La cápsula del conocimiento o la piel crítica de Pablo Montoya

Pablo Montoya. Foto, Adriana Agudelo-Toro
Pablo Montoya. Foto: Adriana Agudelo-Toro.

Una vez me descubrí sentada en mitad de la noche pensando en la idoneidad de la cápsula del conocimiento. En mi aturdimiento, esa cápsula contenía Todo y Nada. Era una especie de matriz gigante protectora donde podías sentarte y empaparte de sabiduría. ¡Esa cápsula fantástica que todo lo sabe a la vez que nada! En la práctica se traducía en un millón de posibilidades. Todo era una confluencia de fechas, nombres, influencias artísticas entre autores, curiosidades biográficas de personajes relevantes de la historia universal, etc. Y luego estaba Nada: esa magnífica sensación de comienzo de viaje; más allá de lo que te enseñaba te ofrecía un gran ventanal abierto por el que observar todos los posibles. Te vacunaba con la honestidad necesaria para saber que cada día estamos aprendiendo, que no está todo dicho, que los ojos de la prepotencia te encarcelan en un hogar sin luz. Años después, mientras leía El fin de Mr. Y de Scarlett Thomas creí que la cápsula debía ser algo parecido a ese mundo de posibles puertas que se le aparecen a la protagonista, aunque el final de la novela me despertó de mi estupor. No, la cápsula no era eso. Sumados otros cuantos años más, conozco los ensayos críticos de Pablo Montoya y ¡entonces sí! Entonces aseguro haber encontrado al poseedor de la cápsula del conocimiento.

Leer a Pablo Montoya en su oficio crítico, que es la parte de su ser de la que voy a hablar hoy, es saber con certeza que vas a obtener mucho más de lo esperado, pues su erudición es clara. Su intelectualidad, que a poco de leerlo salta a la vista, está maravillosamente acompañada de una admiración total por el poder de la palabra. Una admiración tan bien trabajada, tan sensata, que le niega la posibilidad de ocultar el maestro que es. Maestro porque domina a la perfección el arte literario y maestro porque no recela en transmitir su conocimiento.

Es un placer, por cotidiana que resulte la expresión, leer una crítica de Pablo Montoya. Una mirada analítica punzante. Eterno aprendedor. Sus críticas son lecciones inmensamente necesarias en un panorama literario en el que los bordes de la literatura están mancillándose a diario por la desinformación (disfrazada de revelación) que abraza nuestro mundo cibernético actual.

Como leemos en su crítica a 2666 de Roberto Bolaño:

“Las obras maestras, y otra vez Bolaño es quien lo afirma, deben pasar en principio desapercibidas y permanecer ocultas; y ser arrastradas, como flores malditas, hacia el misterio y el secreto. […]”.

De este modo, el gran intelectual que es Pablo Montoya ha trabajado desapercibidamente, casi invisible, hasta alzarse con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2015 por su Tríptico de la infamia con lo que, por si alguien todavía lo dudaba, queda demostrado que los críticos, los de verdad, no son escritores frustrados.

Enhorabuena Pablo por ese merecido reconocimiento a la labor que haces como escritor y gracias por todo lo que nos enseñas a quienes te leemos, sin pedirnos nada a cambio.

Noelia Martínez

gotasamargas@literariedad.co


@NoeliaMarBo

Más fotos de Adriana Agudelo-Toro en Flickr.

Noelia Martínez

Lectora que escribe sus percepciones. Amante del lenguaje y sus posibilidades. Colaboro en http://Literariedad.co escribiendo la columna Gotas Amargas.

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