Pablo Montoya, Los derrotados – Juan Gustavo Cobo Borda

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Por: Juan Gustavo Cobo Borda

Pablo Montoya, Los derrotados, Medellín, Sílaba Editores, 2012.

Con una prosa activa y sugerente, Pablo Montoya (1963) nos da en esta novela dos historias paralelas. Una remota, de finales del siglo XVIII, en una ciudad de más de siete mil habitantes, Popayán; y las ambiciones de un joven disperso que se debate entre la jurisprudencia y su amor, que desea científico, por la naturaleza. Francisco José de Caldas.

La segunda historia, fechada en 1983, también se ofrece mediante cartas. Las que Santiago Hernández le envía a su amigo Pedro Cadavid, lector del “calamitoso” (p. 32) poeta Benedetti, y aspirante a la gloria literaria. Las cartas, desde el Urabá, cuentan su iniciación en la guerrilla del EPL.

Pero lo que desde el arranque realizan estas dos series de misivas, esta recopilación documental para una hipotética biografía ligera de Caldas para jóvenes, es un proceso de demolición de los estereotipos.

Caldas, prócer revolucionario anti español. Santiago, redentor del país mediante un grupúsculo inconforme y en realidad analfabeta. Pero nada es lo que parece.

El trío de amigos del Liceo Antioqueño, Santiago, Pedro y Andrés Ramírez, fotógrafo, viven la emotividad juvenil, en amores, canciones, protestas e indecisiones vocacionales, que en el caso de Santiago funden amor por la naturaleza, lección alfabética de árboles y orquídeas, con sus primeras acciones como graffitero subversivo contra los muros de la Universidad Pontificia Bolivariana.

Pero Lis Murillo, estudiante de Medicina en la Universidad de Antioquia hace que “Santiago se entregaba a Lis. Y sentía que hacerlo era entregarse a la revolución. Ambas eran más o menos lo mismo: causas amadas, pero perdidas de antemano” (p. 70).

Vendrán luego su tortuoso ritual de iniciación, golpes, ahogamiento por inmersión, cuando el ejército lo captura a él y su amigo Jota, “en el corregimiento de Currulao, en el municipio de Turbo, en el Urabá antioqueño” (p. 83), con un cargamento de armas y papeles subversivos, para el EPL.

Por su parte, Caldas atraído por la pareja que conforman Humboldt y Bonpland, irá a Ecuador. Allí Caldas ofrece su descubrimiento -medir montañas a partir de la ebullición del agua-. Pero los logros del astrónomo y botánico, “nacido en las tinieblas de Popayán”, primo de Camilo Torres, estudiante en el Colegio del Rosario, en Bogotá, empiezan a medir sus limitaciones:

“Mi destino es la sabiduría. ¿Y he de quedarme sepultado en la barbarie?” (p. 93).

Su primer sueño, acompañar a Humboldt en su gira americana, se ve frustrado pues el barón prefiere a Carlos Montular, el hijo, del Marqués de Selva Alegre, más accesible a sus requerimientos homosexuales. Por todo lo cual, el puritano Caldas llama a Quito, Babilonia y a Montufar y sus amigos “Jóvenes indecentes” (p. 101).

En referencia a Caldas, la novela devendrá ensayo, como lo plantea el capítulo 12, donde una mirada comparativa establece un buen resumen de las figuras de Mutis, Humboldt y Caldas, sus personalidades y aportes respectivos.

“Con el tiempo, Humboldt se ganará todos los honores. Será la gran vedette científica del siglo XIX y el fundador de una nueva disciplina, la geografía de las plantas, en la que Caldas es un innegable precursor así los historiadores de la ciencia no lo reconozcan” (p. 169).

Por otra parte, Caldas termina por ver en Mutis “su carácter desconfiado ” (p. 164) y “la incapacidad y la abulia de acabar un proyecto colectivo” (p. 165).

En las propias palabras de Caldas:

“¿Quién puede creer que un hombre lleno de virtudes, de conocimientos, de sosiego y comodidades, como fue Mutis, haya dejado unos vacíos tan inmensos y tan difíciles de llenar?” (p. 166).

La historia de Andrés Ramírez, periodista y fotógrafo de El Colombiano, especialista en zonas de guerra, masacres y desplazados (Mutata, Ituango, Apartadó y Puerto Valdivia) se cruzó con Alba Bastidas, pastusa, socióloga graduada en Cali y cuyo hijo con Miramas, un sendo intelectual, adicto a la marihuana y a Andrés Caicedo, da pie para recrear la desaparición de ese adolescente, José, buscado en vano por morgues, pueblos y hospitales por su madre. Allí también puede situarse otra historia, la de Jota, el amigo de Santiago y con quien compartir tortura y cárcel, que ante el fracaso y degradación de su grupúsculo guerrillero emigra a París y allí vive el exilio casi caricaturesco de los latinoamericanos que se emborrachan y lloran, considerándose “marionetas de la historia” y frustrados protagonistas de una utopía política que no fue. Para morir, finalmente, en las remotas playas de Abdiyán, convertido en funcionario internacional.

La novela, en algunas acciones se estanca en capítulos como el 8. Una suerte de breve trabajo sobre la fotografía y la guerra a partir de Robert Capa y su celebérrimo retrato del miliciano republicano muerto en la guerra civil española el 5 de septiembre de 1936 y otros hitos para conectarlos con las fotografías de Fabricio Ospina en El Mundo de Medellín.

Otros dos capítulos, el 10 y el 17, son como anverso y reverso de un fichero. El primero de flores y árboles, en sus descripciones poético-botánicas (clemátide y jazmín, laurel y girasol) y el 17, de 1997 a 2005, sobre las matanzas de Ituango y Mutata, de Segovia y Frontino, de Bello, Granada y San José de Apartadó en Antioquia y de Juradó y Bojayá en el Chocó. Allí donde el horror se repite, el desdén del Estado es recurrente y ninguna fe ni iglesia logra contener a las bestias, llámense guerrilla o paramilitares.

En todo caso, la novela hace honor a su título. La melancolía que impregna el final de Caldas, perdido entre las facciones de la patria boba y sus disputas entre centralistas y federalistas y su conmovedora carta de 1816 a Pascual Enriles, al enumerar sus trabajos inconclusos y decir:

“Estoy, en lo más profundo de mi conciencia, arrepentido de haber tomado parte en esta revuelta de extraviados. Tenga piedad de mí. Téngala de mi pobre familia. Sálveme por el Rey y su honor” (p. 249).

El Rey español, claro está, no escuchó su ruego. España no requería de sabios de sus colonias. “Que inventen otros”. Caldas sería fusilado. Por su parte, los tres jóvenes cómplices del Liceo de Antioquia, Andrés, Santiago y Pedro, envejecerán con el peso de la nostalgia por lo que se pudo y no cuajó. Otra generación, como la de Caldas, fracasada en un país injusto. Donde sólo la naturaleza parece aún sostener la desigual batalla para que no desaparezcan las orquídeas y se oxiden las playas. Más allá de mujeres y hombres con sus sueños equivocados. Esta inteligente comprensión y acierto al definirla con palabras emotivas refrenda el valor de esta novela.

Juan Gustavo Cobo Borda

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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