La emoción  en “Catulo en el destierro” de José Ángel Leyva. Por: Jaime Londoño

De izquierda a derecha los poetas: Juan Manuel Roca, Juan Gelman, José Ágel Leyva y Antonio Deltoro. Foto: Pascual Borzelli.
De izquierda a derecha los poetas: Juan Manuel Roca, Juan Gelman, José Ágel Leyva y Antonio Deltoro. Foto: Pascual Borzelli.

Por: Jaime Londoño

Antes de entrar a conversar de “Catulo en el destierro”, libro escrito por el poeta mexicano José Ángel Leyva, es preciso aclarar lo que es la emoción creadora, es decir, aquella que culmina en la producción de una escritura creativa. A tal fin me he valido de diversos estudios que pueden dar luces sobre el fenómeno creador, pues bien lo afirma Edgar Morin: “el pensamiento complejo rechaza las consecuencias mutilantes, reduccionistas” como lo haría la sicología en el caso de la creación poética. Y no es que se deban negar las conclusiones a las que ha llegado el sicoanálisis, sino que debido a las limitantes de su discurso se queda corto al momento de abarcar el fenómeno de la creación poética. En tal sentido Sartre: “El sicólogo se propone analizar tan solo dos clases de experiencias perfectamente definidas: la que proporciona la experiencia espacio-temporal de los cuerpos organizados y la que suministra ese conocimiento intuitivo de nosotros mismos llamado experiencia reflexiva”.

Mejor dicho, lo que quiero explicar es que no importa dónde se pare el poeta, lo trascendental para la poesía es cómo lo hace, de qué manera se sienta a ver si lo que observa es todo un espectáculo o algo baladí que carece de importancia, pero lo que sí es cierto es que cada objeto, cada instante bajo cualquiera de las luces de las horas asciende a la categoría de lo estético si se pude entablar una relación directa de lo real imaginario[1] con lo poético. El Catulo de la sencillez y la naturalidad no es el mismo si lo ve el ojo común a si es observado por el poeta. El ojo común solo puede tantear lo cotidiano, lo que le pasa de mañana a tarde, pero el poeta ve más allá: en ese gesto, en esa sustancia que muta bajo el cielo, ocurren fenómenos que sólo la destreza del verso puede desentrañar, como bien lo hace José Ángel Leyva, quien sabe que las apariencias no son simples sonajas que no determinan el curso de la historia, por tal motivo no las deja de lado, el poeta las toma y las hace trascender a tal punto, que el lector siente que son absolutamente novedosas, pues trabaja el espacio vacío como lo fragua un músico, en esos silencios se abre el lenguaje de lo supuesto, de lo sugerido: “La cerbatana de la luz dispara / encaja su dardo / el veneno”. Lo que nos demuestra que uno se conoce muy bien es gracias a la poesía, especialmente por ella, pues es la que dota de imágenes a toda la literatura, pues no hay un símbolo que exprese claramente cómo se subió el creador a la cornisa. Nada dicen los anales o las bibliotecas sobre el asunto del asombro, esa faceta que corresponde al lector luego del viaje entrañable que hizo por las lindes de un poema. Porque es el lector quien elabora su propio universo gracias a la lectura de cada uno de los versos, y así arma el puente que comunica sus episodios con realidades mucho más amplias, con imágenes, que cuando son sencillas, lo convocan —siempre—a recrear su cotidianidad como valor poético implícito. Mientras esto ocurre en un espacio que cada uno ha determinado para la lectura, José Ángel se ha ubicado en una acción que puede ocurrir más allá de la memoria. Quizá trepó por la cornisa para gritar “Eureka: he descubierto el mundo de Catulo como ningún otro”. Pero este evento sólo acontece cuando el artista se sorprende del universo que lo circunda. A propósito, dice Charles Baudelaire en El pintor de la vida moderna: “Para el niño todo es novedad; siempre está embriagado. No hay nada más parecido a lo que llamamos inspiración que el alborozo con que el niño absorbe la forma y el color. La inspiración tiene algo que ver con la congestión…] Todo pensamiento sublime se presenta acompañado de una sacudida nerviosa, más o menos fuerte, que repercute hasta el cerebro. El genio no es más que la infancia recobrada a voluntad, la infancia dotada ahora, para expresarse, de órganos vitales y del espíritu analítico que le permite ordenar el agregado de materiales involuntariamente acopiado”.

