La yerba de la paz

Foto tomada en el Atlántico Patagónico Argentino, por Diego González.
Foto tomada en el Atlántico Patagónico Argentino, por Diego González.

Por: Juliana Gómez Nieto

Los días en que por algún motivo no tomo mate, siento que algo importante me faltó por hacer. A veces pienso que más que su efecto, su sabor o  su aroma, lo que más me gusta es su compañía, el clima que genera alrededor. Si estoy sola me invita a la reflexión, si estoy acompañada, nos sumerge en la conversación; al ir con el mate a un lugar, es como si silenciosamente les dijera a los otros, conocidos o desconocidos,  estoy dispuesta a compartir con ustedes la yerba de la paz. Si tienes mate y te piden  no puedes decir que no, puedes no compartir otras cosas,  pero el mate está hecho para ser un puente entre las islas que naufragan en la incertidumbre del devenir.

Sin embargo está tan naturalizado en los países del sur de nuestra América, donde es consumido,  que muchos desconocen sus raíces, su significado y su poder. Muchas veces pregunté por su origen y pocas respuestas encontré. A casi  nadie parecía importarle el pasado del mate. Pero a mí me apasionaba su misterio, indagando descubrí que pocas son  las tradiciones ancestrales del continente  que sobrevivieron  a la invasión española y que al adaptarse el mestizaje cultural lograron permanecer  vivas en el tiempo.

Cuando los límites aún no estaban trazados por la imaginación y los intereses  humanos los países hoy conocidos como Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay eran una región habitada por el  pueblo Guaraní, el árbol Caá  de donde se saca la yerba para hacer la infusión solo crece en esta región del mundo.

En los orígenes del pueblo Guaraní, que se remonta a  4000 años antes de Cristo, el máximo espíritu de su cosmología, Tupá,  creó el universo para que animales, plantas, astros y humanos pudieran vivir en armonía y otorgó el árbol Caá como símbolo de la amistad entre los nativos. El mate es el  alimento básico físico y  espiritual de este pueblo originario, el ritual  fue creado como una ceremonia  para compartir y generar lazos de armonía entre quienes lo beben.

 Etimológicamente caá significa hierba, mientras que mate es un término derivado del quichua matí usado para nombrar la calabacilla que sirve de recipiente. El nombre guaraní de la bombilla es tacuapí, árbol del que se extraía la cañita con que se fabricaba originalmente.

Conociendo el origen del mate, comienzo a preguntarme  cuándo empezó todo, en qué momento el mate se hizo parte de mi vida, de mis hábitos.  Si fuera algo que estuviera en el recuerdo lejano de la infancia, no tendría que darle explicación, pero no fue así. Al principio lo subestimé, desprecié,  escupí.

Todo empezó con el desarraigo, cuando llegué a vivir a Buenos Aires y me sentí tan etérea, llena de vértigo ante lo desconocido, como cuando se salta del precipicio sin paracaídas, pero nunca se toca el suelo. Simplemente hay que acostumbrarse  a habitar  el vacío.

Justo en la frontera del ya  no pertenecer ni a la cultura que se dejó atrás, ni a la que se presenta exótica, sintiendo la grieta que desgarra la identidad, buscando un punto intermedio donde descansar de lo abismal, encontré el mate.

El mate como mediador para relacionarme con los otros, pero me refiero a las relaciones que implicaban poner el cuerpo, estar presente,  no a las que repiten vacías de sentimiento, día a día entre los habitantes de la urbe.

Cuando alguien me invitaba a tomar mate me hacía sentir contenida, ante el ambiente hostil de Buenos Aires, una ciudad mítica,  pero que no deja de ser una metrópolis, encontré en la invitación a tomar mate  un refugio, un lugar  seguro donde podía ser yo misma sin estar a la defensiva. El mate estimulaba la conversación y la palabra tejía encuentros efímeros, circunstanciales, que para mí se tallaban como marcas de un rito de pasaje.

En mis días de soledad y desarraigo, el mate era una invitación a ser parte, a tener raíces  en estas tierras del sur, tan alejadas de mis montañas cafeteras.

Hoy pienso que esta práctica se presenta como un salvavidas en torno de las relaciones humanas. Aunque no todo el mundo lo consume, puede unir a personas de cualquier ideología, condición socioeconómica o raza. Pero para ello se necesita que decidan compartirlo.

Aunque el origen del mate se pierde en la memoria del tiempo y son  diversos los mitos que hablan de su surgimiento, su poder continúa generando vínculos, inclusive constituyéndose como un elemento que hace parte de la identidad de los países donde se bebe. Paradójicamente al estar naturalizado  pocos de sus consumidores conocen la verdadera historia e ignoran su función ritual, pero aunque esto ocurra, silenciosamente el mate sigue tejiendo lazos y afianzando las relaciones de igualdad, debido a su esencia misma.

Está práctica cultural está tan arraigada en el sur de Sur América  en la actualidad como en un sus orígenes, puesto que el mate resulta ser una excelente medicina para el mayor mal de nuestros tiempos, el individualismo. Su aroma nos recuerda que en tiempos remotos, los aborígenes de nuestro continente, abuelos ancestrales,  se sentaban en círculo a compartir y a través de la palabra tejían sus mitos.

La figura del círculo es primigenia  y representa la unidad, la ceremonia del mate se desarrolla  siguiendo esta figura, por eso nos invita no solo al acercamiento sino a la sinergia. Aunque muchos desconozcan sus raíces ancestrales, e ignoren la historia del mate por apatía el hecho de que esté presente en la vida de muchas personas es una señal inadvertida de que aún conservamos los dones más preciados otorgados por la naturaleza a la humanidad, para que esta aprenda a vivir en armonía con su entorno.

Juliana Gómez Nieto

Juliana Gómez Nieto

5 comentarios sobre “La yerba de la paz

  1. Juli, te felicito, me encantó el texto, no solo porque se lee con mucha fluidez sino porque escudriñas en los orígenes de ese ritual del mate que ya hoy te habita tanto como a un nativo argentino, la montaña y la pampa se dan la mano para reconfigurar en tu ser eso de lo que estamos hechos, la cultura.

    1. Gracias Tere por tu comentario. Mucho de lo que soy ahora se debe a las interpelaciones que nos hacías a mi y a mis compañeros en tus magistrales clases de comunicación y cultura.

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