Medio siglo de la gran novela de Elizondo – Felipe Agudelo Tenorio

Salvador Elizondo. Foto tomada de literalmagazine.com.
Salvador Elizondo. Foto tomada de literalmagazine.com.

Por: Felipe Agudelo Tenorio

La literatura de Occidente es la descripción del infierno. S. E.

    Sin lugar a dudas, el escritor mexicano Salvador Elizondo fue una de las figuras más importantes e interesantes que produjo la literatura contemporánea de estos tiempos que aún corren. Eso vale la pena reafirmarlo en este año en que se cumplen cincuenta años de la exitosa aparición de Farabeuf, su novela más representativa.

     Y debo decir que pese al temprano y efusivo reconocimiento de su obra por parte de los mas diversos críticos, al rotundo prestigio que enarbola entre escritores de todas las generaciones, a la legión de lectores que lo admiran, así como a la calidad y al peso de las alabanzas de las que ha sido objeto -además de las traducciones a otras lenguas- que lo han convertido en un escritor de culto en muchos países, y, no sobra agregar, los premios, los estudios académicos y las reediciones, esto no ha bastado para que Salvador Elizondo sea un autor medianamente conocido en Colombia. Cosa que no extraña, pues sumidos en una literatura de mercado y actualidad esa falla suele ser muy nuestra.

     No obstante, es cierto que una curiosa responsabilidad puede adjudicársele a la misma obra de este escritor mexicano, pues es nada menos que su extraordinaria calidad literaria, inclemente paradoja postmoderna, la que lo ha mantenido al margen de los éxitos de ventas y de las efímeras modas del consumidor. Efecto colateral que, por demás, tiene de meritorio el lujo de ser una opción consciente del autor.

      Calificado, desde un primer momento, como un escritor aparte, exquisito y renovador, Elizondo fraguó arduamente, en una de las prosas más finas que leerse puedan, una obra singular e innovadora en el panorama de la literatura del siglo XX y comienzos del XXI, y que resulta a la vez difícil de clasificar, pues inauguró rutas inéditas. Como explicó Adolfo Castañón en un ensayo que le dedicó, Elizondo fue “profundamente conciente de la insuficiencia de los procedimientos heredados en lengua española para expresar una conciencia contemporánea”, interesado como estaba por los registros de la vida interior. Esta convicción derivó en una amplia búsqueda formal aunada a una exploración extrema de las posibilidades del lenguaje, lo cual le permitió elaborar los materiales artísticos con los que pudo construir sus propios mundos narrativos, todos de excepción.

    Elizondo fue un escritor dotado de un método altamente conciente de escritura, al que él mismo definió como “la crítica inmediata de la escritura”. Forjó un estilo castigado en los espejos de la auto observación y de la crítica, ejercida, principalmente, contra sí mismo. Y lo hizo hasta un punto que hace muy difícil encontrar a otro escritor hispanoamericano que ejerza una vigilancia semejante sobre su propia escritura. Tanto fue así que su ideal, expresado en cuentos y ensayos, consistía en observarse en el proceso mismo de estar escribiendo, en un intento eficiente por anular las fronteras entre escritor y lector, entre lengua hablada y escrita, apartándose muchas veces de la obligación de comunicar y por tanto sin concesiones de ninguna especie, pero de una forma tal que sus textos exigieran de aquel que los lee una voluntad de co-creación. “Escribía para verse narrando”, escribió a su vez Monsivais. Y donde invocar a un lector capaz de utilizar su inteligencia fue una más de las elegancias de este escritor exquisito.

      Su trayectoria literaria se consumó en una obra relativamente breve. Comenzó con su libro Poemas en 1960 y continuó, fundamentalmente, en libros de cuento, que constituyen una verdadera cátedra del género, casi un catálogo de técnicas narrativas, donde es frecuente encontrar relatos a los que solo les cabe el calificativo de perfectos. Pruebas de ello están en volúmenes tales como El retrato de Zoe, Cámara Lúcida, La luz que regresa o El Grafógrafo, que era su obra preferida. Así mismo alcanzó una excepcional maestría narrativa en todas sus novelas, que por lo general eran cortas, principalmente en El Hipogeo secreto, Narda o el verano,  Elsinore, su trabajo más convencional, pero no menos interesante, y Farabeuf o la crónica de un instante. Para solo nombrar, hasta aquí, algunas de sus obras más destacadas, aunque todas sean notables, incluyendo Miscast, con la que incursionó en el género teatral.

