La Barca de los Locos, una vida hecha arte

Bernardo Ángel Saldarriaga. Foto: Gustavo Artega (tomada de grupoteatrolabarcadeloslocos.blogspot.com).
Bernardo Ángel Saldarriaga. Foto: Gustavo Artega (tomada de grupoteatrolabarcadeloslocos.blogspot.com).

Por: Alejandro Herrán

I

“Que viva la escena sola y cierta”. Conflagraciones.
Bernardo Ángel Saldarriaga.

 

¿Qué decir del teatro en Medellín sino que vive de adaptaciones libres de autores extranjeros, que hay tantas casas en que se hacen representaciones como librerías, que más de treinta obras compiten por un público poco exigente, poco conocedor del arte? ¿Entrará alguna de estas obras en la historia del teatro colombiano? Me inquieta pensarlo.

            ¿Dónde están los escritores autóctonos que configuraban universos propios y hacían que de los hombres de estas tierras se rieran de sus costumbres, de su lenguaje, de sus desavenencias y pasiones?

            Debo decir que afortunadamente conozco a uno que cumple con estos dictámenes y que además los sobrepasa. Este prolífico actor-poeta, que no necesita crear personajes, pues en sí mismo es ya artífice, esteta, eximio poeta, tiene escritas más de cuarenta obras dramáticas en donde realiza búsquedas por nuestra historia, nuestra identidad y una reflexión siempre sobre el arte, condenando las idolatrías, derrumbando los falsos mitos y mostrándose a sí mismo, sus pesquisas sobre la condición humana y sus misterios, los absurdos a que nos entregamos por creencias, las falsas esperanzas que creamos sin pudor.

¿Para qué crear Otros yo y falsificar su propio rostro y buscar motivos lejanos a quienes somos? Con el teatro, dice Ángel recordando a Artaud, hay que atacar el espíritu público, este es, una estética comunitaria, un arte vendido, consumista, banal. Su teatro es, pues, la superación de la máscara, del artificioso teatro de luces, sonidos rimbombantes y un escenario “espectacular”. Abajo los edificios, los escenarios que ponen a falsos imitadores superiores a quienes los miran. El teatro del mundo, esto es lo que se siente al presenciar cualquiera de sus obras: el silencio sepulcral y la obscuridad no existen, como empiezan tantas obras cual aislando a los espectadores a otra realidad, en donde el arte es creado en contraposición al mundo y se sintiera al acabarse que regresamos a la tierra. No. Un verdadero teatro es aquel en que convergen lo real y su doble, la crueldad y el absurdo: el escenario público, la calle misma, en donde todos somos actores, representantes de un discurso, amañado o difuso, representantes de una casta, de un estilo de vida. Nos miran, sentencian, preguntan si eso que vemos es suficiente, si lo que oímos a diario es cierto.

Quien no haya presenciado un acto de La Barca de los Locos a las 6pm en el Parque Bolívar (desde hace más de 20 años) y no haya contemplado el morir del día ahí, entre la plaza y su horizonte de montañas y la brisa que recorre las humaredas, a su vez que escuchando las campanadas basílicas justo anunciando ha de comenzar a descender de otros reinos, no tan ajenos, un hombre y una mujer, que sin necesidad de mucho logran fundirse en perfección con el vuelo de las palomas, el transitar de la muchedumbre y el derrumbarse de los angostos parajes que calles trémulas soportan, ha fallado.

 Una personalidad profética escurre de su visceral forma de perpetrar el mundo, que es un parque, a donde todo converge, hasta la muerte. Pero Bernardo no está solo, es un Dante redimido acá en la tierra, un elegante Quijote del teatro, sí, ¿qué sería de un hombre de genio (así gusta llamarlos a Aristóteles, a esos seres melancólicos, creadores, guerreros) sin el “entusiasmo” de una femina que sostenga aquella empresa de años con sus manos? El hombre solitario está condenado, sus obras son el retrato, cuantiosas veces, de la urgencia, la apetencia, a que solo pueden converger los primeros hombres –que cuestionaron a Dios-: culpables, pero poderosos; las obras que interpretan Ángel y Lucía no pondrían pensarse en términos de un drama clásico, un teatro que ha retornado a los valores estéticos prístinos, un arte volcado a la palabra, en donde el escenario es roto en su relación con el delante y el atrás, con un afuera y un adentro y, desde la ruptura con un espectador pasivo, que solo concurre, para adentrarnos en un universo en que nos sentimos todos actores de un panorama en caos, de una ciudad en desorden, en donde se pausa por unos instantes los quehaceres de los transeúntes, el ritmo natural de un lugar público para dar llegada a un par de seres que gesticulando estrofas enlazadas por sus voces cuestionando y versando sobre el significado de lo humano, desde lo popular, lo vulgar, lo sacral, lo histórico: Ángel transfigura el lenguaje para transportarnos a la totalidad, en donde lo único que existe es un cuerpo sin órganos.

