Poro teatro

Bernado Ángel, Lucía Agudelo, Camilo Cárdenas.  Crédito de la foto: Donaldo Zuluaga.
Bernado Ángel, Lucía Agudelo, Camilo Cárdenas. Crédito de la foto: Donaldo Zuluaga.

Por: Julio Der Nasca

¡Basta de teatros ficticios

de escenarios sin polvo

de luces artificiales!

La vida si es algo es mentira

el teatro lo es todo.

Juan José Escobar.

Aparece entre las humaredas, rodeado por la tarde, La barca de los locos, barca hecha de  piel de pies, que besan las cenizas en el suelo, los escupitajos, la mugre. Vienen taciturnos, la una con movimientos veloces de antiguo samurái, el otro, con la cabeza gacha, los ojos abrigados por el ceño fruncido. Son las 5:30 pm, algunos chicos juegan fútbol, se oye el fragor de los autos, el rugir de los locos, que aún sobrios se estremecen en los ocasos, las palomas van al oeste, revolotean hasta posarse en las ramas de los árboles o en la mole gigantesca de la catedral, construida con sangre de toro, mármol de carrara y mitos bulímicos. Al frente de La barca, donde la una se pone en cuatro a practicar la vaca y el gato (posiciones de yoga) y el otro a encender las velas como preparación del rito, se encuentra la magna estatua de bronce verde del gran libertador, equidistando las longitudes del parque bolívar, extendiéndose desde allí, donde ha de sentarse el público, el escenario, hasta el infinito, borrando los bordes de cualquier pared. Los truhanes que por allí pasean: ladrones, sicarios, jugadores empedernidos de parqués y de cara-o-sello con cajitas de fósforos, para apostar el próximo pinchazo, concurren a la cita, una cita que hace más de 20 años el espíritu de La barca ha encaminado, reuniendo locos que agitan los ojos y parpadean como semáforos intermitentes, travestis que enseñan sus senos lisos y rutilantes, a un paseante engominado. De pronto aparecen una jauría de gringos guiados por pequeños paisas vestidos de rojo que enseñan el parque en un inglés montañero, un par de evangélicos que congregan tres o cuatro descabezados, el uno con un frasco de sacol, el otro embadurnado de hollín, el último, girando en círculos como un espectro. Poco a poco vámonos sentando bajo Bolívar y su caballo, aparecen curiosos, jóvenes, académicos, periodistas, otras veces: prostitutas, alcohólicos, granujas. Sin importar el público, el ritual comienza, las velas encendidas, el incienso estirándose hasta el cielo, tocando las palomas, impregnando las narices, Bernardo exclamando en voz baja maldiciones o conjuros.

Bernardo frente a una ciudad enmudecida, donde arriba, los rascacielos, abajo, la podredumbre, propone un reencantamiento del mundo. Morris Berman afirma que el mundo ha caído en un desencantamiento por la frenética búsqueda de la verdad científica, la modernidad ha desvanecido la solidez de lo que antes estaba configurado como arte, religión, medicina, profanando  todo lo sagrado. Con el capitalismo, va a destruirse lo que se consideraba sagrado convirtiéndolo producto del mercado. Berman anuncia que hay que reencantar el mundo, sacralizándolo, esto, solo es posible si se ritualiza. La barca de los locos hace rito, sacraliza el teatro, primero, preparan el espacio, luego, empiezan puntualmente a las 6:00 pm, y al final  recogen las ofrendas, los avisos parroquiales. Recuerdo también el rito del principito con el zorro: al domesticarle, éste debe encontrarlo todos los días a la misma hora, La barca de los locos domestica, no a los espectadores, sino al parque bolívar, los espectadores son parte del parque, tal como los no espectadores, que se sientan a conspirar políticas, a jugar o a tramar asesinatos. Teatro  que tiene como montaje: la catedral, la estatua del libertador, las escalinatas donde se sienta el público, la media torta donde comienzan a gritar discontinuamente: la-ba-bar-caca- delos-locos-prese-nnta-ta:… y un señor que bordea los 50, detiene su bici entre la estatua y La barca repitiendo excitado: La barca de los locos, La barca de los locos.

