Juan Diego Tamayo: X Monólogos, diez máscaras – Juan Manuel Roca

Carátula

Prólogo de Juan Manuel Roca a la edición

Monologar es muchas veces dialogar con la naturaleza, pues somos naturaleza. De ahí que adoptar máscaras, ponerse caretas, algo que despersonaliza para darle voz a los otros que somos o que quisiéramos ser, es una manera de abolir o al menos camuflar el acento auto-referencial ligado a un privativo yo, una forma de ser uno en los demás. Esto lo han sabido con rigor desde Baudelaire y Schwob hasta Edgar Lee Masters.

Estos “X Monólogos” de Juan Diego Tamayo apuntan su flecha en ese sentido. Les presta su voz a una serie de personajes que desde sus oficios más diversos o de sus manías y modos de ir por la vida, le permiten juntar reflexiones sobre el mundo y el devenir, la muerte, la ensoñación y los desvíos del tiempo en un espacio lírico. Sin ser una poética simbolista a rajatabla, hay mucho de símbolos o de cierta manera alegórica en el ámbito de cada texto, de cada oficio registrado en su palabra. Todo, tocado por un tono de fábula y atmósferas de entresueño ligadas a una esfera de cuño medieval.

Cruzan por su lente el que quiere la posesión del mundo y padece una bulimia de riquezas, la tejedora, que a pesar de tener la vida pendiente de un hilo quisiera ser la forjadora de la trama del mundo. Allí, en ese poema (“De la tejedora”), uno podría colegir sin embargo un símbolo poderoso ligado a la rueca. Cirlot recuerda que “como los husos y las lanzaderas” la rueca representa “el comienzo y la conservación de la creación”. Algo emparenta a la tejedora con “las parcas que hilan la trama de la vida y cortan el hilo”, afirma el mismo Cirlot.

Juan Diego Tamayo, para la escritura de sus monólogos parece haber ido a proveerse de en un mercado de máscaras. De ellas adopta a su antojo la del actor que lava su careta antes que su cara para salir a la escena, el antifaz del jugador que sabe que un golpe de azar puede abolir dados y barajas, contradiciendo la premisa del viejo poeta.

Es muy logrado y doloroso su poema “Del olvidado” y en él se refleja una casta de seres borrados del mapa cotidiano: los que salieron por gusto o forzado ostracismo de la escena social, los que figuran como pasado no obstante vivan en la periferia del otro, los que solo existieron cuando había una vendimia de festejos, los que alguna vez tuvieron un nombre, los que hablan a solas y se olvidan de sí mismos.

Bella y eficaz es su máscara del relojero que da cuerda a la servidumbre del mundo mecánico. No es el vigilante primitivo de los relojes de leche de Babilonia, ni el que mira el desierto como un inmenso reloj de arena, sino el que de manera puntual marca en su necrómetro la hora de entrada y salida de un mundo que a veces resulta ser una triste factoría.

Juan Manuel Roca

Bogotá, 1 de abril de 2015.

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Juan Diego Tamayo

X Monólogos

Bogotá. Cuadernos del Violinista. 2015.
Editor y director de la colección: Juan Manuel Roca.

Selección

 


DE LA ADIVINA

Los hilos del destino ya están tejidos en los hombres. Cada cosa habla para ellos. Yo descifro lo que los dioses han escrito en el cielo de todos sus días. Descifro el canto de los pájaros y hablo por ellos a los oídos incrédulos. Descifro la ceniza del tabaco y hablo a los hombres de su renacer. He sido la pitonisa, la Carmentea, la sacerdotisa de los templos. Me han consagrado el alivio de las pestes. Me han santificado por curar los males que han traído los asesinos despiadados. Sobre montañas de misterio he quemado las hierbas sacras de la curación y he visto el movimiento de las cosas en su orden perfecto e incólume. He enderezado el camino de reinos perdidos y ahora innombrables. He detenido la espada, estancado la sangre de lejanos pueblos. He hablado por boca de los árboles, de los caracoles, de las barajas. He anunciado la desgracia, el triunfo, la desolación. He dicho que arderían los campos de trigo y así fue. He dicho que el poder es efímero y así ha sido. He hablado de las tormentas que azotarán a los hombres en siglos venideros, y así será. Leo los signos del mundo. Leo sus entrañas. Leo y hablo a los hombres por boca del laurel: anuncio cataclismos, trágicos amores, naufragios innombrables. Y todo sucede. Digo simplemente lo que conjuga el pasado, el presente y el futuro. Digo lo visto en el susurro mágico que guarda cada elemento. La naturaleza no habla como los hombres. Su habla tiene otras manifestaciones. En todo hay un anuncio. En todo una epifanía. Un lenguaje secreto y milenario que a muy pocos les es dado conocer. Sólo yo, protegida del reino, pude adentrarme en esos arcanos y aprender la grafía y la voz de los mares, de los bosques, de las nubes, de las estrellas. Todo me habla. Todo me envuelve con su murmullo de agua dulce y con sus palabras de condena y liberación. Y parada sobre el trébol del silencio veo el camino de los hombres, la marca insoslayable del destino, la agonía y la desavenencia. Todos vienen a mí. La Pitia, la Carmentea, la Hechicera, la Vidente, la Adivina, la que conoce la fatalidad y el acierto. Todos vienen a mí a que les lea las líneas del cielo cuando éste extiende sus manos. He visto el horror y la ternura. La lágrima y el abrazo. La vida, el destino, tiene tantas manifestaciones como hombres hay en el mundo. Todos nacen con su fardo y su estrella de luz. A todos nos es dado vivir en la revelación. Yo sólo leo lo que las estrellas con su punta han escrito sobre la hoja de su vida.


