Al filo de la navaja

Alaska, La navaja de Ockham (Bogotá) en la VII Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 28 de julio de 2015.

Alaska, La navaja de Ockham. Foto: Andrés Felipe Rivera.
Alaska, La navaja de Ockham. Foto: Andrés Felipe Rivera.

Algo va a pasar.

Es claro que algo va a pasar. Acá. ¿Por qué? No importa, sólo va pasar, o está pasando. El escenario de una penumbra calculada pone a chispear bombillos pálidos y los murmullos del inicio recuerdan alguna ratonera, algún foso donde se arrastran alimañas viscosas y despreciables. Murmullos bajos, susurrantes, inaudibles.  Dese el fondo la escena se divisa cortada y las sombras se mueven entre paredes y voces que se oyen lejos, detrás. Este juego entre lo que se ve y no se ve tiene una clara intencionalidad (hay un espejo grande destinado a “mostrar” de rebote, de carambola): el asunto del extravío y el laberinto son la metáfora ideal para colocar a danzar estas sombras en torno a sí mismas, una danza en retrospectiva anhelando el futuro irrealizable que sin embargo nunca podrá ser más inaceptable que su pasado verdadero.  Son tres, las sombras son tres.

La Navaja de Okham ejecuta un montaje corto, preciso y violento, una punzada que no escatima detalles explícitos. El entorno salvaje de las calles bogotanas se despliega “en toda la magnitud de su horror” como diría el poeta Zalamea. La indigencia se mira frente un doble prisma que hiere sin teñirse de amarillismo, sin compasiones estúpidas. No hay frivolidad, ni queda espacio para la misericordia. Es el doble prisma del dialecto callejero y del teatro absurdo, aunque convendría preguntarse dónde termina el discurso incoherente y drogado de los mendigos y donde comienzan los textos meditados, reposados y elaborados del dramaturgo. No podría precisar el límite, es un realismo tan fuera de sí que resulta alucinado, trastornado, casi onírico.

Algo va a pasar.

Huyendo de sus vidas estas tres sombras acaban perdidas en la ciudad, la Bogotá asquerosa de las palomas mutantes voladoras y del polvillo tóxico del tráfico enloquecido. Esa Bogotá cuyas calles son un vertedero desembocando en alcantarillas humanas: el Bronx, la Ele, el Cartucho, la Décima. Los huecos. Los rotos que se tragan la gente. Huyendo luego de la huída (paradoja terrible), las sombras fantasean con Alaska, ese lugar blanco donde montañas de hielo se le funden al océano. Alaska, una maravilla de blancura que no existe.

Algo va a pasar y no pasa.

Se ofrece la violencia con plenitud, con generosidad, sin ahorrar consideraciones. Esta estética de la perversidad no se aferra al efectismo barato, digamos por ejemplo, andar chorreando sangre de mentiritas o fingiendo matar actores en escena. Es una estética que sabe clavarse causando un dolor imperceptible al figurar la violencia sin cometerla, a veces con metáforas tan tenebrosas como el inocente sancocho de una gallina. Lo tenebroso nunca cede terreno y uno siente que algo va a pasar mientras esas bombillas exasperantes marean una y otra vez cuando empalidecen, algo terrible, algo que no vemos porque está detrás de la escena, en ese rincón del que apenas alcanzan a llegar risotadas o ecos. Pero no pasa nada y todo sigue pesando y doliendo y temblando en la misma alcantarilla asquerosa. Es evidente: lo peor es que no pase nada, que todo siga igual.


Albeiro Montoya Guiral

@amguiral

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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