Infamia tríptica

François Dubois, La matanza de San Bartolomé (1576-1584), Musée Cantonal de Beaux-Arts, Lausanne. Foto: Hollandse Hoogte.
François Dubois, La matanza de San Bartolomé (1576-1584), Musée Cantonal de Beaux-Arts, Lausanne. Foto: Hollandse Hoogte.

Recogí el tríptico de la mesa sin prestarle demasiada atención. Lo veré en casa, pensé, aunque lo ojeé antes de subirme al taxi que me esperaba y distinguí unos trazos hábiles de un pintor profesional en uno de los tres lados, en el lado principal. Digamos trazos clásicos, renacentistas, por decir algo, porque profesionales habrán millones. En los dos lados restantes también había pinturas, y me atrajo que todas parecían tan reales como una fotografía, no por la alta definición que se usa ahora sino por su afinidad con mis sentidos, con la realidad que conozco. Me mantuve observándolas durante todo el recorrido sin prestarle atención a las luces de la ciudad. Al parecer se trataba de una sociedad  con una idiosincrasia violenta y terrorífica. En todas había expresiones beligerantes en los rostros de los transeúntes. Ojalá yo fuera capaz de describir una escena de ese tipo, pensé, ojalá pudiera hacer un poema diminuto así de potente. La sangre excesiva en la multitud hormigueante fue lo que más captó mi atención hasta que distinguí a un compañero de revista: Pablo Montoya. Los dos escribimos en Literariedad, pero yo no tengo la más remota posibilidad de hacer un ensayo como los suyos. Estaba allí, pues, rodeado de la muerte, sin inmutarse, con su sonrisa firme, sobria como la vida que palpita en toda su obra. Lo que más me sorprendió (a la larga lo que menos) fue que el pintor había tenido la osadía de pintarlo escribiendo en una libreta. Así como se oye: mientras volaban cabezas y chorros de sangre, Pablo tomaba notas, poesía, seguramente. Di una mirada a los otros dos lados y, luego de buscarlo bien, lo hallé, también, escribiendo. Y los otros dos pintores, con algo de diferencia, por supuesto, como sucederá con cada texto que hable de él, o cada libro que él escriba, también lo mostraban en el indescriptible momento de la creación. Los tres pintores conocían el secreto de la vida y lo representaban con su inclusión en la carnicería humana.

Todo fue bien hasta que se me dio por pintarme junto a él para echarle un ojo a los poemas que escribía. Como ya dije, pinto tan mal que el Sergio que resultó se parecía más a un chimpancé superdotado que a mí. Pero eso no fue el problema sino que, desde afuera del tríptico, con él en las manos, Pablo me observaba sentado en un taxi con un gesto de quererse pintar junto a mí, que escribía versos desechables como quien toma notas en medio de la guerra.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe. Cabecilla del colectivo poético Grupo Rostros Latinoamérica. Fue fundador de «Regálate un poema» y editor de la revista Literariedad. Colaborador de diferentes medios Hispanoamericanos con aforismos, poemas, articuentos, cronicuentos y relatos de diferentes tipos. Ha publicado el libro de relatos «Los espejos están adentro» y ocho libros de poemas que no ha leído nadie.

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