Fragmento de la obra ¿Ángel o Demo? Autor: Bernardo Ángel Saldarriaga. Año: 1990. Publicado en: Lapsus. Ebrios de existencia. Medellín, Fallidos Editores, 2015.

¿Ángel o Demo?

 Música: Réquiem Lacrimosa de Mozart. La mujer y el hombre descansan al fin.  Calor de una hoguera, como cualquier noche, están perdidos para el mundo pero ganados para sí.

 

                     

MUJER:             Las galletas que tanto nos gustan.

                      (Se reparten las galletas: partidas, entregadas) tomad y comed, esta es mi chimba a todos entregada, sangrante, espumosa y olorosa.

                           Cae la noche ¿te das cuenta? Pongámonos el saco, a lo mejor llueve, no sabemos.

HOMBRE:         Otros como nosotros, juegan a los naipes, se emborrachan, no les queda sino eso.

                      Nosotros tenemos desesperos y nos cubrimos con hilachas.  Cuenta, cuenta hembra…estoy aquí, tú allá.

                      Te siento, te oigo mal; pero te veo.  Horrible resisterio el de las noches.  Si me preguntan dónde vivo, les diré que en las afueras; pero adentro, muy adentro de mí mismo.

MUJER:             Allí duele, una simple tarjadura y la respiración es otra.   Ni para qué preguntarte quién te trajo al mundo.

HOMBRE:         Por qué no, pregúntalo y te lo diré despacio: una escoba.

MUJER:             ¿Estás bien aquí?

HOMBRE:         No tenemos lugar, un ratico, un suspiro y a otra parte.  Nos ahogamos en la palma de la mano.

MUJER:             El espacio no está allá, está aquí (señala la cabeza)

 

 

HOMBRE:         (Con un gesto) ¡Qué jaqueca! (mirando) Antes veía hombres, iban y venían, ahora sólo sombras.  La voz como de otra parte les venía.

MUJER:             ¿Qué hacer contigo? Lo único que haces es mentirte.

HOMBRE:       No pronuncies, no digas.  Una sola palabra y se encoge mi sustancia.

La vida ha sido cruzar entre cuchillos.

 

MUJER:          ¿Y el teatro?

HOMBRE:       El teatro, fue aquel sueño.  Descubrimos que no había historia, que Sófocles si existió, era una sombra, Shakespeare, aquel canto, Calderón sumaba y luego lo arrestaban.  Así era ayer, así es hoy.  Los nombres, no son el arte, las épocas no son la vida, los sueños no son la historia.

                           No te entretengas, acordarse es retroceder, y el salto exige una mirada penetrante.

MUJER:             En alguna parte nos están viendo.  Cuando todo se nos marcha, levantamos los muertos que nos faltan.

HOMBRE:       ¡Qué no se agote el papel!  ¡Qué los empresarios tengan a bien darnos sus propuestas, porque después que nos marchemos, no habrá nadie para qué contarles!

MUJER:          (Dándole con un palo)

                           ¿Qué es esto? ¿Qué suena ahí?

HOMBRE:       Antigua barricada, donde los revoltosos orinaban.

Para todos, estoy resonando.  ¿Quién nos llama  a existir desde esa orilla?

No tengo nombre, estos huesos a polvo vuelven.  Ni fe, ni padres, ni hijos, cansancio, consumo y miseria.  

 

 

 

MUJER:          No tan duro, que se oye en otra parte y nos copian, dicen algo parecido para presentar examen, para pasar al otro lado.

HOMBRE:       También yo, oí: en algún tiempo; al querer decirlo nada fue.  Estaba hecho para ser un signo borroso.

Se han ido, nos iremos.  ¿Y siguen en sus trampas?

MUJER:          ¿Quién te dio derechos para hablar así?

No inflijas más dolores a la carne.

 

HOMBRE:       Reparte las galletas, ¡Qué recuerden que son hombres!

MUJER:          ¿Te crees Cristo, o qué güevón?

Poco te falta para transfigurarte ahora.

Déjalos allí, comidos, salpicados de viruela, ¡qué se entiendan con su padre eterno!

Bebedizos tienen en las manos.  El único acuerdo: es de vida.

Nosotros hablamos con la muerte por delante, esto es grato, esto es bello, siendo muy terrible.

¡Dadles con la metra en plena cara, quémales sus casas y dispersa sus ganancias, tortúralos por siempre para que conozcan lo infinito por pepitas!

HOMBRE:       ¿Entonces quién?  Hagámonos uno con el padre.  Su hijo no tuvo donde reclinar su cabellera.

MUJER:          No importa, tú eres calvo.  Dejemos los zapatos, el hombre está fijo de tanto confortable.

El arte es sucio, porque está entregado.  Esto no se resuelve tan directo.  Los callados tienen sabrosuras infinitas.  Usamos términos que otean la locura.

¡Dios de desgarres atraviésame! Es hora de actuar y de mentir.

Estando secos, no hagamos patria.

¡Qué patria pueden hacer, hombres sin futuro, colgados de las güevas, horqueteados de las chimbas!

© Derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización del autor.

Alejandro Herrán

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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