Una sonrisa en la oscuridad, del colombiano William Ospina

Imagen tomada de hijasdelatierra.com
Imagen tomada de hijasdelatierra.com

“[…]Veo un reverberante país de enormes selvas

en donde hasta los dioses son negros.

Sueño con grandes perros de pelaje dorado

con melenas enormes,

sueño con recios potros visibles sólo a trechos,

con bestias imposibles de larguísimos cuellos

y otras cosas extrañas […]”

                                                “Una sonrisa en la oscuridad”, Una sonrisa en la oscuridad; Universidad Externado de Colombia; 2007.

La poesía se me antoja, en muchas ocasiones, como una espada difícil de alzar, pero que una vez empuñada busca su meta letal atravesándote el corazón, el bazo o el hígado. Otras, muchas más de las que me gustaría, se siente como una pluma que te hace cosquillas en la planta de los pies. Seguramente, al abrir un poemario, muchos irán al encuentro con esa sensación de hormigueo que provoca el suave roce de la pluma. No obstante, opino que esa pluma va acompañada de un contratiempo muy importante: el efecto poético-placebo. Este poderoso efecto te hace pensar que estás consumiendo poesía cuando en realidad estás comiéndote frases agramaticales cortadas por la mitad o a dos tercios. Nuestro cerebro de humano, vago, enseguida se acostumbra a esa sensación de bienestar que provoca el sentirse por encima de todo y de todos. Sin esfuerzo alguno. Si le dejamos, nos convertirá en adictos a ese efecto placebo.

Cuando la poesía se siente como una espada, ya está escrito que habrá consecuencias. La espada te mira por encima de su nariz afilada y se clava en ti. ¿Dolor agudo? Sí: cuando entra y cuando sale. Por suerte, esa espada de poesía está forjada con palabras,  y, las palabras, por sí solas, no matan. Te dan la oportunidad de despertar una mañana más, pero con una nueva enseñanza clavada en tu interior.

Entre los poemas que componen Una sonrisa en la oscuridad, de William Ospina se escapa el aliento de la fábula, del relato, de la novela e incluso de la narración en 140 caracteres. Entiendo entonces, que no se trata de un libro pensado con alma poética sino como proyecto comercial. Las palabras están muy medidas y las descripciones son superficiales. Tanto así, que muchas se basan en lo físico, festivo o triste, sin entrar siquiera a preguntarse ni por las causas ni por las consecuencias. Este hecho, provoca la extraña sensación de estar frente a un libro compilado en un laboratorio químico. Aun tratando temas que han derramado sangre por doquier, como son la esclavitud o las colonizaciones, presenta una oratoria fría, vacía de sentimiento y emoción. Parece una conjunción de versos y frases mezclados en tubos de ensayo. Combinaciones varias hasta encontrar el ph neutro que posibilite su comercialización. Si bien, en el libro encontramos recursos estilísticos propios del arte poético (repeticiones en inicio de verso, juegos de equívocos, algún intento más o menos exitoso de oxímoron, rimas consonánticas e incluso sonetos) entendiendo la poesía como la acción de trastocar con palabras la conciencia, nos encontramos ante un libro que no lo consigue. Un libro de muchas palabras y pocas ideas.

La presencia de la primera persona del singular como voz narrativa, más allá de acercar las historias al lector, dibuja un yo poético egocéntrico. Un yo poético entusiasmado por ser protagonista de todos los escenarios, aunque entre ellos no haya relación. Un yo poético que siente la necesidad de marcar las diferencias entre seres vivos, incitando a la supremacía de unos sobre otros, en lugar de declinar estas ideas en busca de un hermanamiento real. En ocasiones, incluso he tenido la sensación de estar leyendo los mandamientos de un falso mesías:

“No digas que buscas a Dios, porque te llenarán de brasas la boca.

No digas que está bello el rocío que dulcemente cubre los campos,

porque en cada gota celeste inocularán pestilencia”

                                                                                            [Ellos son poderosos]

Me gusta leer autores que trabajen los poemas de un modo introspectivo pero universal, un interior aireado al sol. Con historias que aunque locales puedan ser cómplices de cualquier mente, esté donde esté.

“-Te devoraré –dijo la Pantera.

-Peor para ti –dijo la Espada”

[Amenazas]

Aquí, no leo poesía. ¿Qué cabe esperar del imaginario colectivo al oír la palabra espada?, ¿qué al oír la palabra pantera? Cerrad los ojos por un instante; el mundo seguirá ahí cuando los abráis. Cerrad los ojos y reflexionad sobre ese escueto diálogo incluido en un poemario, ese diálogo disfrazado de poema pero que a todas luces se revela como un gracejo de taberna. Cerrad los ojos y decid en susurros “pan-te-ra”. Dejad que vuestra imaginación se colme de imágenes relacionadas con ese animal. Luego, dadle la misma oportunidad a la palabra “es-pa-da”. Imaginad sin temor todos los esbozos que la palabra espada os acerca. Tras unos minutos volved a leer el poema y preguntaos: ¿realmente el autor está diciendo lo que intuyo que quiere decir? ¿Quién sería esa pantera extrapolada al mundo “real”? ¿Qué suelen simbolizar las espadas? ¿De parte de quién estaríamos? ¿De un animal que bien puede representar un pueblo hambriento y amenazado? ¿De un poder que somete al pueblo por la fuerza militar? Tras esta reflexión, ¿nos causa la misma gracia el diálogo?

Cada tipo de escritura tiene un lector o un momento. En el caso de Una sonrisa en la oscuridad de William Ospina, el momento de su lectura sería una veraniega tarde de piscina y el lector: aquel amante del roce suave de la pluma en la planta del pie.

@NoeliaMarBo    

gotasamargas@literariedad.co

Noelia Martínez

Lectora que escribe sus percepciones. Amante del lenguaje y sus posibilidades. Colaboro en http://Literariedad.co escribiendo la columna Gotas Amargas.

3 comentarios sobre “Una sonrisa en la oscuridad, del colombiano William Ospina

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