Louis Althusser: el filósofo y los demás

La historia es un proceso sin sujeto ni fines.
La historia es un proceso sin sujeto ni fines.

Por: Antoine Skuld

 

¿Cómo se puede hablar de la angustia que es realmente intolerable, toca el infierno, y del vacío que es insondable y espantoso?” Louis Althusser (1918-1990).

Antes de la publicación y aparición de El porvenir es largo y de Los hechos, no había de Louis Althusser más que una cronología esquelética, meticulosamente descarnada realizada por sus amigos.

Una fecha de nacimiento, el proceso educativo en el colegio, el oficio: la enseñanza de filosofía; el lugar: la Escuela Normal. También existían versiones un poco más esotéricas, pero siempre controladas por sus fieles.

Es en noviembre de 1980 cuando Althusser se convierte en un “loco que asesina”, y en febrero del año siguiente se beneficia con la ley del “no lugar”, el misterio de su vida se espesa como si fuera una intriga policíaca. Porque acaso, una vida que se oculta ¿no se traduce ella misma en un enigma? Y en doble enigma porque la vida aún más oscura de su compañera y después esposa, Hélène Rytmann, nacida en Mloktrine, y conocida como Hélène Legotien, encontraría su final a manos de Althusser.

Esto se percibe con la publicación de El porvenir es largo (Ediciones Destino Ancora y Delfín. Planeta Colombia, 1994. 482 páginas), constituido por dos tentativas de contar su vida. Desglosando el texto se advierte el eco atrayente del escándalo, pero esta voluntad que adquiere su fuerza en el sentido común que busca La palabra del fin de una historia interrumpida: el de un hombre que se deja descubrir, el de una vida (Hélène) de la cual no se sabe nada, el de una pareja aterrorizada, el de un filósofo que gustaba de la gloria. Como si durante diez años, todo hubiera sido suspendido en los limbos del no-lugar, de las clínicas psiquiátricas y de los años de invierno.

La cronología de la vida de Louis Althusser según Althusser no marca, en efecto, ni el desciframiento del enigma, ni el punto definitivo del enigma que esperaban algunos. La vida de Althusser permanece aún en esa síntesis entre el olvido y el mensaje, entre la razón y la locura, tan difícil de pensar. Pero también recorre las cronologías de las vidas según el modelo aplicado en la hagiografía –estudio de la vida de los santos- universitaria, la lengua del bosque político o el encanto por la literatura.

Libro que se constituye como el juicio público que él mismo, como culpable y como libre de culpa, reabre y promueve; juicio que se transforma en intentos de explicación, en busca de motivos para toda una vida, una práctica, una investigación filosófica.
Libro que se constituye como el juicio público que él mismo, como culpable y como libre de culpa, reabre y promueve; juicio que se transforma en intentos de explicación, en busca de motivos para toda una vida, una práctica, una investigación filosófica.

Al misterio por el vacío, le sucede el misterio de lo lleno, con su cortejo de delirios interpretativos: ¿Falso? ¿Simulador? ¿Perverso? ¿Víctima? ¿Genio maldito?

¿En dónde dejar reposar la vida de Louis Althusser, entre su desgano inicial por lo biográfico, su complacencia por sus “afectos”, por la interminable historia de sus análisis?

Porque sí queda claro en El porvenir es largo la palabra biografía se esconde entre sus correspondencias, sus cuadernos de anotaciones, sus diarios de cautiverio, sus manuscritos filosóficos y políticos, encontrando así los hilos de la cronología, la que no se puede guardar, la que no se le puede ocultar.

El tono viene dado desde el comienzo del relato. Su hermana Georgette y el extraño paralelismo de los acontecimientos y de las “depresiones” no aparecen sino velados por el ropaje críptico.

La locura de Louis Althusser es una locura doble. Porque detrás de la Hélène se oculta la de su hermana. El nudo crucial se ubica en la primavera del 64, aunque la interpretación de la historia familiar se encuentra fijada por Hélène quien excluye a la hermana y diez años más tarde Althusser escribe este sueño maldito: Debo matar a mi hermana. Lo haré con su consentimiento. No soy culpable, Repetición casi que palabra por palabra cobrará significado en el crimen. En 1984 un año antes de la redacción de El porvenir es largo, él había encontrado ese texto. Las depresiones proceden al conocimiento de Hélène y allí son minimizadas al extremo.

