2666 de Roberto Bolaño – Pablo Montoya

2666 cae en el exceso y la desmesura porque el hombre, tal como lo entendió Bolaño, es excesivo de principio a fin y su vastedad es parecida a un desierto de arenas calcinadas o de nieves paralizantes, o a un pantano sembrado de huesos,  que, en medio del arrojo y la ridiculez, sus personajes deben atravesar.

2666 Roberto Bolaño

Por: Pablo Montoya

2666 es una novela total, dice Rodrigo Fresán, amigo de Bolaño. 2666 es una novela abierta, dice Ignacio Echevarría, albacea de Bolaño. 2666 es una gran novela de novelas, dice Ana María Moix, periodista de El País y admiradora de Bolaño. 2666 es la primera novela gobal del siglo XXI, dice Juan Villoro, amigo también de Bolaño. 2666 es un monstruo, una quimera, un delirio monumental; es ciclópea, inmensa, inabarcable, dice Jorge Volpi, hermano menor de ese hermano mayor suyo que fue Bolaño. 2666 es maratónica e interesante, digresiva y elefantiásica, lúdica e irreverente, dolorosa y asfixiante, digo yo que no conocí ni fui amigo de Bolaño, pero he gastado mis horas en leer sus libros que son a veces muy buenos, otras veces pocos buenos y en otras veces nada buenos. Aunque habría que señalar que en literatura estas valoraciones no significan mayor cosa. Ya decía Hermann Hesse que en cualquier poema hay un verso que se salva y que, en rigor, no hay escritores menores y mayores, sino un denso bosque llamado literatura y que ahí estamos todos inevitablemente reunidos. Y en esto último, por supuesto, Bolaño y Hesse, aparentemente tan disímiles, terminan refiriéndose al asunto de las letras con palabras similares.

2666 es la historia de cuatro académicos, pedantes e insoportables, que buscan las huellas físicas de un escritor fantasma, Benno von Archimboldi, sin jamás encontrarlas. 2666 es la historia de un profesor chileno llamado Amalfitano y su hija Rosa que viven su extravío en Santa Teresa de Sonora. 2666 es la pesquisa de Fate, periodista negro de Nueva York, que también se aturde en los parajes desérticos y fronterizos de México. 2666 es la historia de una pelea de boxeo cuyos prolegómenos duran muchas páginas, su acción solo dos rounds y en la extensa novela 11 líneas perfectas. Y ese efecto, sin duda, es uno de los toques espléndidos de la obra. 2666 es el recuento de ciento siete asesinatos de mujeres cometidos en Santa Teresa entre 1993 y 1997 y, al mismo tiempo, una protesta inolvidable, hecha a modo de indagación detectivesca e informe forense, de esos crímenes, esencia de la infamia latinoamericana. Por ello este título es una fecha del futuro que nombra un gigantesco cementerio de fosas comunes. Como Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez, periodista que tanto ayudó a la escritura de la novela de Bolaño, 2666 es una metáfora de México, del pasado de México y del incierto futuro de América Latina. Tal vez sea cierto también que 2666 es una novela de horror y de terror y forme parte de la tradición apocalíptica que, según Bolaño, es una de la pocas tradiciones vivas en el continente. 2666 es un testimonio de la literatura y la historia sobre cómo los machos latinoamericanos -flojos, torpes, brutales casi siempre en las faenas del sexo- humillan y ultiman a las mujeres. En este sentido, la novela es un homenaje conmovedor a las víctimas femeninas. Y mientras se describen minuciosamente los asesinatos va produciéndose en el alma del lector un taco en la garganta que, en la anatomía bolañista significa algo así como un taco en el corazón, o en el estómago, o en el culo.

2666 es la historia de un penitente endemoniado que padece de sacrofobia y caga y mea y destruye las imágenes de las iglesias de Santa Teresa. Como si en estos disparates blasfemos se nos dijera que tales recintos con sus jerarcas son culpables de la espesa red de femenicidios, y en la que también son culpables los políticos, los traficantes de droga, la policía y los banqueros. 2666 es la historia de Penélope Méndez Becerra, niña de once años, que es violada anal y vaginalmente y estrangulada y arrojada a un basurero clandestino de Santa Teresa, pero que fallece por un ataque cardíaco debido a la sevicia de las torturas. 2666 es una letanía que siempre recordaremos por la muerte de esta pequeña mujer, símbolo del destino de todas la mujeres vejadas.

