La danza del profesor Dodgson

José Fernando Rivera Serralde. Foto de su archivo particular.
José Fernando Rivera Serralde. Foto de su archivo particular.

Por: José Fernando Rivera Serralde *


Si tuviésemos una Fantástica así como tenemos una Lógica,

 estaría descubierto el arte de inventar.

Novalis.

 

La carta está dirigida a Gaynor Simpson, una niña de 13 años, un par de días pasada la Navidad de 1873. Quien la redacta le reprende porque al parecer escribió mal el nombre a quien anteriormente había dirigido una carta celebrando las festividades de diciembre. “Mi nombre se escribe con “G”, es decir, “Dodgson”, ¡Cualquiera que lo pronuncie como ese miserable (me refiero por supuesto al presidente de la Cámara de los Comunes me ofende “profundamente y para siempre”! ¡Es algo que puedo “olvidar”, pero que nunca “perdonaré”! Si vuelves a hacerlo, te llamaré a ti “Aynor”. ¿Podrías vivir con un nombre como ese?”.

Me gusta imaginar a esta niña en un lento repaso de la carta, palabra por palabra, cuyo contenido es la respuesta final a su invitación al profesor Dodgson de bailar alguna tarde en la sala de su casa, mientras acepta su travesura con esa sonrisa cómplice que solo tienen las estrellas. La respuesta del profesor Dodgson a aquella invitación inocente fue, por lo menos, tajante:

 “En cuanto a bailar, querida mía, yo “nunca” bailo, a menos que me permitan hacerlo a mi “propio modo particular”. Es inútil tratar de describirlo: hay que verlo para creerlo. En la última casa donde lo intenté, quedó destrozado el suelo. Claro que entonces había un suelo de lo más birria… las tablas sólo medían seis pulgadas de espesor y unas tablas así no merecen siquiera el nombre de tablas. Desde luego, las losas de piedra resultan mucho más adecuadas cuando baila alguien de mi “singular especie”. ¿Has visto alguna vez en los jardines zoológicos a un rinoceronte y a un hipopótamo intentando bailar el minué? Es un espectáculo conmovedor”.     

Sin duda no sería posible ejecutar esa  danza “singular” del profesor Dodgson o “Lewis Carroll” en un piso de frágiles tablas de madera. Sin embargo, sí logró establecer toda una didáctica de la fantasía, un nuevo modo de dirigir la literatura a sus discípulos, sobre una firme superficie cuadriculada de losas blancas y negras con las formas del ajedrez, ese juego que tanto amó.

El espíritu de Dodgson, pensó Chesterton en su ensayo “Los dos lados del espejo”, no podía ser más victoriano: en él habitaban el total dominio de las matemáticas y la lógica, y el conflicto de un diácono anglicano que no deseaba serlo. Sólo la danza, “su” danza podía salvarlo. Bastaba apenas un revolcón al tablero. Encontró en el diálogo con las niñas el escape del mundo de los adultos. No tenía la misma relación, por otro lado, con los niños porque le inspiraban cierto tipo de profundo “terror”. Con ellos, afirmaba el profesor, “estaba fuera de su elemento”. Decidió entonces salir de los barrotes que significaban las ventanas de las aulas de clase e inició la enseñanza como la solían transmitir los sabios antiguos: a partir de las palabras de relatos de mil luces acompañadas por el lento caminar en la hierba de los parques y los jardines. Palabras que, según recordó Gertrude Chataway, una de las que fueran sus alumnas, eran encantadoras porque surgían de esos chispazos brillantes que solo pueden brotar del fuego que guardan celosamente los niños en el alma. El profesor Dodgson los tomaba como quien caza luciérnagas y en un acto de improvisación, el cuento se tornaba en esos caminos sin sentido que se habrían de convertir en el gran sueño de Alicia. Los relatos se tornaban en juegos, y esos juegos en un aprendizaje oculto de la lógica.

