento en que vivimos, tanto más si se tiene en cuenta que, al esquivarla o al esperar para ella «soluciones» mágicas o milagrosas (en fin, soluciones irracionales, acordes con el Sistema), estamos así condenados a perpetuar tal realidad y, con ella, al nefasto Sistema que justamente la configura y determina; un mundo en el que no se deja de abusar metódicamente de la Fantasía, un mundo donde tal abuso ha reducido al mínimo la separación entre Irracionalidad y Cordura («el mundo está fundado sobre la mentira» —dice Susan Sontag en su novela Estuche de muerte, a lo que en estos momentos habría que agregar—: «y sobre la mentira evoluciona hacia la locura total»), un mundo en el que (según apostilla el propio Marcuse) se da sentido a las tonterías y se transforma en tontería lo que tiene sentido, un mundo que en definitiva convierte así la ilusión en realidad y la ficción en verdad, un mundo en el que —ya para concluir con nuestro tema— bien podría afirmarse que la Literatura libre tanto de censura como de autocensura, la Verdadera Literatura —o por lo menos una grandísima porción de ella— está aún, no por escribirse sino más bien por publicarse, arrumbada como se encuentra en los cajones de autores rechazados y de miembros con poder de decisión de la industria editorial.

(Baste el paradigmático caso del escritor alemán Heinrich Böll y su obra El ángel callaba para describir someramente la institucionalización de la censura llevada a cabo por parte de la industria editorial. A propósito de este caso el autor G.W. Sebald, en Sobre la historia natural de la destrucción, señala: «De todas las obras literarias surgidas a finales de los cuarenta, la novela de Heinrich Böll El ángel callaba es en realidad la única que da una idea aproximada de la profundidad del espanto que amenazaba apoderarse entonces de todo el que verdaderamente mirase las ruinas que lo rodeaban. Al leerla resulta evidente enseguida que precisamente ese relato, impregnado al parecer de una irremediable melancolía, era demasiado para los lectores de la época, como pensaba la editorial y sin duda también el propio Böll, y por ello no se publicó hasta 1992, casi cincuenta años más tarde», es decir, siete años después de la muerte del autor, que nunca en vida, y no obstante haber recibido el Premio Nobel de Literatura en 1972, logró verla impresa y en circulación. No estoy de acuerdo con Sebald en las razones por las cuales, según él, la novela fue «sepultada» durante casi medio siglo. Considero que El ángel callaba fue «silenciada», archivada convenientemente porque esta obra como ninguna otra proclamaba tácitamente la responsabilidad en la tragedia alemana de postguerra de los inhumanos y criminales bombardeos llevados a cabo por las Fuerzas Aliadas al mando de Sir Arthur Harris, commander in chief of Bomber Command, por varios años durante la Segunda Guerra Mundial, bombardeos desmedidos e innecesarios sobre la población civil que convirtieron a Alemania en un inmenso cementerio sepultado bajo una monstruosa y hedionda pila de escombros. En un país arrasado e invadido por los Aliados como la Alemania de entonces no se iba a permitir, por parte de los mismos Aliados que controlaban todas las actividades del país, que su población humillada y desmoralizada leyera una obra que le daba razones no sólo para considerarse víctima de una auténtica masacre sino además para de alguna manera sublevarse en contra de los perpetradores de semejante masacre. Ahora bien, es preciso aclarar que esto no es cosa de un pasado remoto, porque pensemos nada más que de forma análoga un escritor iraquí contemporáneo que haya escrito un relato acerca de las atrocidades cometidas por las fuerzas ocupantes de su país durante el presente siglo se encuentra en la misma posición de Heinrich Böll y su reveladora novela.)


*Gabriel Álvarez es autor de los libros Malos tragos, Cosecha perdida, La equivocada teoría de Darwin, entre otros. Ganador  del Premio Departamental de Cuento convocado por el Consejo Editorial de Autores Boyacenses en el año 2007, y finalista del Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá año 2004, III Premio Internacional de Novela «Territorio de La Mancha» convocado en el año 2005 por el instituto cultural iberoamericano de Miami (USA), X Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín año 2011, Premio Nacional de Novela Corta de la Universidad Central de Bogotá año 2011, Premio Nacional De Cuento Ciudad de Barrancabermeja año 2012, y del II Concurso De Microrrelatos Fundación César Egido Serrano Año 2013, entre otros.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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