2666 narra las peripecias de un libro y de cómo este, al colgarse de un alambre, resiste estoica e inútilmente las inclemencias del tiempo. Tal sin duda podría ser el destino de todo escritor, de los fantasmales y de los oficiales. 2666 se ocupa de las aventuras de Lalo Cura, su adolescencia y su juventud de guardaespaldas y policía en Santa Teresa, cuando no se le atravesaba por la cabeza que un día iría a parar a Medellín. Al Medellín de los narcos en donde preña a una actriz porno, y de la cual nace una especie de Edipo antioqueño, uno de los personajes más raros de la obra de Bolaño y de la literatura colombiana.

En 2666 se describen muchos sueños y casi todos detienen incómodamente la trama y terminan por abrumar al lector. Aunque esos sueños no son inútiles porque, dígase lo que se diga, en literatura cada uno de sus elementos contribuye a su modo a crear el efecto de la ilusión artística. Como es obligatorio en Bolaño, y este es uno de sus distintivos más tristes, en 2666 se folla demasiado. Las mujeres se corren no sé cuántas veces seguidas y los hombres están dotados siempre de formidables miembros. Por lo tanto el semen parece desbordarse de sus páginas, haciendo de la lectura una actividad un poco densa. Porque una cosa, hélas!, es el olor del semen en la intimidad y otra en ese extraño afuera que goza o padece el lector. El semen y la sangre, el sexo y la guerra ocupan, por lo demás, algunas páginas de 2666 que recuerdan al Céline del Viaje al fondo de la noche y otras novelas que denuncian, entre el humor y el frenesí, la gran mentira y el espantoso equívoco que significa toda guerra. Igualmente, en la medida en que una de sus cinco partes se ocupa del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial y de la posguerra en Alemania, en 2666 hay lazos evidentes con el Gunter Grass de El tambor de Hojalata.

2666 cae en el exceso y la desmesura porque el hombre, tal como lo entendió Bolaño, es excesivo de principio a fin y su vastedad es parecida a un desierto de arenas calcinadas o de nieves paralizantes, o a un pantano sembrado de huesos,  que, en medio del arrojo y la ridiculez, sus personajes deben atravesar. No creo, por supuesto, que 2666 sea la novela que Borges hubiera querido escribir. Sobre todo porque Borges, al contrario de Bolaño, amaba el orden, la mesura y la brevedad, y que yo sepa no fue afecto al mecanismo de las cajitas chinas o las muñecas rusas que tanto practica Bolaño en su última novela. Borges, por otro lado, superó, tanto en su poesía como en su narrativa, el estado adolescente de rebeldía y escándalo que Bolaño no quiso o no pudo superar. Crecer, como dice uno de sus poemas de Los perros románticos, hubiera sido un crimen. Pero es verdad que a los dos, y esto también sucede con otros tantos escritores, los rodea el pavor, el olvido, la buena literatura y los juegos de la imaginación.

No creo que 2666 sea una obra maestra, la primera del siglo XXI, tal como dicen por aquí y por allá. Como tampoco pienso que Los detectives salvajes, y así lo pregonan esas mismas fuentes, sea la última del siglo XX. Las obras maestras, y otra vez Bolaño es quien lo afirma, deben pasar en principio desapercibidas y permanecer ocultas; y ser arrastradas, como flores malditas, hacia el misterio y el secreto. Aunque esto, me permito recordarlo, lo enseñó Balzac en una de sus novelas cortas sobre la vida y la obra de un pintor extravagante. 2666 es una novela que no pudo tener este singular periplo. Desde siempre estuvo condenada a su temprana publicación póstuma. Desde muy rápido, y Bolaño y los suyos contribuyeron a hacerlo así, 2666 se colgó el rótulo de una mediatizada celebridad.

Celebridad que, actualmente, tiene como eje central el mercado editorial estadounidense en donde el autor de Estrella distante es la vedete de turno. El realismo mágico garciamarquiano ha dado paso entonces al realismo visceral bolañista. Mejor dicho a la imagen exótica y mágica del primero ha sucedido la marginal y psicodélica del segundo. Como lo dice Sarah Pollack: no es que los personajes del chileno tengan cola de cerdo o vuelen por los aires o caminen rodeados de mariposas amarillas, pero en su itinerario delirante, drogadicto y delictivo son tanto más fantásticos porque son probablemente más reales. De todos modos, la literatura latinoamericana, con el uno y el otro, se ha puesto sus mejores trapos para que los públicos civilizados la consuman. García Márquez y Bolaño, quién lo creyera, por fin reconciliados. Pero, cuidémonos de los excesos y los entusiasmos del comercio editorial y académico, y concluyamos que 2666 es una novela importante y valiente. Es la prueba irrefutable de cómo Roberto Bolaño le ganó la pelea a su enfermedad y no dejó que la muerte le arrebatara este libro impresionante y desigual.

Pablo Montoya

Aquí más textos de Pablo Montoya en Literariedad.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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