De carnicería poco entienden las almas – Miguel Tejada

 

Tom King had never been a talker, and he sat by the window, morosely silent, staring at his hands. Jack London: A piece of steak.
Tom King had never been a talker… Jack London: A piece of steak. (Foto: fripp100.tumblr.com).

Por: Miguel Tejada *

Cada tanto un hombre cuelga los guantes y se permite llorar en la oscuridad. Acaban así, por fin, sus días como cazador. Relojes viejos marcan la última hora, la última salida; el hombre arrastra los pies. En la calle se oye el llanto cobrizo de las campanas. Ese día cierra la última fábrica de zapatos.

Cada tanto un hombre da media vuelta y desaparece entre las ruinas de un muelle, como huyendo de la sombra inmensa de un carguero que ha venido a vender sus mercancías de plástico.

Este hombre que se desdibuja en el fulgor tímido del ocaso nos recuerda al viejo Tom King, el boxeador que se soñaba con un buen bistec.

Escribir sobre los combates de la vida es otra cosa después de leer a Jack London. Para bien y para mal. Después de que los nudillos quebrados de ese Tom King le duelan a uno en la retina, a medida que se leen los golpes, bien se podría dar uno por servido. Porque cada golpe asestado por las palabras de London es, allende de una lección sobre el oficio de escribir, un paso hacia el Gólgota de los fracasados. Justo allí debería aprenderse esa lección vital que tan bien saben transmitir los narradores: la sabiduría del que camina,  del que pernocta al aire libre y mastica el pan en silencio; la extraña sabiduría de ése que le cuenta al primer extraño lo que ha visto y luego sigue su camino sin dejar una estela de autógrafos. Es la vida de este boxeador que imaginó London la vida del narrador que aprende a sortear las piedras y las ventiscas. Este es el aviso para los narradores jóvenes: quien siga tendrá que inventarse otras formas de acabar con un cuerpo. Pocos logran sacudirse de esa paliza y hacer algo decente con el teclado. Es más fácil dedicarse a doblar servilletas o a escupir críticas literarias. Eso es lo que normalmente ocurre.

Pero no es fácil tirar la toalla. El alma, ese último recurso, es de por sí un oasis que mantiene al borde de la sequía. Así es con la mayoría de los hombres; no se mueren, no se dejan morir así como así. Los ve uno desastrados en ese ir y venir por los días y las metas a mediano plazo, los ve uno con los ojos esmirriados y los bolsillos llenos de números de plomo, y parece que se van a derrumbar ahí, sobre un hormiguero, y listo. Pero no. Basta que una llovizna los tome por sorpresa para verlos revivir.

No se explica la vida a no ser de que se entiendan (se acepten) con aplomo los golpes. Los martillazos, los porrazos, los insultos. Es lo que aprendió a hacer Tom King, en cuyo rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa. El asunto es que nadie puede aplacar un alma así como así, y la razón es que eso que llamamos alma tiene como atributo principal el saber elevarse por sobre las piedras y las espinas. No hay cosa que resuma con más justicia el estatus inmaterial del alma que la sensación de flotar por encima de la turbiedad y el agravio. Un día ese sustrato vital es una pompa de jabón y al otro una aurora boreal. Es una energía impredecible. Las almas huyen y por lo general abandonan al que concentra sus pensamientos en la brutalidad del músculo. Las almas no habitan esos cuerpos briosos que, como el toro, se van contra el payaso que oculta una espada bajo la capa. De carnicería poco entienden las almas. Lo suyo es el viento, o la explosión neumática.

Como sea, lo que habría que entender es que el precio que hay que pagar por estar muy vivo, en lo que al pellejo respecta, tal como lo estaba ese joven impetuoso joven Sandel yéndosele encima al viejo Tom King, es que los golpes se reciben por cuantía doble. Y son golpes que no se sienten en el acto. Es una ley de la naturaleza. El cuerpo joven debe ser ahogado en fuerza y placer; se es joven para acabar con ese cuerpo. Del alma no se habla mucho cuando es la juventud lo que importa. El único tema es la carne. La carne que no se tritura, la carne que no se honra con la violencia, es carne viciada donde muy pronto anidan las moscas. Por eso el joven se arroja al camino de la vida y corre como si no hubiesen otros días. Claro, esa carne impaciente y jugosa tendrá que volverse carroña un día, pero eso toma tiempo.

El alma soterrada del personaje que imaginó London, ese Tom King que es un puño cerrado para siempre, se transparenta ante los golpes frenéticos del joven Sandel. Es cierto que sus colmillos de depredador penden de una esperanza —un beso de su mujer, un buen bistec—, pero al final él mismo, resignado ante el tiempo de la carne (“…era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros durísimos, otros sólo veinte”.) escupe sus propios colmillos porque ya no le sirven, y así es como se va en retirada, vencido el cuerpo pero rebosante el alma. Ha nacido otra vez, y esta vez será para otro tiempo. Esa masa de cartílago y músculo inconmovible será devorada por otros más jóvenes, eso no importa ya.

De pronto esa podría ser la sabiduría detrás de esta paliza que se gana el lector de London. El parco y monstruoso King vuelve a vivir cuando abandona el ring para caminar hacia la verdad, cuando lo único que concibe es desplomarse en los brazos flacos de su mujercita, cuando decide rendirse tan pesado y plomizo que es sobre el cuerpo aterido de su amor.

El cuerpo de Tom King, derribado por fin en la banca de un parque, cuando ya ninguna voz ni consejo pueden revivirlo ni lamerle las heridas, es un encarte del que hay que zafarse; ese hombre astillado por la vida, con venas que parecen ramas secas, le recuerda a uno en la garganta de lector la erosión inevitable de los años.

Pero el escritor joven tiene un problema fundamental, acaso el mismo que casi le cuesta la victoria al joven Sandel: la imposibilidad de mirar con los ojos del alma.

Vendrán pues más combates; lo único que debe esperar este lector que alza sus ojos de las páginas para ubicarse en la existencia es golpes por todos los flancos. Un día esa mirada sedienta que recorre las páginas en busca del oro, del prodigioso miligramo, se topará de frente con el golpe definitivo, y cuando eso pase, el oscuro aturdimiento no significará otra cosa que el comienzo de una vida nueva. Cuando eso pase, su llanto será por fin algo real.


Miguel Tejada (Cali, 1982). Es comunicador social de la Universidad del Valle, especializado en Creación Multimedia en la Universidad de los Andes. Cursa en la actualidad la Maestría en Escrituras Creativas en la Universidad Nacional de Colombia.
Ha trabajado como docente en el campo de la Comunicación Visual, el Diseño Gráfico, y la composición escrita.

Textos suyos han sido publicados en revistas universitarias de literatura e investigación en comunicación.

Ha escrito para el suplemento El Magazín, del diario El Espectador, la Revista Rec, publicación estudiantil de la Facultad de Artes de la Universidad de los Andes, y la Revista Matera, dirigida por Manuel Kalmanovitz.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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