El Abrazo de la Serpiente

El abrazo de la serpiente

Por: Alejandro Herrán

El Abrazo de la Serpiente – Ciro Guerra (2015).

“Mientras ellos hablan de otros cines, quiero yo valorar el nuestro”
Fernando de la Vega.

Dos búsquedas, un mismo fin. Adentrarse en lo profundo de la Amazonía, en la madre naturaleza, y descubrir cómo el hombre blanco, que es quien busca, solo ha llevado la destrucción. Los dos indígenas que acompañan a estos dos hombres (un alemán y un americano) en busca de aquella planta sagrada, con unos cuarenta años de diferencia, son el retrato de la condena a que la civilización había obligado a estas comunidades: a ser colonizadas, reubicadas, destruidas. Es, sin duda, el misterio del eterno retorno. El juego de largas elipsis entre estas dos historias que se funden: al ser el segundo hombre un continuador del viaje del primero, es un ejercicio cinematográfico de bello valor, al incitar al espectador a que se adentre al majestuoso edén que es la selva, en donde la cámara produce una imagen de eternidad cuando enfoca las lianas, la espesura, los anchos manglares y las caucheras.

La cinta no tiene otro argumento que el de presentar a dos hombres de ciencia ilustrados en lenguas aborígenes quienes aprendiendo del lugar, las costumbres, estaban interesados en transmitir su legado. Los conflictos que orientan la trama están dispuestos de tal forma que la llamada “civilización” termina por ser condenada: los magnicidios de las caucherías, el rigor dogmático en que órdenes católicas entran a imponer a los jóvenes indígenas huérfanos el mensaje de la biblia, la forma en que La Razón hace a estas comunidades ajenas a sus dotes naturales.

El contrapunto que se enmarca entre Manduca, el indígena que había recibido educación en la selva al quedar huérfano y que luego es rescatado de los caucheros por el alemán al pagar su deuda para que lo acompañe en su viaje, y Karamakate, el indígena que tras creer extinta su comunidad asume su educación y vida en y por la selva, es el mismo que puede advertirse entre el alemán y el americano, etnógrafos que pretendiendo conocer su entorno se enfrentaron en sí mismos contra su propio abismo. Allí no había conocimiento que sirviera, instrumento humano, técnica. El Caapi, como llaman a la sustancia sagrada (búsquese Yagé, Ayahuasca, todas diferentes, encontrándose en su indagación dentro del inconsciente), que en sueños podía revelarles el camino, los secretos, era el único remedio. El alemán incapaz de soñar, de trascender, aun tomando esa bebida, no lograba ver nada. Su enfermedad, la cantidad de equipaje que llevaba, como el insaciable deseo de llevarse algo que poder compartir, lo enfrentaron a peligros, Karamakate le suministraba una medicina por su nariz que hacía lenta su decadencia; lograron vencer los obstáculos hasta llegar, como le había prometido el alemán, hasta el pueblo en que la comunidad de aquel todavía estaba con vida: no fue así exactamente, él le dijo que podría curarse con la Yakruna, planta medicinal sagrada que su pueblo conservaba por tradición, empero, al ver cómo habíase civilizado y banalizado, y hasta llegado a cultivar la Yakruna, encolerizado quemó las plantas, hasta que un bombardeo por el ejército colombiano hizo que huyeran.

El alemán logró regresar a su país o por lo menos sus pertenecías, se publicó entonces su diario de campo, el científico americano fue a recorrer los pasos de aquel, terminó por encontrarse a Karamakate, viejo, escéptico y sin recuerdos del camino a la Yakruna, había hasta olvidado a preparar el Mambe. Lo convenció para acompañarlo a su viaje, nuevamente peligros encontraron: el río, fanáticos indígenas creyendo en un falso mesías, hasta que llegaron al lugar de montañas sagradas en que crecía la última Yakruna, este la preparó para el americano quien por primera vez pudo trascender al inconsciente de la selva, fundirse con el jaguar y devorar a la serpiente, era su abrazo el que le había permitido adentrarse al origen mismo de la naturaleza, donde nada había, solo energía. La búsqueda, entonces, no era más que un retorno al origen, a la semilla. La animalidad reflejada en el jaguar, su silencio, su perfección, revela la magnificencia de la selva, de toda forma no humana.

Queda, al buscar los hallazgos fílmicos que logra Ciro Guerra, consolidando su estructura narrativa desde El viaje [La sombra del caminante (2004), Los viajes del viento (2009)], en donde más que encontrar es encontrarse, cual la Bildungsroman, y dejar la inquietud a tantos espectadores sobre la pérdida natural absoluta que tenemos como consecuencia del proyecto ilustrado. Tenemos, además, la determinación por grabar a blanco y negro lo que serían tantos matices de verdes, grises y azules por la vorágine que es la selva, sus ríos y sus cielos, debe, pues, condescenderse con la empresa épica a que se dirige. Cual Tarkovsky, Lars von Trier y Polanski en sus primeros años, quienes explorando más que lo externo el inconsciente del hombre que es a su vez su imagen del mundo, su interpretación de lo que ve: no necesita más colores para expresar en contornos claro-oscuros las emociones y el discurso realista de dos de los más importantes etnógrafos de la historia, a quien les debíamos tanto y les debemos más por lo que hemos dejado que se convierta el Amazonas, a quien no hemos terminado de conocer.

Alejandro Herrán

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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