En 1948, a los treinta años, llegué a ser profesor de filosofía y me adherí al Partido Comunista Francés. La filosofía me interesaba: trataba de realizar mi profesión. La política me apasionaba. Lo que me interesaba en la filosofía era el materialismo y su función crítica: a favor del conocimiento científico contra todas las mistificaciones del conocimiento ideológico, contra la denuncia simplemente moral de los mitos y mentiras, a favor de la crítica racional y rigurosa.
En 1948, a los treinta años, llegué a ser profesor de filosofía y me adherí al Partido Comunista Francés. La filosofía me interesaba: trataba de realizar mi profesión. La política me apasionaba. Lo que me interesaba en la filosofía era el materialismo y su función crítica: a favor del conocimiento científico contra todas las mistificaciones del conocimiento ideológico, contra la denuncia simplemente moral de los mitos y mentiras, a favor de la crítica racional y rigurosa.

En 1980, en mitad de un brote psicótico, estranguló a su mujer. En el juicio fue declarado no responsable de sus actos debido a sus desequilibrios mentales. Se le recluyó en un psiquiátrico. Allí escribió una especie de biografía llamada El porvenir es largo. En los peores momentos de la crisis recibió el apoyo de Jacques Derrida y de Michel Foucault.

Este es un fragmento que relata en El provenir es largo:

Tal y como he conservado el recuerdo intacto y preciso hasta sus mínimos detalles, grabado en mí a través de todas mis pruebas y para siempre, entre dos noches, aquella de la que salía sin saber cuál era, y aquella en la que entraría, ya diré cuándo y cómo: he aquí la escena del homicidio tal y como lo viví. De pronto me veo levantado, en bata, al pie de la cama en mi apartamento de l’École Normale. Una luz gris de noviembre -era el domingo 16, hacia las nueve de la mañana- entra por la izquierda, por una ventana alta, encuadrada desde hace años por unas cortinas muy viejas, rojo Imperio, desgarradas por el tiempo y quemadas por el sol, e ilumina los pies de mi cama. Frente a mí: Hélene, tumbada de espaldas, también en bata. Sus caderas reposan sobre el borde de la cama, las piernas abandonadas sobre la moqueta del suelo. Arrodillado muy cerca de ella, inclinado sobre su cuerpo, estoy dándole un masaje en el cuello. A menudo le doy masajes en silencio, en la nuca, la espalda y los riñones: aprendí la técnica de un camarada de cautiverio, el amigo Clerc, un futbolista- profesional, experto en todo. Pero en esta ocasión, el masaje es en la parte delantera de su cuello. Apoyo los dos pulgares en el hueco de la carne que bordea lo alto del esternón y voy llegando lentamente, un pulgar hacia la derecha, otro un poco sesgado hacia la izquierda, hasta la zona más dura encima de las orejas. El masaje es en V. Siento una gran fatiga muscular en los antebrazos: es verdad, dar masajes siempre me produce dolor en el antebrazo. La cara de Hélène está inmóvil y serena, sus ojos abiertos, miran al techo. Y, de repente, me sacude el terror: sus ojos están interminablemente fijos y, sobre todo, la punta de la lengua reposa, insólita y apacible, entre sus dientes y labios. Ciertamente, ya había visto muertos, pero en mi vida había visto el rostro de una estrangulada. Y, no obstante, sé que es una estrangulada. Pero, ¿cómo? Me levanto y grito: ¡He estrangulado a Hélène! Me precipito y, en un estado de intenso pánico, corriendo con todas mis fuerzas, atravieso el apartamento, bajo la escalerilla con pasamanos de hierro que lleva al patio delantero con rejas altas y me dirijo, siempre corriendo, hacia la enfermería donde sabía que podría encontrar al doctor Étienne, que vive en el primer piso. No me cruzo con nadie, es domingo, la École está medio vacía y aún duerme. Siempre gritando, subo la escalera del médico de cuatro en cuatro: «¡He estrangulado a Hélène!»

Althusser, absuelto del crimen debido a que el juez consideró que había actuado en un estado probado de “confusión mental” y “delirio onírico”, murió en un asilo en 1990. Tenía 72 años y dejó muchos papeles sin publicar. Entre ellos, las cartas que desde 1947 hasta 1980 envió a Hélène, a la que conoció a los 30 años, cuando aún no había besado a ninguna mujer, en una estación de metro parisiense.
Althusser, absuelto del crimen debido a que el juez consideró que había actuado en un estado probado de “confusión mental” y “delirio onírico”, murió en un asilo en 1990. Tenía 72 años y dejó muchos papeles sin publicar. Entre ellos, las cartas que desde 1947 hasta 1980 envió a Hélène, a la que conoció a los 30 años, cuando aún no había besado a ninguna mujer, en una estación de metro parisiense.

En 1985, ve la luz el libro Cartas a Hélène, donde explica la compleja relación que mantenía con su mujer. Te amo tal como eres, a pesar de nuestras disputas y nuestras heridas, a pesar de esos combates en los que nos desfiguramos, en todos los sentidos del término.

Antoine Skuld

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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