Fama y decadencia

Maté a mi madre a cacerolazos y envenené a mi bebé… por la cochina plata. Teatro Ditirambo (Bogotá), en la VII Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 25 de julio de 2015.

'Maté a mi madre a cacerolazos y envenené a mi bebé por la cochina plata'. Teatro Ditirambo. Foto por Andrés Felipe Rivera
‘Maté a mi madre a cacerolazos y envenené a mi bebé… por la cochina plata’. Teatro Ditirambo. Foto: Andrés Felipe Rivera.

La fama viene acompañada por la decadencia de una manera inevitable. En el ámbito de la actuación algunos crean fama y se echan a dormir la mayor parte de la vida, a comer de un cuerpo que ya no es el suyo, a pagar sus métodos de ostentación con una voz ajena, con un recuerdo prestado. Otros, con sencillez aparecen de súbito en el clímax de su trabajo y asimismo el olvido baja el telón de su cuarto de hora de un manotazo seco. Y hay unos seres como topos, ciegos en la única ambición de sostener su casa: la creación, que saben que no escarban y escarban a solas en la penumbra para llegar a la luz, ni para defenderse del olvido, sino para mantenerse vivos en la frialdad de la tierra.

'Maté a mi madre a cacerolazos y envenené a mi bebé... por la cochina plata'. Teatro Ditirambo. Foto: Andrés Felipe Rivera.
‘Maté a mi madre a cacerolazos y envenené a mi bebé… por la cochina plata’. Teatro Ditirambo. Foto: Andrés Felipe Rivera.

Porque el trágico de salón en algún momento debe vestirse de payaso y salir a la calle cuando lo aqueja el hambre. Porque funambulismo es lo que hacemos todos, y en el mayor de los casos no hay una red que nos proteja de la caída. ¿Cuántas piruetas debe hacer el actor para sostener su trabajo y garantizarse la comida? Y al hablar de piruetas no se hace referencia a la promiscuidad de vender obras para fiestas de cumpleaños o para promocionar condones, sino al hecho de que los actores deban sacrificar una porción de su ideal, de su obsesión, para pensar en los espectadores, animales raros y heterogéneos, que pueden comer caviar y chunchullo en la misma mesa y quienes son, en últimas, el mayor sustento de las salas.

Se reconoce que hay en estas palabras suscitadas por Maté a mi madre a cacerolazos y envenené a mi bebé… por la cochina plata una moraleja, pero cómo no iba a ser de este modo si la obra abre y cierra explicándose, con música y discurso, tal vez sin necesidad, y mantiene una actitud bastante asertiva en conjunto con un humor muy ligero que pareciera subestimar al público –tanto al que come con la mano o usa los cubiertos­–. No obstante, estamos frente a una improvisación que de improvisación no tiene nada, o para decirlo de otro modo, ante una farsa muy real, pensada milímetro a milímetro y en cuya sincronía se cae con ingenuidad hasta para aplaudir. Como si por escapar del destino lo encontraran de frente, los que improvisan saber lo que ocurre son los espectadores y no la actriz, de una representación descomunal y un ritmo sostenido. Nancy Stella Medina representa a una actriz de televisión que vive de la fama del pasado y que por pagar arriendo y comer decide presentar en un teatro modesto una obra sospechosa que no resulta ser más que la tragicomedia de su vida.

La dirección está a cargo de Rodrigo Rodríguez, al frente de Teatro Ditirambo desde 1988. Deja ver la marcada inclinación, el amor por la tragedia griega, incluso los momentos más sublimes de la obra aparecen cuando se invoca intrínsecamente a Eurípides o a Esquilo. Maté a mi madre a cacerolazos… es una obra para todos. Una bella trampa en la mesa familiar. Estas palabras se escribieron a la luz de la sed que propagó.


Albeiro Montoya Guiral

@amguiral

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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