      Hombre atento como pocos a los fenómenos de la cultura, algunos lo describen como de espíritu renacentista, Elizondo concentró su interés en casi todas las manifestaciones del arte y del pensamiento. Se inició como pintor e incursionó en el cine y en la fotografía, lo cual se evidencia en la importancia que le concede a lo visual en su obra. No descuidó la reflexión sobre la música y la arquitectura y fue, además, profesor universitario, tallerista, editor, así como ensayista, traductor de varias lenguas y crítico. Y, según han hecho constar sus amigos, un conversador temible, capaz de extraerle un jugo inesperado a las palabras. “Habitado por un diablo y tocado por un ángel”, como lo recordaba Carlos Fuentes.

      A través de sus ensayos, desafortunadamente pocos, pero pertinentes y luminosos, nos podemos asomar a los modos de sus principales preocupaciones, que eran de corte estético y metafísico, matizadas por su estudio tanto de filosofías orientales como de diversos campos de la ciencia occidental, y donde además podemos seguirlo en sus aproximaciones a las grandes obras de arte que visitaba reiteradamente. En ellos encontramos hilos que ayudan a adentrarse en la lectura de su compleja obra.

       Destaca su amor por la poesía. Y resulta apasionante su hondo acercamiento a poetas como Dante, Blake, Rimbaud, Pound y Mallarmé, así como a los del siglo de oro español, principalmente a Quevedo y Gracián. Sin descuidar, por supuesto, la lectura de los principales poetas de todos los tiempos, incluidos sus más próximos, Paz, Borges, Tablada, Gorostiza. Se indica que su obra, en general, ha sido influida por las ideas poéticas de Mallarmé y de Valéry, de quien fue traductor. Y es verdad que en muchos tramos su narrativa solo es posible leerla como si se tratara de un poema, de un objeto apenas sostenido en el fulgor de la palabra.

      Fue, así mismo, un gran lector y estudioso de los mecanismos de la novela y del cuento. Y confesó que se inició como escritor después de leer a Rulfo, de quien fue amigo por décadas. Fue un profundo conocedor de Joyce, e incluso aseguraba –probablemente en relativa broma- saberse de memoria el Ulises. Pues Elizondo cultivaba el buen hábito de la relectura y pasaba y repasaba los textos. En sus entrevistas daba cuenta de cada una y de las varias veces que había leído cada uno de los textos que lo marcaron.

      Es de consenso que su obra emblemática es Farabeuf. Acercarse a ella es un reto deleitable y se requeriría de mucho espacio para analizarla, si es que eso resultara importante y, sobre todo, posible, pues es una novela difícil de diseccionar, aunque invite a ello, cuyos significados son múltiples y de la que el propio Elizondo llegó a declarar que no era una novela, en el sentido en que Madame Bovary lo es, sino que era simplemente un libro para ser leído. Defínase como sea, es un texto asombroso que a más de uno suele arrancarle esta pregunta deslumbrada: ¿Cómo es posible que alguien haya podido escribir esto?

      Se trata de una obra que recrea la peor de nuestras sensaciones, pues en ella construye un espacio literario, que se insinúa eterno, así dure un instante, para el dolor. Y es que como nos dice Carlos Fuentes, “aunque toda la literatura trata del dolor, la hazaña de Elizondo fue expresarlo”. Esto es porque estamos frente a un infierno, verbal y peculiar, en el mejor sentido; pues vale recordar que en la elaboración de estos la creatividad mental del hombre ha dado sus más notables muestras, y aclaro que me refiero únicamente a los artísticos, porque sé que el hombre es lamentablemente diestro en hacerlos realidad.

