Juan Manuel Roca: devoto fogonero de la estética y la utopía. Por: Iván Darío Álvarez

Portada de El beso de la Gioconda, libro de Juan Manuel Roca publicado recientemente por Sílaba Editores de donde hacen parte los dos presentes ensayos sobre Rulfo..
Portada de El beso de la Gioconda, libro de Juan Manuel Roca publicado recientemente por Sílaba Editores.

Por: Iván Darío Álvarez

La potencia intelectual de un hombre

se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar

Federico Nietzsche.

“El beso de la Gioconda”, el nuevo libro de ensayos de Juan Manuel Roca, es como su nombre lo sugiere una invitación afectuosa a dejarse seducir por el arte. Por sus páginas cuidadosamente escritas, quien nos convida constata que es un agudo explorador del paisaje estético al que nos convoca. En ese viaje de placer, su imaginación visita una galería de obras y personajes que han quedado impresos en su piel y su memoria, como habitantes fieles de una pasión poética insobornable.

Roca quiere, en esa travesía personal, presentarnos a su legión de amigos que no son ángeles clandestinos, sino por fortuna seres entrañables, visibles, de carne y hueso, que a lo largo de la historia del arte han dejado una huella profunda. Juan Manuel nos convierte en testigos privilegiados de sus conversaciones solitarias, con seres aliados que al igual que él, se saben cultores de la belleza. Esto es importante porque comprobamos que en un mundo cada vez más feo, el talante subversivo de la belleza sigue siendo un camino de resistencia imprescindible, y de paso nos recuerda que la estética es a veces también una ética.

Son también estos ensayos, al decir de Cioran, “ejercicios de admiración”. En ellos congrega a diversos creadores, escritores o pintores, para dialogar con su obra y sobre todo, para compartir el disfrute y el conocimiento que con tanta lucidez nos brindan.

En ese orden de su ensayística, Roca nos alienta a darnos cuenta de lo fecunda que siempre ha sido la relación entre poesía y pintura. De cómo esa complicidad misteriosa ha retroalimentado a múltiples creadores con resultados halagadores, de los que el libro nos ofrece claros y hermosos ejemplos. El beso o el verso de la Gioconda, el primero de sus ensayos, como su atractivo y jugoso titulo lo sugiere, es pintura escrita y palabra pintada.

Como si fuese una extraña flor en el asfalto de nuestra ciudad, se le rinde también un merecido homenaje a un poeta del espacio, como fue Rogelio Salmona, quien como pocos en la urbe transformó los espacios públicos y privados en lugares verdes y amables, desde una lógica arquitectónica que conspira contra los infiernos del mal gusto, lo pragmático, lo comercial.

René Magritte ese “belga desconfiado y resabiado” al decir de Juan Manuel fue uno de los más solitarios y visionarios del movimiento surrealista, reacio a las categorías del psicoanálisis que pretendieron hacer suyas los adictos al genial pero también dogmático Bretón, como si se diese cuenta que manosear el inconsciente desde el arte es tan pretencioso como querer abrazar un puerco espín. Su pintura lúdica e inocente, parece más bien burlarse de cualquier análisis o de supuestos principios de realidad, es más bien una bofetada plena de forma y de color. Bien decía Stanislaw Lem: “Anoche soñé con la realidad. ¡Qué alivio al despertarme!”

Uno de los ensayos a mi juicio más trabajados, al que me sumo y celebro, es su diatriba contra el culto al trabajo. Frente a ese gran tótem que el productivismo y el progresismo de nuestro tiempo han levantado, Roca quisiera dinamitarlo al decir: “solamente a quienes han hecho del aburrimiento una religión se les puede ocurrir que el trabajo sea además de práctico algo que dignifica al hombre. Un laborar por lo general mal asalariado no puede verse como un hecho de vitalidad o de plenitud.” Creo que si fuésemos capaces de levantar de su tumba al afrancesado cubano y libertario Paul Lafargue, el célebre redactor de “El derecho a la pereza” y yerno de Marx -el principal ideólogo de la clase trabajadora- correría de inmediato a felicitar e invitar a unas copas a nuestro querido Juan Manuel por su laborioso y esmerado texto. Pero mejor, para ser consecuentes, dejémoslo descansar en paz.

Para un aventurero y festivo habitante de la noche como lo ha sido Juan, no es de extrañar que se internara por un laberinto de espejos nocturnos de la mano de ese ciego de oro tan memorable como fue Borges. La noche y el sueño en Borges son inseparables y en ese ensayo se dan cita una vez más, en un metafórico elogio de su poesía. Nada más inspirador y ensoñador. Con razón Van Gogh, ese otro notable y alucinado noctambulo decía: “Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche y pinto las estrellas.”

Y para no perder ese vuelo nocturno, Roca también nos enrumba hacia “La casa de las bellas durmientes” la gran novela del inmortal Yasunari Kawabata. Esa enigmática cofradía de ancianos evoca esa pugna entre la realidad y el deseo, cuando se rozan en las fronteras de la inocencia y la perversión, pero narradas con una pluma sublime que tiene como telón de fondo una atmósfera embrujadora y enrarecida. No se equivoca cuando afirma que: “Nos queda en la memoria y en los sentidos una obra de amor y terror.” En contraste el poeta hace una muy razonada crítica a “Memoria de mis putas tristes”, de nuestro fallecido nobel el gran Marqués Gabriel García, que a su juicio no logra su loable deseo de rendirle un homenaje literario al preciado japonés.

En “A la sombra de la hechicera” y con un brebaje de letras iluminadoras emerge Jules Michelet, quien con su libro rememora a la bruja maldita, a la llamada inquisidoramente “la novia del diablo.” Y como bruja y rebelde es también la poesía, aquí se prenden otras hogueras, más bien del recuerdo, no a la caza de brujas, sino contra los exabruptos de la barbarie”.

Y en este registro de una buena tropa de exquisitos creadores como los poetas alemanes, Juan igual hace refrescantes lecturas o retratos reflexivos y afectuosos, de poetas de la tierrita como Silva o Aurelio Arturo, o del “Diario de un loco” de Lu Hsun, de “Pedro Paramo” de Rulfo, o “En noviembre llega el arzobispo” de su buen amigo y poeta colombiano, Héctor Rojas Herazo, o El animalario de Antonio Cisneros, otro gran amigo peruano y poeta ausente. O de una joven poetisa antioqueña tan delicada con su palabra como es Lucía Estrada. O de veteranos pintores tan vigorosos y entrañables creadores como Antonio Samudio, o Agusto Rendón.

Hace pues Juan Manuel en “El beso de la Gioconda” un despliegue no solo de buen gusto y ceñuda argumentación, sino también, de generosidad, de buen humor y de paso lo celebra en un ensayo donde subraya el ingenio libertario de quienes se han atrevido desde la creación, a no tomarse en serio ninguno de los pedestales en los que se ha querido encumbrar siempre el poder, en todas sus formas y con todas sus falsas máscaras. El arte y el humor sin duda le dan un color maravilloso a la libertad y no les podemos dejar borrar de ese anarco iris que siempre debe lucir en el horizonte.

Invito a dejarse llevar en este paseo por un universo creativo y poético, tan sólido y sugestivo como lo es el de Juan Manuel Roca, que sabe, como lo expresó Nietzsche con relación a la música, pero que bien puede ser aplicable a todas las artes, que: “ La vida sin el arte sería un error.”

Iván Darío Álvarez.

Mayo 20 de 2015

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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