Entonces ese “eureka” nos dice que lo que “Vio” el autor en mayúsculas nadie lo sabe, ni siquiera el poema lo exprese totalmente. Acaso las palabras que bailan en cada uno de los versos apenas alcancen a intuirlo. Ni siquiera el ambiente se percata del fenómeno. Sólo algunos trazos diluyen fragmentariamente lo que el ojo no vio en minúsculas. Tal vez lo pudo haber visto el papel antes que el ojo. A eso denomino herencia cognitiva: todos aquellos fragmentos que permiten que en determinado momento se establezcan conexiones que nos hablan de la creación poética. Voces calladas que vienen de otros universos. Por eso, como dice Eliot: “Ningún poeta, ningún artista, posee la totalidad de su propio significado. Su significado, su apreciación, es la apreciación de su relación con los poetas muertos. No se le puede valorar por sí solo; se le debe ubicar, con fines de contraste y comparación, entre los muertos”.

Gracias a la lectura de “Catulo en el destierro”, descubro que el papel pudo ver antes que el ojo, el corazón antes que el dedo, la memoria antigua antes que el recuerdo. Porque también a través de la lectura es como se aprenden las categorías con las que se adquiere la emoción. Por lo que se puede afirmar que jamás quien trepa al acontecimiento sin asombro puede, en un acto súbito, determinar cuáles elementos son poetizables. Y entonces empieza a funcionar la ilógica, que como se halla cerca de lo irracional, abre nuevas instancias. Pongo como ejemplo el siguiente poema:

Las imágenes del sueño se interponen

a la densa claridad del tacto

revolotean porfiadas en torno a las ventanas

desaparecen entre la timidez reverberante de los vidrios

buscan sedientas la memoria

Aletean lo párpados incrédulos

como aves nocturnas atrapadas en su nido. (15)

Así como en los cuadros uno aprende a oír lo que está pintado, José Ángel nos enseña a ver lo que hay escrito:

La realidad se ciñe a los sentidos

se ofrece descaradamente

escita el pulso y lo acelera  (17)

Es en los contornos de las realidades que propone José Ángel donde se hallan las metáforas y los instintos que invitan a la sensación de lo visual y de lo novedoso. Sobre las balizas que delimitan lo real, Leyva subvierte el orden establecido para burlarse de lo cotidiano y de las cosas que no ve la mayoría. Tomemos como ejemploel siguiente poema:

Sobre el espejo matutino, la ansiedad se extiende

como llaga nebulosa que estrangula al cielo

El pecho es un túnel con su fantasmallocomotora

que no puede atravesar sus costillas carcelarias (18).

 

El Yo que se desborda es una de las cornisas que Leyva eligió. Allí es donde ocurre el fenómeno creativo, el fenómeno poético. A través de sus poemas nos enseña que la poesía no nace de un hobby, sino de un trabajo arduo y transparente que invoca y convoca a las imágenes. Con estas levanta la mirada hacia la vida para mostrarnos que hay otra realidad más profunda. Una realidad que lo circunda y habla de la otra que lo habita:

Algo busco entre este montón de eternidades

alguna brizna inmortal en mi cerebro

el filo de unos labios que corten

la soga de mi cuello

mi asfixia

mi ponzoña.(51)

Bien lo afirma Pavese: “La poesía no nace de our life´s work, de la normalidad de nuestras ocupaciones, sino de los instantes en que alzamos la cabeza y descubrimos con estupor la vida. (También la normalidad se convierte en poesía cuando se hace contemplación, es decir deja de ser normalidad y se convierte en prodigio). También en “Catulo en el destierro” hallamos que trabaja la ironía con los elementos más sutiles que se pueden hallar en el mercado ambulante de los días:

El tiempo inventó su relojero

lo puso de pie

le abrió los poros

colocó en sus manos el pulso

y el cambio de las cosas

lanzó su mirada hacia el futuro

y lo invisible se llenó de sueños (59).

Pero para llegar a dicho prodigio es preciso sintonizar el ánimo y los diez sentidos. Es decir, al crear la metáfora, pasó de lo cotidiano al asombro, y de allí a la emoción. Así, el tiempo no fue un enemigo, sino un aliado que lo impulsó a que se alejara de la parsimonia y creara lo insólito. Término de fácil deducción a la que puede llegar todo lector tras recorrer los poemas de “Catulo en el destierro”. En ellos José Ángel le da vuelta a la realidad para dejarnos ver su asombro, el del nuevo universo que funda al jugar con el instante.

