El día en que las sombrillas no supieron detener la lluvia – Santiago José Sepúlveda

René Magritte. Giaconda, 1953. (Imagen tomada de mattesonart.com).
René Magritte. Giaconda, 1953. (Imagen tomada de mattesonart.com).

El día en que las sombrillas no supieron detener la lluvia

Santiago José Sepúlveda Montenegro *

1 de octubre de 2012

Ya era tiempo de hacer las maletas y yo me encontraba sentado mirando el cielo por la ventana, mirando los tejados que parecían marchitos de tanta lluvia. Eran ya tres días lloviendo sin parar, con una lluvia tan densa que cualquiera pensaría que venía cargada de lentitud, de una carga pesada en cada una de las manecillas del reloj. Y yo me unía a esa atemporalidad que la lluvia nos regalaba.

Decidí levantarme y abrir la maleta, que también parecía estar poseída por un caracol o una babosa. La ventana a mi lado se encontraba cerrada para separarme del frío infernal que traía consigo la lluvia, para separarme de la gente con sombrillas que caminaba por la calle a un destino al que no querían llegar, para separarme finalmente de esos ríos que parecían calles por donde los carros avanzaban a una velocidad menor que la de la basura que los rodeaba.

Pero algo llamó mi atención en el momento en el que doblaba la manga izquierda de la primera camisa por empacar. De reojo vi algo atravesar de derecha a izquierda la ventana. La lluvia seguía cayendo lentamente cuando volteé la mirada. Y los tejados seguían marchitos, inundados de un río que caminaba hacia arriba. Fue cuando supe que lo que había visto por la ventana era una paloma. Una paloma callejera, sucia y empapada, con una pata sin dedos y con algo que parecían tumores.

Lo supe porque ahora la lentitud no era la de un caracol. Ahora la lluvia no solo parecía ser densa, sino liviana. Tan liviana que yo veía el agua subir por los tejados, trepar hacia el punto más alto y, milagrosamente, maravillosamente, empezar a gotear hacia arriba. Y la paloma comenzó a volar hacia atrás, atravesando nuevamente mi ventana, esta vez de izquierda a derecha, y de espaldas. Pude ver cómo sus alas se extendían, hacia arriba y hacia abajo, y cómo a cada aleteo las gotas de agua sobre sus plumas se elevaban. Pude ver cómo los tumores lentamente se reducían y cómo sus plumas se deshacían de la mugre gota a gota, pluma por pluma. Fue una cosa extraordinaria observar sus dedos crecer lentamente, su pico recuperar el brillo que debió haber tenido al nacer, sus ojos limpiarse. Y toda la mugre subía lentamente con cada gota de agua hacia el cielo.

Miré hacia fuera y la gente caminaba hacia atrás, los carros desandaban los ríos y la basura que se dirigía a un sitio insospechado ahora se elevaba junto a la lluvia que llovía hacia arriba. Poco a poco la lluvia fue perdiendo su peso, y, cada vez menos densa y más ligera, empezó a llover hacia arriba tan torrencialmente como lo hizo los tres días que habían pasado. Los tejados ya no parecían marchitos e inundados; de ellos crecían aceleradamente flores y plantas como haladas por una fuerza invisible hacia el cielo.

¿Existirá Dios, que las llama de vuelta? Y todo parecía indicarlo pues los árboles gigantes tampoco se hicieron esperar, naciendo intempestivamente debajo del cemento, alzándose altivos ante todo. Y la paloma no terminaba de regresar al extremo derecho de la ventana cuando parecía un animal completamente distinto al que había visto pasar hacía unos minutos, o quizá unas horas, unos años. Ya no sabía del tiempo. Ya mi reloj se había empezado a elevar también hacia el techo, y yo mismo me sentía como volando. Por la ventana veía el horizonte plagado de sombrillas flotantes que subían con la lluvia. Abrí entonces la ventana y sentí cómo el cielo me succionaba hacia fuera, lentamente, densamente. Me apresuré a tomar mi maleta como pude y a meter la ropa sin doblarla. Tomé la sombrilla que escapaba de la alcoba y la abrí, con maleta en mano, y me dejé llevar. El suelo se alejaba, y yo subía con la paloma a mi lado y con los árboles que poco a poco se fueron desprendiendo del suelo. Veía cómo la gente gritaba como gritaría un caracol, sin sonido, sabiendo de su destino hacia el cielo.

Fue entonces que decidí mirar hacia arriba, y vi el sol más grande que había visto jamás. Y entonces entendí que no era Dios, un chamán o una fuerza sobrenatural la que nos llamaba a su seno. Era lo más mundano, afectando leyes que siempre había creído inquebrantables. Entonces cerré los ojos; entendí que los kilómetros que me quedaban iban a ser los más bellos que nadie pudiera haber vivido jamás. Los abrí para ver cómo la selva se elevaba en frente de mí, con los árboles que ahora sabía que esperaban bajo tierra a que llegara su hora. Los vi más verdes que nunca, más frondosos que nunca, floreciendo, entregándose desde el final de los tiempos en su espléndida belleza.

Volví a cerrar los ojos, y ahora tan solo siento cómo el sol me quema, cómo poco a poco el calor me abraza como lo hizo mi madre la mañana de aquel domingo en que nací y abrí los ojos por primera vez.

1 de octubre de 2012

 ***


*Santiago José Sepúlveda Montenegro nació en Bogotá en 1991. Realizó estudios de Cine y televisión en la Universidad Nacional, para luego hacer la Maestría en Escrituras Creativas, donde hizo su ópera prima  Ayer terminará mañana, aún inédita, que fue calificada como novela meritoria por parte de los evaluadores. Trabaja en un Café desde hace seis años. Lleva ocasionalmente el blog santiagopessoa.blogspot.com, en el que se puede ver su proceso como escritor.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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