Los personajes de La barca, son Lucía y Bernardo, los atuendos, hechos por ellos o comprados en pequeños mercados, aparte de ellos está uno de los espectadores, a quien sacan por azar, rompiendo escena. La propuesta de La barca es una propuesta que va a romper paredes, visibles como las del teatro o invisibles como la de la escena (la cuarta pared), La barca agujerea el teatro tradicional, luego de ver las obras de Bernardo, hay una doble sensación de fuga, la del teatro hacia la calle y la de la calle hacia el teatro, haciendo un poro, donde la ventilación se escapa, agrandando el agujero. En el espectador escogido al azar se encuentra el clímax de todo el movimiento, del rito, en él está el poro, desde su silencio, él puede ver el teatro y la calle, los dos contenidos en un solo acontecimiento. El espectador-elegido es un péndulo que se aleja del parque y antes de que esté en el teatro, Bernardo lo sacude, Lucía lo agrede con sucias palabras y otra vez se columbra hasta el parque. El espectador-elegido está confundido, baja la cabeza ante los otros espectadores, se siente víctima de un insorcismo, donde los demonios lo habitan; mira a sus conocidos y de pronto vuelve a estar con ellos, lo devela una sonrisa que deja escapar, pero un alarido recupera su mirada, vuelve a balancearse hacia el teatro.

Bernardo utiliza también a un cuarto personaje que nunca cambia, éste es: Bolívar. Cuando habla al público habla a Bolívar, lo injuria, le pregunta, le devuelve la vida, el grande libertador va a ser esa figura inmortal que acompaña el rito, al que se le habla sin escuchar respuesta, como una plegaria que se arroja al cielo, pero que siempre es ignorada. Como un reproche que se lanza, una pregunta, una petición, un recordar, para la estatua, para el tótem, el estandarte de la libertad y la independencia.

El teatro de Bernardo también se desvanece, se convierte en un teatro vital, él se vuelve el teatro, su cuerpo no es una mera máquina que profiere injurias, que ataca el espíritu público, demostrando que, como dice Brecht: “El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”, demostrando, como  Artaud, una obra ligada a la vida: “donde los otros proponen obras yo no pretendo más que mostrar mi espíritu. La vida es quemar preguntas. No concibo una obra separada de la vida”, teatro pobre y ritual como el de Grotowski, el de La barca.  Pero un teatro que aún está vivo, que se para todos los jueves en el mismo parque, a la misma hora, a martillar miles de catarsis, a romper el teatro, un teatro entre las montañas antioqueñas que se ha vuelto poroso, que se ha vuelto mercado, que ha roto lo sagrado del arte, teatro que hacen actores, que son meras máquinas reproduciendo a la manera antioqueña pensamientos e historias europeas, actores que estudian teatro, francés mal hablado, a Marcel Marceau, que precian las entradas a casonas ubicadas en la carretera, desde 5 hasta 30 lucas, ni qué decir del metropolitano, entradas a 80, a 120, para ver las arrugadas zarzuelas que vieron los abuelos y siguen viendo como: “La del soto del parral” o “Los gavilanes”; pero actores que quizá no den con el arte, que sigan estructuras aristotélicas de la comedia o de la tragedia, que representen a Shakespeare, pero que jamás logren crear. El teatro del absurdo, el de la crueldad, el teatro pobre, el pánico, han hecho al teatro tradicional poroso, a estos habrá que añadir el teatro de Bernardo, cómo podremos hablar de él, del poro que a su vez hace entre teatro y vida, entre discurso y cuerpo, entre vulgaridad y rito. Dice Bernardo que “una cosa es el papel y otra el gesto, con el gesto el papel se deshace” también dice: “una cosa es el teatro y otra el teatro callejero, en éste el actor se expone a cualquier imprevisto, para captar al espectador hay que sacarse el hígado y ponérselo en las narices”.