De esta manera, Carroll, sin quererlo, envió un mensaje fuerte y claro al sistema educativo inglés, sistema que ha perdurado hasta nuestros días y que posteriormente habríamos de heredar. Ese que Dickens supo caricaturizar tan bien en las primeras páginas de los “Tiempos difíciles” a través del discurso de un rígido maestro: “Pues bien; lo que yo quiero son realidades. No le enseñéis a estos muchachos y muchachas otra cosa que realidades. En la vida sólo son necesarias las realidades”.

A partir del absurdo, ese otro lado del espejo, tan real como este mundo, Carroll reveló a sus alumnas los secretos de la lógica, deconstruyéndola desde la base. El género de la fantasía, que siempre estuvo permeado por el cuento popular, reveló un nuevo rostro, el de la imaginación en su estado más puro.

Pero, ¿Es la enseñanza de la Fantasía pertinente en un país como el nuestro, tan permeado por las “realidades”? Mathew Lipman, teórico e iniciador del programa educativo “Filosofía para niños”, encontró que cuanto más vulnerable es la vida de los niños y precario su ambiente, más lujo supone introducirse en el paisaje fantástico, mundo maravilloso del “que pasaría si…” paralelo o alternativo al desagradable mundo tal “como es”. “Cualquier niño que tenga que enfrentarse a que tenga que enfrentarse a diario a los problemas de la pobreza, el crimen y otros aspectos de la desorganización social, va a tener grandes dificultades para sacudirse de esa atmósfera de hechos concretos y poder disfrutar así de (…) los mundos imaganarios” (143).

Así pues, es pertinente el desarrollo de la creación fantástica porque existirá un fortalecimiento racional a través del descubrimiento del razonamiento inválido, y por otro lado, el estímulo de la capacidad creativa. Podría añadirse una tercera que bien podría provenir del punto anterior: el convencimiento al alumno de literatura que ésta es algo más que la acumulación de datos históricos, de lecturas y de teorías, que si bien, son importantes por diversas razones, son apenas un lado de la moneda. La literatura es, como lo es la pintura y la música, un arte y como tal, se hace, se crea. La creación literaria ha sido marginada  y exiliada a los talleres y a programas académicos alternativos. Volvamos a hacer de la literatura algo memorable como lo fue para las alumnas las clases de danza del profesor Dodgson.


Bibliografía Sugerida

Carroll, L. (1998). Niñas. Barcelona: Lumen.

Chesterton, G. (1997). Ensayos. México D.F: Porrúa.

Crossley, R. (1975). Education and Fantasy. College English, 37(3), 281-293.

Lipman, M. (1998). La filosofía en el aula. Madrid: De la Torre .

Pineda , D. A. (Enero-Junio de 2005). La escritura poética como camino hacia el filosofar. Childhood & philosophy, 1(1), 1-24.

Rodari, G. (1999). Gramática de la fantasía. Bogotá: Panamericana.

Thomas, M. (Mayo de 2003). Teaching fantasy: Overcoming the Stigma of Fluff. English Journal, 60-64.


 

* José Fernando Rivera Serralde (Popayán, Colombia, 1981), es poeta, narrador, ensayista, Profesional en Estudios Literarios con énfasis en Filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana y Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Finalista del II Premio Internacional de Poesía Jovellanos celebrado en Oviedo, España con su obra “La visión del Cirineo” (Nobel Editorial, 2015). Investigación y trabajo de grado meritorio en la Universidad Javeriana sobre la poesía colombiana contemporánea y partícipe en la investigación “Visiones, representaciones  y presencia de la nueva poesía colombiana: 1980-2010”. Sus primeros poemas fueron publicados en la Revista Reverbero de la Universidad del Cauca y en la Revista Circe de la Universidad Nacional.  Presente en la antología de poesía colombiana En las tierras del cóndor (Talleres de Edición Rocca, 2014) preparada por Juan Manuel Roca. Autor de la Opera prima  titulada Poemas de monstruos y otros prodigios (Universidad Nacional, 2014).

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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