      En un magnífico ensayo que da título al libro donde recopila varios más, Teoría del Infierno, Elizondo desarrolla la tesis de que “la literatura occidental es una descripción del infierno”. Explicando cómo la imaginación del hombre se ha ido superando en elaborar infiernos, nos introduce en el tema del cuerpo torturado desde una óptica que lo emparienta con Georges Bataille y el divino marqués. Allí Elizondo demuestra que todo infierno es concebido únicamente como una extensión del cuerpo, que es un lugar de tormento que necesita de los sentidos para ser. Pues, la verdad sea dicha: sin cuerpo quién le temería a las llamas y a los pinchos diabólicos. Increíblemente olvidamos que el dolor es un atributo exclusivo de la carne. Así que en su análisis, Elizondo señala la contradicción principal de los infiernos imaginados, generalmente de raigambre cristiana, pues argumenta, no sin ironía, que tales escenarios nos ofrecen al menos dos consuelos metafísicos inestimables. El primero es asegurarnos nuestra continuidad después de la muerte, enigma que es un pavor recurrente, con lo cual nuestro acceso a la inmortalidad es definitivo, así sea por la vía traicionera del contradictorio castigo corporal eterno. Y el segundo es que establece que en medio del horror no estaremos solos, pues los penados son una comunidad. Y de esto concluye que un lugar de condena que ofrece tan mayúsculos alivios dista de ser perfecto. Para él, la sola disminución del dolor es ya un placer enorme.

     Estas y otras agudas reflexiones sobre el infierno, que recomiendo leer, laten bajo la piel de Farabeuf. Novela cuya estructura se sostiene en una sonoridad casi arquitectónica, como si buscara la calca verbal de un laberinto inspirado en Piranesi. Pero uno diseñado, no para perdernos en lo infinito del terror inútil, sino para conducirnos ante un núcleo tremendo, es decir a un punto donde el dolor es detenido por la imaginación y donde el grito que nunca somos capaces de oír se expresa en toda su potencia y lo que teníamos derecho a suponer ficción se convierte en realidad; todo lo cual sirve para suspender la duda sobre ambas instancias. Y es que el texto nos conduce a un instante en el que cabe el infierno. A uno que ha sido realizado por el hombre. Y cabe porque fue y permanece, porque dejó su huella. Su rastro está consagrado en una fotografía; arte definido elizondianamente como una forma estática de la inmortalidad.

      Quizás lo más desconcertante de Farabeuf es que siendo una obra casi fantástica, desinteresada del naturalismo, anclada en las primeras técnicas del montaje cinematográfico –que no es lo mismo que elaborada a la manera de un guion-, narrada desde las tres personas del singular y donde a veces no es sencillo establecer quién nos habla, esté por entero construida alrededor de un instante real, demasiado real. Tanto que nos rompe la mirada con un documento probatorio irrecusable. La novela está diseñada a partir de una fotografía. El encuentro de sus protagonistas, el doctor Farabeuf  y la enfermera, se enlaza a través de ese documento. Y la fotografía, que no solo es sobrecogedora sino que la vemos con horror aparecer entre las páginas del libro, muestra el momento exacto de la muerte de un supliciado en China a principios del siglo XX. La irradiación ética y estética de ese hecho atroz le permite a Elizondo ir más allá y realizar una amplia exploración interrogativa de varios de sus temas obsesivos: el erotismo, las capas de la memoria, la soledad y la comunicación, el lenguaje y su relación con el cuerpo, y con el amor, quizás. Y, a la vez, le ofrece un campo fértil donde poner al servicio de su narrativa los procedimientos adquiridos en otras artes, tales como la reiteración de la pincelada y el borrar con rastro de la pintura, los silencios precisos de la música, el vuelo entre los espacios blancos de la poesía, a más de los anteriormente señalados. Todo lo cual le permite culminar la que es no solo una obra maestra sino un verdadero infierno verbal. Uno demasiado próximo a nosotros, inquietante, aterrador. Uno del que si nos atrevemos a asomarnos no podremos salir iguales a como entramos, pues seremos vapuleados en nuestras fibras más secretas y obligados a un hondo enfrentamiento con nosotros mismos que pocos, muy pocos, autores son capaces de producir. Siempre siento envidia por aquéllos afortunados que entran por primera vez a sus páginas.

Nota del autor: Para cerrar comento, a quien pueda interesar, que su hija Pía Elizondo, una estupenda fotógrafa, por cierto, está casada con Gonzalo García. Lo cual hizo que Elizondo y García Márquez fueran consuegros en esta vida.

Felipe Agudelo Tenorio

Bogotá, Mayo, 2015.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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