Mediante la observación crítica de los fenómenos, tanto oníricos como cotidianos, Leyva los sublima con el uso de un lenguaje sencillo, sin ampulosidades ni rebusques en las hojas de las bibliotecas o diccionarios, bien lo dice Lomonósov, citado por Tiniánov en el libro “El problema de la lengua poética: “… Notemos de paso, para interés del poeta, cuánta fuerza adquieren las palabras más comunes cuando están ubicadas en su lugar”.

Tan cercano al budismo Zen, “Catulo en el destierro” sugiere la vacuidad que se logra desde lo silencioso. Hay poema en donde se percibe el movimiento que se exalta con lo primigenio. Luego de varias lecturas pienso también en el Hayn Teni de Madagascar y en el Patum de Malasia. Al equilibrar el punto de vacío, como uno de los factores sobre los que se sostiene el poemario, Leyva consigue desarrollar un grado especial de emoción, pues según Sartre “toda aprehensión emocional de un objeto que causa temor, ira, tristeza, etc., no puede realizarse sino sobre el fondo de una total alteración del mundo”.

La emoción en “Catulo en el destierro” proviene de un “conectarse” con la experiencia. De esa forma accede al saber que orienta los sentidos en una dirección determinada con el fin de producir el poema. Y, recalco, nos enseña que no es lo mismo el ver común y corriente de cualquier persona al producido por la experiencia que desemboca en el vacío. Es como si nos dijera que hay una fuerza más profunda que permite que esa visión se aleje de lo cotidiano y funde algo nuevo, como ocurrió con el origen del romanticismo en Alemania. Y no es que solo piense en Goethe y el “Sturm und Drang”. La fuerza que genera y da vida, la fuerza motriz que desencadena en el verso, no solo va ligada al ímpetu creador.

Otra de las temáticas que sorprende en “Catulo en el destierro” es que en los poemas se trabaja el tema del amor tangencialmente, como si estuviese de acuerdo con Sebald: “La literatura de la era burguesa se ocupa de los enredos del amor más que de cualquier otro tema. Parece como si la fantasía literaria no pudiera encontrar otra escapatoria que las permutaciones de los ideales del amor así desarrolladas”.

Además, la emoción en “Catulo en el destierro” extiende las nubes proveyendo al lector de múltiples experiencias vitales que lo conducen mucho más allá de todo lo explícito que le pueda ofrecer la vida, y así lo torna materia nueva, nueva voz y elemento que puede transmutar en otro devenir.

Pero cabe agregar que en el corpus es posible hallar la alegría que siente cuando se trae a colación la vivencia. Es que José Ángel rememora con tal vitalidad lo que ha experimentado Catulo en el pasado, que se le facilita al lector transportarse a episodios únicos que por tales se tornan entrañables. Tal es la fuerza evocativa que se percibe, como si los actos hubiesen sido consumados en el presente inmediato. Esto me lleva a pensar que en su poesía hay dos clases de emoción, dependiendo del lugar desde donde surja. Primero la interna, producida por factores afectivos. La segunda, la externa, suscitada por elementos extraños a la volición del artista. La primera, la que atañe a los afectos, es la que posiblemente la condujo a la ejecución de tan formidable libro.

Los versos de “Catulo en el destierro” indican el camino a seguir para cualquier creador, ya que es en ese decurso donde ocurre la fuerza sugestiva del poema para no caer en la mentira, en literatura. Textos donde las vías de acceso se ven forzadas por formas carentes de significado, de experiencia vital, textos que se parecen más a malos comunicados de prensa que a versos donde se trasciende hacia lo estético.

Es sobre las bases de su imaginación, como producto de la emoción, donde se yerguen los cimientos de sus poemas. Es en el imaginario, producto de la relación con el mundo donde surgen sus mitos, sus juegos, sus cantos. Sobre todo sus juegos, que son la base para la construcción de imágenes. Ahora traigo a Glisant desde su Martinica: “La escritura, que nos conduce a intuiciones imprevisibles, nos revela las constantes ocultas de la diversidad del mundo, y notamos con bienaventurada dicha, que esos invariantes nos hablan a su vez”.

La poesía era polen

signos-llaves

aliento objetivo

entre lo real e imaginario

Los sonidos humedecían sus raíces

en las cavidades del átomo

para contar secretos sin lengua

para cruzar puertas cerradas(65).