El estilo de La barca de los locos es exclusivamente poético, el espectador que no acostumbre la prosa poética se irá del parque con un nido de pequeñas preguntas que se volarán sino se indaga; un estilo que utiliza una fusión entre el arcaísmo, el realismo y la vulgaridad, pero siempre desde la creación de imágenes, sean estas surreales, crueles o realistas, con cultismo, musicalidad o hijueputazos, el ritmo va cambiando: a veces violento, otras enternecedor, Bernardo sonriente, Bernardo furioso, Lucía golpeando, acariciando a un espectador, un paseante que atraviesa entre las escalinatas y la media torta es injuriado, Bernardo chasquea los dedos ante un espectador que va con su mirada a una contienda entre bandidos…  El espectador tampoco sabe si es una tragedia, una comedia o un manifiesto, a veces se oyen risas, otras arremedos, cuando se grita una vulgaridad, cuando se comete un gesto obsceno. Es un teatro que va hacia el manifiesto, pero manifiesto con ritmo y estilo propio, uno que se desenvuelve en el gesto, ni tragedia, ni comedia: péndulo, poro entre el teatro y la vida, limbo en el que confluyen los mitos, el arte, el anti arte, la verdad, el ocaso, un salivazo, un navajazo. La barca de los locos ataca al espectador, recuerdan como Sidharta Gautama que la vida es ilusión, que hay que romperla, su teatro es el poro que conduce a romper el maya. Diferente pero cumple la misma función que la anti-comedia de Andy Kaufman: despertar al espectador de ese adormecimiento habitual, la misma función que el teatro de Alfredo en el falso documental: noviembre de  Achero Mañas, donde el héroe ve en el público a su hermano discapacitado, al que quiere hacer mover, deshacerle ese letargo; como Andy Kaufman se ataca al espectador y a la mentira que  publican los medios de comunicación, por eso, si Bernardo sale en un programa de radio, éste es censurado.

Al mismo tiempo, el teatro de La barca hace una crítica al espectador, sin buscarlo, no le importa si es académico o analfabeto: asiste el que quiera, no es un deber pagar una entrada, ni oler bien, ni llevar gabán o saco. Asisten en bicicleta, sin camisa, contestando celulares, silbando, bailando, corriendo, atracando; y otra crítica al teatro, es la antítesis que se ve en la colosal película Synecdoche new york de Charlie Kaufman, donde se ve la representación de la ciudad dentro del teatro y la representación de éste al infinito desde la obra, en Synecdoche se supera la propuesta Shakesperiana de teatro dentro del teatro y La barca con su vida consagrada, supera a Synecdoche proponiendo un nuevo paradigma: qué tal si el teatro deja de ser representativo y de usar escenario, para desde la calle proponer la poesía, un lenguaje inusual impregnando un sitio de paso como lo es el parque y ritualizar este espacio. La barca emancipa la poesía, al teatro, sus obras están marcadas por todas las temáticas del hombre, desde manifiesto poético, la política, la religión la sexualidad… de pronto Bernardo busca aprobación de la estatua de Bolívar y pregona como desde el púlpito una parábola que ha escrito, una de las cuatrocientas que cuenta la leyenda ha escrito.

La voz adquiere un matiz sacerdotal, exhorta a penetraciones, a emanciparse, una voz que resiste la vejez, que deja escapar una saliva blanca como el sudor del caballo de Bolívar. Luego viene un nuevo cambio de ritmo: la fiesta, Lucía entra en un salón imaginario, ¡la fiesta!, los invitados miran, muy callados, absorbidos, conmovidos. Cesan los gritos, los actores respiran, Bernardo utiliza un nuevo recurso, repite un fragmento de poesía, estrujando a Lucía niega con la cabeza, indica al espectador-elegido, -coja esto guevón, así, eso, repita…- es un nuevo poro, la obra se pinta ahora como un nuevo rehacerse, como salida de una práctica a la que no le importa la perfección o que su perfección es improvisar, es romper el acto puro, es crear diferentes planos en el mismo lugar, como dimensiones o estratos que van desde el parque Bolívar hasta el teatro, pero sin llegar nunca a uno de estos lugares, una dimensión incluye a los espectadores, los adentra y los agita, otra dimensión incluye a los actores, los hace artistas y los vulgariza cuando los corrige, es cuando casi se regresa al teatro, pero su ritmo atropellado,  desestabiliza el movimiento para que la obra se quede en el poro y no llegue a ningún lado, conteniendo todo el arte.

La obra de La barca, es el teatro, un teatro que es poesía, una poesía que es cuerpo, un cuerpo que se sostiene en el aire, que va envejeciendo con la misma fuerza de siempre, resistiendo como un brujo a los susurros de la muerte, agujereando el teatro de Medellín, siendo  uno de los teatros más originales y  sinceros que puedan verse hoy, más auténticos, de un actor, que es director, que es escritor, un artista, que vive del arte, fiel a sus ideales, viajando seguro sin rumbo, ni mar, atado a sus pies que besan descalzos la escoria de su ciudad.

 Julio Der Nasca (26/05/15).

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “Poro teatro

  1. Es un artículo para guardar silencio
    Para quedar sumidos en un proceso de eternidad por siempre
    Para mejorarnos siempre
    Para estar presente
    Para avivar nuestros cuerpos
    hasta donde el alma llegue.
    Gracias:
    Grupo de Teatro “La Barca de los Locos”

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