DEL RELOJERO

Doy cuerda a los relojes del mundo. El tiempo me tiene envuelto en su sonido de eternidad. Cuándo llegará mi hora. Lo he preguntado una y otra vez. Desde el primer momento en que di rumbo a las horas, las que para unos han sido lúgubres, las que para otros han representado una manera de sentirse eternos. Voy dando cuerda a los relojes del mundo. Y todos me miran con desconcierto. Detenidamente se quedan mirándome como si fuera el verdugo o el salvador que, desde esa pequeña maquinaria, recuerda a todos lo breve de su paso por estas tierras agrietadas.

Nunca me he preguntado si he sido justo o no. Tampoco tendría por qué hacerlo. No encuentro nada más justo que el tiempo. Nunca me he preguntado dónde está la ruptura de la continuidad que lo define. Esa es su esencia. El tiempo con sus barbas largas, larguísimas, no se hace preguntas. Sólo fluye. Hila sus frases de piedra sutil mientras los demás hombres aceitan su maquinaria danzante. Todos van de prisa. De un lado a otro los veo a todos moverse presurosos, queriendo alcanzar lo inalcanzable: acaso un mendrugo de eternidad, acaso un poco del pasado mismo que los arrastra hacia un final inconquistable.

Nada me separa del pasado, del futuro o del presente. Estoy, lo sé, en un mismo punto cumpliendo la función asignada: dar cuerda a los relojes del mundo. Por lo que no me atraso. Por lo que no me adelanto. Estoy en la hora fijada. Siempre estoy fijando la hora. Siempre estoy en el centro mismo del tiempo. Dando cuerda a los relojes y recordándoles a todos que él es el único que no se detiene. Que fluye. Que fluye. Que fluye. Acuérdate, acuérdate, acuérdate: él es tu único amo, dueño y señor. Y yo seguiré moviendo su maquinaria hasta que me llegue mi hora.


DEL JUGADOR

No me canso de tirar los dados de la vida. A cada golpe puede resultar la ventura o el infortunio. Mi vida ha sido enaltecer el azar. Me veo en la baraja de los días buscando lo que sin certeza se me ha perdido: desesperanza, angustia, desconsuelo. Pero también un inconmensurable deseo de que por fin el azar sea generoso conmigo. Para alcanzar lo que he perdido tentando las probabilidades tantas y tantas horas

Me digo que he pasado las horas arañando el infortunio. He visto hombres salir de este lugar sin nada. Han perdido hasta su nombre. Y el pasado ni siquiera lo pueden recuperar. He visto seres asustados porque la suerte los ha abrazado y a quien abraza la suerte, también lo asalta la desgracia. Perdidos caen como un tronco viejo y seco en la locura. Caen para no volver a tener nombre. Para no volver a tener nada. Sólo el silencio y el camino incierto que se ilumina con el amanecer. Pero yo he perdido y he ganado. Y esto lo he sentido también con el amor. El mismo que me rompió el cristal de las ilusiones. El mismo que me partió el corazón de la baraja incierta y despiadada con el olvido y el adiós. Así mi vida cae como estos dados. Se agita como la baraja de esta vida mi vida. Sin que sepa ya nada de nadie. Sin que pueda volver a ver el sol. Sólo con el frío de la noche tentando sin clemencia al azar. Tentando una y otra vez la ruina, la desgracia, la ambición. Dejándome llevar por el humo de los números. Por la sangre turbia de las cifras. Por la impaciencia del triunfo o la desgracia gélida y repentina.

Así pasan mis días. En la penumbra de la suerte. En la incertidumbre del azar. En el orden aleatorio de las fuerzas del destino. Así mi vida cae como estos dados  que buscan el golpe de gracia. El golpe que me separará de la vida misma. La suerte está echada.


DEL ESCRIBA

Mientras escribo me escribo. Soy el que ha gastado horas eternas con la tinta de la noche para dejar en el papel del día la memoria de los hombres. He escrito sobre el desierto y cada punto final es un grano del mismo. Líquidas han sido las letras que del mar hablan y de angustia cada vocablo cuando del olvido se trata. Algunas veces soy la grafía distante que juzga. Otras, la letra que enaltece el amor. Casi nunca he sido la letra  que al hablar de lo justo se trata. En mí están todos los alfabetos y he ensayado horas enteras complejas caligrafías que me llegan de lejanos pueblos. Con sangre he escrito sobre cruentas batallas. He celebrado el triunfo de la muerte. He celebrado con la savia de los árboles de primavera la consagración de la vida. Soy la grafía estelar. La grafía de tantos y tantos tiempos  que ya en ella me pierdo. He escrito epístolas de dolor, de rechazo, de sentencias. La más de las veces mi mano tiembla. En algunos momentos mi mano se solaza con lo que escribo y me siento como si acariciara una paloma perdida. He dado orden a obtusos pensamientos. He reordenado los astros y sus movimientos. He asistido a la asamblea donde hombres confabulan contra otros por el poder. La muerte me dicta también sus arbitrios. Oficiante de antiguos alfabetos soy en esta habitación en penumbra. Sólo el candelabro me acompaña y con su luz escribo un horizonte mejor para las generaciones futuras. Escribo ahora, poseso de las sílabas, escribo sobre la piedra del sacrificio. Así la escritura. La letra que me acompaña pule mi sangre como si de un diamante se tratara. Escribo con sangre, con la misma que he visto correr, como ríos de tinta, en las batallas, con la misma sangre que le he arrebatado al ocaso malva, con la misma con la que pondré punto final a estos folios con los que escribo mi vida.

Juan Diego Tamayo

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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