Y así observamos cómo desdobla la realidad, le pone nuevos límites. Cada uno de los nuevos espacios que ha creado propone un imaginario renovado en el cual la experiencia de lo ordinario, cotidiano y habitual de la vida del hombre rinden tributo al pensamiento, ya que de la realidad Catulo extracta elementos sutiles con los que elabora lo poético. Y lleva del ojo al lector por la senda con una lente que redescubra la existencia, su vida, sus vivencias.  Y es que Leyva se permitió el toque. Al no haber ido para donde va Vicente, nos demuestra que las posibilidades son infinitas, como infinitas las formas de expresar en verso momentos que se tornan especiales al ser contemplados por la palabra del poeta. Es un sistema en el que importa más lo que se sugiere, lo que subyace detrás del texto. Ese sistema se ha convertido, en “Catulo en el destierro” en un trazo que por sus virtudes exalta la experiencia de lo intangible, se ha tornado una emoción que va más allá de la simple y diáfana formulación. Pues es que la emoción es un modo de psicoreacción a los estímulos externos, que en pocas personas produce el efecto que conduce a la creatividad. Y aunque a muchos se les afecte la atención y la memoria, no por ello llegan a configurar la realidad nueva, lo aparentemente irrelevante que se hace poiesis, que justamente en griego significa creación.

Obvio que no me detendré en hablar de conductismo porque, como dice el refrán intelectual, “el ratón ya nos demostró que cada vez que desea comer simplemente recorre el laberinto”. En ese sentido prefiero quedarme con el término en latín emotio que le da origen y que significa movimiento, impulso; lo que se mueve hacia. Y aunque puede que la emoción sea subjetiva, siempre conduce al artista a un plano superior de comprensión, es decir, al conocimiento OBJETIVO en mayúsculas que nada tiene que ver con el conocimiento objetivo en minúsculas. El primero descubre, funda, vivifica y genera fuerza creativa, el segundo solo analiza y comprende, es decir deduce sin establecer el puente de unión con la realidad primera. Es decir, no ata cabos sino rellena. O como lo afirma Abel Martín en “De un cancionero apócrifo” al hablar del ser, de la creación y del conocimiento que produce la poesía en contraposición con el que brinda la ciencia: […la x constante del conocimiento objetivo de la ciencia, descolorido y descualificado de la ciencia, mundo de puras relaciones cuantitativas…].

Las emociones, por su origen, pueden catalogarse en externas e internas. Las primeras son aquellas que no han sido motivadas por factores intimistas, sino por el contacto directo con una realidad ficcional. No es el caso de “Catulo en el destierro”, pues siempre se puede hallar una referencia a la experiencia habitual. Los elementos variables que allí se fundan conducen a realizar un redescubrimiento sobre su estar en el mundo. Y como se ha permitido la permeabilidad, se ha dejado influir por el ambiente.

La emoción interna, en “Catulo en el destierro” se produjo por los términos que dejaron los hechos del tiempo, los elementos que proceden desde las vivencias recientes o perdidas, y que por un azar de la vida, vuelven con una fuerza inusitada y se manifiestan en poemas. Y ahora una misiva que viene desde el otro lado de la muerte y trae ausencias o presencias, me brinda esos fragmentos que tantos logran pensar pero que pocos logran repetir, porque no se dejan emocionar.

 

Un solo pedazo de incoherencia

            eran los hombres

Feroces diosecillos

Tumulto de dibujos animados (81)

 

Así cierro el recorrido de la emoción por los poemas de “Catulo en el destierro”, obra en la que se expresa el sentido oculto de la magia poética, ya que junta realidades opuestas para configurar la imagen, como “malecón de algas”. Imágenes que sorprenden por la vitalidad, por la fuerza evocativa y por la medida justa como están trazadas. Nada ha quedado al azar, todos los poemas están muy bien pensados para que produzcan el efecto irónico y erótico. En su poética se ve que su primer esfuerzo, como lo afirmaría Eliot, es aclararse las cosas. Afirma lo que se debe hacer al momento de escribir, qué elementos no se deben trasmutar: El crepúsculo será una menstruación de nubes.

Jaime Londoño


[1] Utilizo el término lo real imaginario para decir que detrás de lo tangible hay mundos paralelos que solo puede ver la literatura y en especial la poesía.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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